Sagrario García Sanz

A sus cinco años, a Daniela le encantaba el perejil, notar en la boca el sabor intenso y fresco de esa verde hojita que todos los demás apartaban en el plato. Se dedicaba a recopilar las hojas que los demás comensales desechaban y así se hacía con un pequeño ramillete para su particular deleite. Disfrutaba comiéndose cada hoja una por una y recreándose en su particular sabor.

Cuando salía a comer fuera con su familia y se encontraba con la habitual hoja decorativa, se ponía como loca de contenta y hasta daba palmas, pero le ocurría todo lo contrario con el extendido hábito culinario de decorar los platos con las hojas secas, ahí ya no había vida y, por tanto, tampoco sabor.

Su curiosa costumbre hacía gracia entre los que la conocían y aunque sus padres tenían la firme convicción de que el perejil solo aportaba color a los platos, intentaban siempre adornar las comidas de su hija con la verde ramita porque daba gusto ver su sonrisa de oreja a oreja.

Cuando iban a la frutería, Julián, el frutero, les preparaba dos manojos de perejil, uno grande para que su madre o su padre pudieran adornar todos los platos de su hija y otro más pequeño para Daniela, que aceptaba entusiasmada, y del que daba buena cuenta de camino a casa, a donde ya solo llegaban los tallos apretados en su manita. Una vez allí, se dedicaba a aplastar los tallos y les preparaba un delicioso zumo verde a sus muñecos.

Un día, su madre compró una planta de perejil y a la pequeña le pareció una idea estupenda, pero poco duró la alegría porque la maceta rápidamente quedó arrasada, el entusiasmo y la alta demanda de Daniela no dieron opción a que volvieran a crecer las hojas. La pequeña, decepcionada, estuvo durante días observando la tierra con la esperanza de ver salir algún brote verde, pero finalmente entendió que había acabado con la cosecha y que volvía a depender del frutero.

Una mañana en el mercado, el frutero le preguntó por qué le gustaba tanto el perejil y mientras Daniela sopesaba su respuesta sin saber muy bien qué decir, y observaba la habitual costumbre de Julián de devorar plátanos, se le ocurrió preguntar:
—¿Y por qué a ti te gustan tanto los plátanos?
A lo que Julián respondió:
—Pues no sé, porque me gustan.
Entonces Daniela sonrió con la boca llena de hojitas de perejil y le respondió levantando la barbilla:
—Pues eso.