Como uno ya no puede salir incólume de las redes sociales, lo mejor es bañarse de repelente antes de acceder e intentar la menor cantidad de ronchas, de esas que alteran las ideas y los ánimos. Los posts traen detrás una carga emocional del autor y una necesidad implícita de convencimiento. Todos escribimos con agenda en mano y leemos esperando reafirmar nuestros pensamientos o, los menos, aclararlos. Sentimos las posiciones contrarias como picaduras de abeja y reaccionamos en consecuencia.
Hace unas semanas en Facebook, Roberto Laserna, intelectual cochabambino, osó escribir lo que pensaba. El sociólogo de profesión refería que varios amigos suyos habían expresado estos años su preocupación por el conflicto de Gaza y mostrado solidaridad con los gazatíes y apoyo a las diversas manifestaciones realizadas en Europa y Estados Unidos. Todo con lo que el autor de la publicación está de acuerdo (pese a que no dejaba de preguntarse qué pensarían aquellos de los secuestrados judíos que todavía seguían en poder de Hamas).
Fue, no obstante, el segundo párrafo del post lo que sulfuró al activismo facebookeano. Laserna escribía: “Me decepciona profundamente su silencio ante los genocidios que se cometen hoy mismo en Nigeria, Sudán y Siria, donde se persigue y asesina a inocentes sin otra culpa que ser kurdos o cristianos. Algo me dice que ya no ven noticias, solo propaganda…”.
Laserna fue acusado ahí mismo de justificar la masacre, de estar de acuerdo con que se mate a niños (¡), de no juzgar el dolor, en fin, de no hacer un buen análisis de los sucesos. De ahí que me pregunté ¿y si nos acercáramos al fondo del texto posteado con menos histeria? Quién, en su sano juicio, podría negar la masacre. Lo que ha ocurrido en Gaza es horroroso. Roberto no negaba la atrocidad, ni siquiera pretendía hacer un examen del conflicto; nada más cuestionaba por qué este movimiento no se ocupa también de otros genocidios que vienen sucediendo al mismo tiempo.
En Ucrania han muerto alrededor de 50,000 personas desde hace más de tres años sin haber iniciado ellos la guerra; los ataques políticos de grupos armados en Nigeria han provocado más de 10,000 muertos solo en los últimos dos años (entre ellos miles de cristianos, pero esos no importan…); en Sudán han muerto 150,000 (incluidos niños y mujeres) desde el inicio de la guerra civil. Ahí se registra la crisis humanitaria más grave del mundo; la hambruna tiene sufriendo a unos 25 millones de habitantes. Y en el Congo hay miles de secuestros, desapariciones forzosas y desplazados.
Coincido con Laserna: estos activistas están complacidos con su sentido de humanidad, sensibilidad y compasión. Pero su misericordia es algo selectiva.
Hablando de esos mismos buenos seres, recuerdo hace unos meses a los viajeros de la “Flotilla de la Libertad”. Me conmovió su espíritu sacrificado mientras se sacaban selfies como las tiernas quinceañeras en los cruceros, y se despedían excitados de los suyos frente a las cámaras de televisión. Ahora, coincido con un analista mexicano en que no veremos a Greta Thunberg ni a ninguno de esos militantes agarrados al mástil del velero de alguna flotilla humanitaria entrando a las regiones ucranianas ocupadas por Rusia o surcando las costas de Yemen. Pues de esos países dífilamente volverían a sus hogares con vida.
Estos valerosos guerreros se acercaron a Gaza con su bandana blanquinegra en la cabeza, tocando tambores y cantando como en un paseo escolar, porque se sentían seguros. Aunque, lo supimos luego, no se sintieron muy cómodos: una afligida pasajera se quejó de que antes de deportarlos, los metieron a cuartos con poco espacio y les dieron algo de comer que les cayó mal, lo que fue considerado por algunas organizaciones como tortura (…). La misma que sufrió un español del grupo, al que su empresa no quiso pagarle los días que estuvo fuera haciendo la revolución, el pobre.
El analista mexicano que menciono tiene razón al decir que estos activistas muestran valentía únicamente cuando saben que los países occidentales -de los que reniegan- los protegerán; que buscan validación social; y que lo verdaderamente valiente es ser un defensor de la democracia en China, un periodista crítico en Rusia o una madre buscadora de desaparecidos en zonas controladas por el crimen organizado en México.
La vanidad siempre busca nuevos caminos de expresión y Palestina parece agotarse como causa; los activistas del virtue signaling tendrán que encontrar un móvil que los mantenga vigentes. Una buena idea sería interceptar a María Corina Machado (a quien algunos han comparado con Hitler) en su ida a Noruega para recoger el Premio Nobel de la Paz, y entregarla a Nicolás Maduro. Podrían embarcarse en la “Flotilla de La Paz” hacia Oslo ataviados con la bandera venezolana y tocando joropos. Claro, antes tendrán que negociar con las autoridades del país nórdico para que les brinden las comodidades que otros no les dieron en su viaje a Gaza; no queremos más torturas.