Pueblo y Estado

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En «El poder y la caída», Sergio Almaraz dice: «Una conciencia nacional débil y evasiva, mortecina en sus expresiones, impide a los bolivianos responder ante su propia historia. […]

El porvenir boliviano en el sentido de la realización exclusiva y auténtica, está subordinada al redescubrimiento del ser nacional». Sin duda alguna que el ser nacional en todo momento de la historia de este país estuvo subordinado a los intereses de grupos elitistas; con la asunción de Evo Morales al poder ese ser nacional necesario para construir nuestra identidad se lo supeditó al discurso indigenista en el que la presencia del mismo fue solamente decorativo.

Y esta nueva élite muy pronto se deshizo del ropaje indigenista para dedicarse a reproducir el ejercicio del poder de la manera más tradicional. Esta nueva oligarquía en esta última década ha sido causante de una constante ruptura y polarización nacional como medio para mantenerse en el poder. Y no es equivocado aplicar lo que decía Almaraz Paz en Requiem para una república: «Esta oligarquía causante de tanta miseria y atraso, fue creando un mecanismo psicológico autojustificativo a través del cual se adaptaba sin aceptar y se daba a sí misma los elementos de diferenciación entre la élite y el pueblo». Pero hoy tras un silencio opresivo el pueblo despierta de su letargo para poner ante el paredón a esa nueva élite absolutamente diferenciada del pueblo.

Es necesario avanzar más que nunca en el redescubrimiento del ser nacional; y la manifestación de miles de jóvenes y personas de todas la edades en las calles, reclamando el respeto a la democracia y el voto ciudadano, solo quieren una alternancia en el poder democrática; por tanto no es sino en el fondo esa sed de construcción de una nueva conciencia nacional; una conciencia y ser nacional que no deja un lado la pluralidad del país; la protesta pacífica en las calles de las ciudades es la voz de un pueblo que busca construir una sociedad donde todos puedan caber. Cuando un pueblo descubre la necesidad de un ser nacional como eje de unión, sabe que las distancias entre clases sociales se achican sin perder las diferencias.

Aquí es urgente poner en cuestión algunos elementos: por un lado, de manera sugestiva y por mecanismos subliminales se buscó mimetizar la imagen de Evo Morales como expresión del pueblo. No es gratuito que durante estos años de gobierno se haya insistido hasta el cansancio con la frase, Evo es pueblo. Con la intención de justificar la acción depredadora del Estado en función de los intereses de la nueva élite. Con la única intención: introyectar en la conciencia social de que todo lo que se ejecuta desde el Estado es para el bien del pueblo. Nada más engañoso y propio del discurso ideológico de los socialismos del pasado siglo y el actual.

Frederick Nietzsche en «Así habló Zaratrustra» hace un retrato exacto del político que se ampara en el Estado para cometer sus fechorías: «Al más frío de los monstruos se le llama Estado. Miente también él fríamente, y he aquí la mentira rastrera que sale de su boca: “Yo, el Estado soy el Pueblo, –¡Mentira! Los que crearon los pueblos y suspendieron sobre ellos una fe y un amor, ésos servían a la vida y eran creadores. –Los que sujetan con lazos al gran número, y llaman a eso Estado, son destructores; suspenden sobre ellos una espada y cien apetitos. –Allí donde existe aún pueblo, no se comprende el Estado, y se le detesta como una transgresión de las costumbres y de las leyes». Es exactamente lo que han venido haciendo la nueva élite en el poder a la cabeza de García Linera y Evo Morales.

Y más adelante continúa diciendo Nietzsche: «¡Mirad a los superfluos! Roban las obras de los inventores y los tesoros de los sabios; y llaman civilización a su latrocinio. Siempre están enfermos; echan la bilis, y llaman a eso periódicos. Se devoran, y no pueden digerirse siquiera. Adquieren riquezas, y se hacen más pobres. ¡Quieren el poder esos impotentes, y ante todo la palanca del poder: mucho dinero! Trepan como monos, unos sobre otros, y se arrastran así al cieno y al abismo». ¿Acaso no es este un fiel retrato de quienes hoy en el país buscan torcer la voz del pueblo para quedarse con el poder? No son esos superfluos, monos e impotentes, que han hecho la ley a su medida y en este momento por medio del fraude seguir haciendo de las suyas. Claro que sí. Son los mismos pero ya sin los Patzi ni los Choquehuanca, y como nunca aferrados al poder como arañas porque sienten el horror de la caída.

Para que el Pueblo y el Estado sean inseparables, en el ejercicio del poder, no pueden estar ausentes el servicio a la vida y la creatividad; pero sobre todo la fe y el amor a la comunidad de ciudadanos sin preferencia alguna. Solo líderes que tengan está conciencia y oigan las costumbres del pueblo y respeten las leyes, estaremos en camino de redescubrir una nueva conciencia del ser nacional en el que las diferencias sean la fuente de unidad nacional como pueblo. Y el Estado solo una mediación de ese ser nacional.

Iván Jesús Castro Aruzamen / Escritor, poeta, teólogo y filósofo