Christian Jiménez Kanahuaty
Las posibilidades de transformar un Estado en transición son escasas si sólo se atiende para su transformación al mundo de la política donde priman relaciones simbólicas y clientelares entre organizaciones, sindicatos, asambleas, confederaciones y ministerios. No se trata de restar valor a las organizaciones, sino de entender que son dos mundos de ejercicio político diverso. El error del Estado plurinacional fue pensar que ambos mundos eran sinónimos y que se podría gestar una síntesis organizativa.
Sin embargo, el error condujo a una estructura de dominación mucho más compleja que cuando el Estado plurinacional no existía. Su emergencia reconocía e incluía a la diversidad social y cultural. También intentó gestar los canales de comunicación necesarios entre Estado y sociedades campesinas, indígenas, obreras, sindicales, gremiales y vecinales.
Todas estas facetas de la vida política de un Estado altamente corporativo quedaron validadas por un movimiento de época que desde los sectores de izquierda eran bien vistos porque hubo la sensación de que la inclusión era una deuda pendiente con los explotados y sometidos.
Estos a su vez pensaron que la inclusión les daba el privilegio de organizar el Estado bajo reglas que desconocían los mecanismos políticos, electorales y sociales que les habían permitido llegar al poder. Cuando lo hicieron, las estructuras políticas del país cambiaron y con ellas sus instituciones también lo hicieron. Se afirmó el principio de la identidad como primer valor moral de la política. Y ese fue el instante cuando la gestión de los recursos pasó a ser simple gestión de la identidad, porque ya no se pensó en términos técnicos, sino en aspectos morales basados en el color de la piel y en el lugar territorial de residencia de los sometidos.
El país fue pensado como un mecanismo de validación de la identidad y construyó la subjetividad de los sometidos más allá de la discriminación positiva. Se impuso un modelo que reorganizaba las formas sociales bajo la lógica de la trayectoria sindical y gremial, desconociendo la formación universitaria y la profesionalización. Esto derivó en la crisis de las empresas estatales y su desfalco.
La plurinacionalidad no es un modelo de gestión administrativa en este contexto. Sólo forma parte de una retórica que abalaba un modo de apropiación del Estado. Su estrategia fue construir una cultura política inédita en el país. Una que se basó en el descrédito de las instituciones. En la reescritura de la historia, en la selección de la memoria política para construir un relato funcional a sus principios y deseos. Esgrimir la elaboración de un sujeto campesino protagónico del cambio y a partir de este sujeto, edificar un ser social campesino y ligado a la producción de hoja de coca que dentro de los sometidos fue la cabeza. Con lo cual, el criterio de igualdad también dentro del propio sector indígena quedó quebrado. Las jerarquías se reproducen allá donde hay concentración de poder, y el movimiento indígena no fue la excepción.
Hoy mucho del desgaste de las organizaciones sociales, la división interna de la que gozan y la elemental agenda de negociación que esgrimen, no es sino el producto acabado de esos años de domesticación y colonialismo interno al interior de las organizaciones, que a nombre de la inclusión, permitieron que se limitará su participación, delegándola en un sector muy concreto y participar del movimiento campesino que al momento de proyectar el país, sólo pensó en sus propias necesidades, imposibilitados de convertir la necesidad particular en proyecto general.
Por otro lado, el modelo económico que reclamó su pluralismo a través del modelo cooperativista, la economía solidaria, la economía de mercado, las dinámicas empresariales y la centralización de las empresas estatales, fue un modelo que jamás pudo compaginar sus intereses y sus demandas. Sus proyecciones no se pensaron de forma relacional.
Cada sector de la economía plural en Bolivia, funcionó como cabeza de sector, haciendo como si las demás formas organizativas de la economía no existieran o tuvieran que someterse a su voluntad. Con lo cual, en lugar de coordinación y programación, existió, atomización y desequilibrios y usurpación de funciones.
En la actualidad, más allá del conflicto, los bloqueos y las marchas, lo que urge es pensar un modelo económico que sea superador del modelo económico planteado por el modelo del Estado plurinacional.
