Pasajeros en tránsito: La absurda angustia por la muerte

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Aunque cueste concebirlo, hay una forma poética, maravillosa, de apocalipsis para nuestras vidas. Marco Aurelio, el emperador romano, lo tradujo en palabras: “Pronto nos cubrirá a todos nosotros la tierra, luego también ella se transformará y aquellas cosas se transformarán hasta el infinito sucesivamente”.

El estoicismo y el epicureísmo abordan la muerte de tal modo que hacen que ella deje de ser inquietante. He ahí probablemente su mayor virtud, importantísima cuando nos toca vivir una pandemia que potenció nuestro miedo lanzándonos -por un entendible instinto de sobrevivencia- a la fila de la farmacia, embarbijados y en algún momento ataviados casi como astronautas.

Hace poco leí un artículo sobre la “sociedad polimedicada” actual cuyo inteligente autor, Alejandro Rubio, se apoya en el siguiente sablazo del rapero Kase.O: “El tiempo es una broma macabra”. Mientras avanzaba en la lectura, sentía como si mi cuerpo intentara escapar, zafarse de la realidad para volar felizmente con la imaginación hacia un mundo ajeno a los problemas; pero, al mismo tiempo, sentía como si algo o alguien me jalara de las piernas, no me dejara ir.

“No tienes escapatoria, el tiempo te juega siempre en contra”, me dijo una voz interior.

Gracias al covid-19, aprendimos a aferrarnos más que nunca a la vida. Fue como un cimbronazo: necesitamos de una pandemia para recordar lo débiles y efímeros que somos. Eso sí, no estoy tan seguro de que hayamos aprendido que somos pasajeros en tránsito a la muerte. No está mal hacer la fila de la farmacia para curar o prevenir una enfermedad. Sí está mal hacerlo sin tomar en cuenta que ni siquiera así vamos a evitar una vida cuyo final será la muerte.

¿Vale la pena temerle a la muerte? ¿Es posible no tenerle miedo?

La muerte bien vista -es decir, como generalmente no la vemos- es como dice André Malraux: “solo tiene importancia en la medida que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida”. Lo bueno de ella es que no es más que el corolario de una vida. Sin vida, no habría muerte.

El mismo Malraux aconseja: “Ser conscientes de la muerte, mirarla a los ojos y aceptar que algún día llegará porque forma parte de nuestra naturaleza es la mejor herramienta para recuperar la consciencia de los días que pasamos en este mundo”. Ni más ni menos que estos dos famosos tópicos literarios extraídos de la sabiduría latina: ‘Memento mori’ (recuerda que morirás) y, aunque suene discordante, el ‘Carpe diem’ (vive el momento, aprovéchalo).

“Pronto nos cubrirá a todos nosotros la tierra, luego también ella se transformará y aquellas cosas se transformarán hasta el infinito sucesivamente”. La transformación, el cambio… ¿Podemos cambiar nuestra forma de pensar?, ¿aprender -por ejemplo- a digerir la idea de la muerte y verla o tomarla, quizá, con alegría? Si tantas veces has cometido el mismo error, ¿qué te hace pensar -razonablemente- que no volverás a cometerlo? Marco Aurelio decía que el cambio era la única constante en la vida.

Solemos ligar el momento de la muerte (propia o ajena) con la edad. Les propongo reflexionar sobre la intrascendencia de la edad en la muerte, pensar en que no importa cuándo uno se muere sino que haya vivido cada día como si hubiera sido el último… hasta cuando el cuerpo quiso. Así, no es necesario martirizarse pensando en cómo no morir “antes de tiempo” (o en cómo prolongar la vida dentro de una sociedad polimedicada). Si vives al máximo cada minuto será tu muerte, cuando quiera, bienvenida.

Pocas veces me he sentido tan ridículo como cuando supe de Epicuro y su famosa carta sobre la felicidad, en la que le dice a Meneceo esto acerca de la muerte: “Mientras nosotros existimos, ella no existe; y cuando ella existe, nosotros no existimos”. En palabras de nuestro tiempo, o sea vulgares: de qué te preocupas, si en vida no tienes muerte; y cuando la muerte te alcance, pues, sencillamente no tendrás vida, conciencia de ella.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.

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