Queda poco

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Muy poco tiempo para la consumación de un proceso electoral espurio. Caímos en la trampa. El dúo se salió con la suya y ya festeja pronto el centenario de su ensimismamiento como sátrapas. Eso creen. Junto a la plebe drogada y alcoholizada, bajo lemas imposibles como “mueran los derechos humanos”, imposibles instructivas como violar a las mujeres de los otros, defender la violencia de género, fomentar el estupro, la trata de blancas, el incesto, la parición indiscriminada para el Chivo, padre fundador del mentado estado plurinacional que defienden a rajatabla con “sesudos” estudios los intelectuales cobardes, escoria dispensable.

Ya está hecho, no hay vuelta atrás. Es extraño ver que algunos que alabaron al régimen conforman listas de diputaciones en la oposición. Dudo mucho de las iluminaciones. Esa gente, dispensable también, se juega por premoniciones y coyunturas. Saben, como sabían los esbirros de Auschwitz, que los cañones truenan no muy lejos, y apuestan. Su derecho, claro, pero la misma cháchara de los mismos comensales con el mismo pastel. Que algo cambiará con otros, lo dudo. A no ser que venga uno con espada férrea a cortar cabezas. En Bolivia, país de mesnada, de alcohol y grupos, de supuesta valentía colectiva, eso no va a ocurrir. O decimos un responso por la desde siempre maltrecha república o tengamos una paciencia de 50 o 100 años para ver si algo cambia en la “indiosincracia”, de indios y blancos y mestizos por igual: bolivianos (el hado propicio…).

Hemos sido pasto de un vanidoso y un tarado. Quizá lo merecemos. Tal vez nadie mejor que ellos, el Primero antes que el Segundo, reflejan las angustias, las taras, ambiciones y vicios de todos. Melgarejo, a pesar del historial brutal, sigue siendo un referente. El macho en celo, descontrolado, torpe, abusivo, con dengues femeninos y poca honra. Más de cien años después se reencarna. Sucede en cada pueblo, el asno de Trump renaciendo de las brasas escondidas del racismo y la intolerancia. Pues bien, en realidad no estamos ante ninguna encrucijada sino ante un día común de nuestra miserable vida. Nada va a cambiar si el cacique se va, a la cárcel o a la Sorbona; nada si el eunuco se va, a prisión o a la galería de notables.

Seamos precisos y realistas. Las opciones de Mesa u Ortiz ¿qué representan? Nada. Ahora bien, hay objetivos primarios: deshacerse de los mellizos perversos vale como primer paso. Luego se verá, dicen.

¿Qué se va a ver? Lo sabemos de antemano. Estas elecciones nunca debieron haberse dado de esta manera, pero es el modo nuestro, autodestructivo, festivo en mal sentido, corrupto y vividor. No queda otra que votar, pobre solución a un enigmático problema que tenemos como país, insalvable, sin solución a simple vista. Basta recorrer el listado de postulantes y ver que a todos se les puede encender la paja de la cola, en mayor o menor grado. Que si hace falta una revolución, a no dudarlo, pero si a la acción física no le sigue una introspección seria, si seguimos siendo la tierra de las Alasitas y el Ekeko ello va a permanecer. Hasta que nos esfumemos como los pascuenses, cuando detrás haya solo tierra arrasada.

Escucho a menudo: “no hay mejor trabajador que el boliviano”. Mejores en cada campo, aseguran. ¿Y por qué no? Entonces existe un problema de matriz, y mental de quienes habitan el cuerpo enfermo. O extirpamos el cáncer sito en lo profundo de nuestro ¿pensamiento? O, pues, a morir. Con cacique o sin él.