Porque cuando llegaron las movilizaciones de los años 2000 en adelante se habló y se escribió mucho del agotamiento del Estado del 52. Se lo pensó en una coordenada histórica como si su tiempo ya hubiera fenecido, pero lo cierto es que el estado del 52 siguió vivo mientras se gestionaba el estado plurinacional. No de otro modo se entiende el apego maniqueo al mestizaje, a la empresa estatal como creadora de empleos y ascenso social, la burocratización del estado como espacio de resolución de conflictos y como gran ordenador de la vida política, y el apego a las urnas para resolver controversias callejeras. Ahora, el estado plurinacional sigue vigente, en espíritu y en forma: la identidad, el uso de la tierra, la redistribución de regalías, el manejo de bonos, la balanza de pagos y la inversión en empresas estatales y formas diversas de nacionalización son ramificaciones del Estado plurinacional que se construyó a su vez sobre lo que todavía quedaba de vivo del Estado del 52.
Entonces hay una acumulación no sólo histórica, sino institucional en el presente. Este Estado, tiene dos vertientes muy fuertes que lo atan al pasado. El Estado del 52 y el Estado plurinacional. Ambos condicionan la gestión, es decir, la identidad del presente estado que no puede independizarse de estas dos anclas.
Porque en primer lugar anclan su desenvolvimiento a un pasado de memoria larga y memoria corta y por otro lado, es un ancla, porque no le permite avanzar ni remontar los problemas. Un ancla, no sólo puede salvar en ciertas circunstancias, sino que en momentos donde es necesario el movimiento, genera quietud e imposibilidad de desplazamiento.
Y es que lo primero que hay que modificar es la constitución, pero no se puede porque la constitución tiene un peso que lo ancla simbólicamente al momento constituyente que, para la memoria construida a partir del relato oficial, fue el momento en el que los indígenas, campesinos, obreros, vecinos y todos en general, tuvieron oportunidad de decidir su destino como país, y si bien hay algo de verdad en esto, también es tiempo de restar el carácter mitológico a la constituyente.
Y por el otro lado, no se puede trabajar sobre las reformas económicas porque el eco perverso de la capitalización ha sido capitalizado por las organizaciones para infringir una serie de relatos contradictorios entre sí que sobre la base de la herencia de los noventa identifica la capitalización como enajenación y como una venta del país al imperialismo.
Y es que la retórica ha impregnado el discurso del desarrollo, del nacionalismo y del Estado. Son los adjetivos los que definen lo que se piensa sobre la política en el país, y sobre el nacionalismo, sobre el desarrollo y sobe el Estado, por ende, de toda forma de democracia; ahora sabemos bien que los adjetivos no son objetivos, sino altamente subjetivos y circunstanciales.
Bajo esas premisas, pensar la relación económica en el país para superar la crisis es una labor complicada porque significa romper con el anclaje histórico que tiene el país y eso significa iniciar un nuevo relato. Una reforma moral e intelectual, primero en la sociedad y luego en las organizaciones. Hacerlo no puede esperar generaciones enteras para ver resultados. Se necesita acciones urgentes que den señales de que el gobierno posee un relato de país alternativo al de la plurinacionalidad o al del estado del 52.
Manifestarlo es importante porque será su garantía sobre su identidad. Sobre los proyectos y programas que debe establecer. Necesita convencer a sectores de izquierda que se puede gobernar desde otras variables y con otros enfoques sin incendiar el país.
Se necesita plantear un modelo que piense la economía de forma integral y racional. No la economía como faces o etapas de generación de bonos y empleos solamente. Porque esa medida ya fue dada por el último gobierno del MAS y no dio resultado.
Así que la faceta que ahora implica de verdad la energía social y la imaginación institucional tiene que girar sobre la base de una acumulación de proyectos políticos alrededor de una agenda real y concreta. Es decir, un relato histórico que haga frente a los relatos precedentes.
Cuando eso suceda al gobierno debe dar el siguiente paso: formular un verdadero plan económico. Esto si de verdad desea sostenerse en el poder hasta el final del mandato, porque lo que sí es verdad, es que la crisis será más profunda y la frecuencia e intensidad de las movilizaciones crecerá.
Al gestionar ese modelo, el paso siguiente es reorganizar el ejecutivo. No para reducir sueldos, ni para derivar acciones de un ministerio al otro. Sino para construir un aparato de gestión política y económica que piense el país de forma integral y no sólo sectorialmente. Porque el estado no puede comportarse como las organizaciones sociales que trabajan de forma sectorial y corporativa, y esto, por supuesto es una herencia del estado plurinacional.
Además, realizada esta tarea se debe hacer un plan de desarrollo nacional vinculante y estratégico. Uno donde regiones, departamentos, municipios y cantones estén comprometidos con el desarrollo y el progreso desde sus diversas actividades y potencialidades. Un censo productivo y de fortalezas empresariales y técnicas urge, porque el foco no sólo debe estar en las grandes empresas nacionales, hay que tener en cuenta la mediana empresa, las microempresas, los emprendimientos y las fábricas que funcionan en áreas como metal mecánica, vidrios, cemento, acero, lácteos, conservas, alimentos, manufactura y plásticos: el objetivo es medir su rendimiento, competitividad, impacto y capacidad de abastecer el mercado interno o de gestionar relaciones comerciales con el mercado internacional.
Haciendo esto recién se generan pilares sectoriales y se organizan fondos concursables, licitaciones, prestamos y ruedas de negocios. Se potencializa la economía desde lo micro hasta lo macro. Esto genera flujo bancario, dinero nuevo en las calles y demanda laboral.
Esto implica pensar los sectores enlazados entre sí y pensados como un modelo concreto y concertado de desarrollo. Y el desarrollo debe ser integral, por ello se propone que debe ir ligado al tema educativo y cultural. Porque las oportunidades de negocios sobre cultura, turismo y folklore determinan el lugar del país en el mundo como vitrina natural para investigación científica, transformación eficiente y responsable de materias primas renovables en medicamentos, nuevos materiales para la construcción como ladrillos hechos sobre la base de arena o nuevos combustibles.
Lo mismo con el folklore, que no es necesariamente el folklore tal como lo piensa la plurinacionalidad: no es una estampilla, no es una postal turística, ni una faceta de la identidad. No solamente es eso el folklore, es una estrategia de crecimiento y de intercambio cultural, es una fortaleza para la creación de mercados comerciales donde se generan nuevas formas de riqueza, dinero y gestión de recursos que son ingresos al estado de otro tipo.
Por ello, cultura, educación y economía en este siglo van de la mano. Y sobre esa base levantar los demás pisos del desarrollo donde aparecerán justicia, medio ambiente y defensa, entendida defensa, son sólo como defensa civil, sino también como soberanía interna y externa y como cuidado de fronteras y eso implica una mirada no sólo sobre el suelo sino también sobre el subsuelo y la fauna y la flora. Es decir que la visión de cuidar del territorio no recae solamente sobre el ministerio de cultura o medio ambiente, debe estar también acompañada de defensa, porque la explotación y trafico de madera o de animales es una cuestión de soberanía y de uso de los recursos estratégicos del estado. No es sólo ecosistema o diversidad. Es responsabilidad del desarrollo y cuidado de la diversidad natural y por ello, variable fundamental de la sostenibilidad ecológica y económica del país.
Ese segundo piso debe estar completado por las demás formas administrativas: salud, deportes, desarrollo productivo, presidencia, gobierno, y de nuevo justicia porque de esa manera se convierte todo lo realizado en las anteriores etapas en indicadores, en recursos y en acciones concretas con resultados concretos, cristalizados no sólo en políticas públicas o incremento de captación de recursos, sino en operaciones como elaboración de medicamentos, textiles, desarrollo de materiales de construcción, y formas de generar profesionales que tengan igual cantidad de horas teóricas como practicas en su formación. Además de darle a todo este proceso y dinámica, un andiamiaje jurídico que tenga que ver con seguridad, derechos intelectuales sobre innovaciones, y jurisprudencia sobe nuevos modos de administrar el conocimiento que surge de la interacción entre un saber científico y uno ancestral y comunitaria.
En ese nivel de trabajo adquieren renovado sentido las campeñas de alfabetización, la enseñanza y formas de escolarización para adultos mayores, las escuelas técnicas, la diversificación de la educación superior sobre la base de ciencia, innovación y tecnología. Y luego la capacidad de identificar habilidades concretas en estudiantes con facilidades para las ciencias puras y las ciencias sociales y humanas.
El presente en el mundo reclama complementariedad e innovación, además de pensamiento crítico y capacidad de trabajo en equipo y habilidades para realizar proyecciones a mediano y largo plazo. Y por ello gestionar la economía sobre una nueva matriz conceptual es urgente para pensar la Bolivia del presente y, sobre todo, la del futuro.
No se puede seguir anclado a las matrices políticas del pasado. Hay que tener voluntad y creatividad para romper con ellas y salir del atraso social y económico que permea el país. Hacerlo ya no es simplemente una labor gubernamental, sino una necesidad histórica, porque no se puede desperdiciar otra generación más.