Claudio Ferrufino-Coqueugniot

The Moldau, Bedřich Smetana, 1989, uno de mis primeros discos compactos: Lo he recordado escuchando a Dvořák la noche del viernes con nieve de fines de mayo. Sí, después de días tórridos ha caído nieve, quince centímetros, y los pies se han congelado de nuevo. Hasta los zorrinos escapaban detrás de los arbustos ante esa lluvia fina, tupida, helada. Catorce horas, bastante para creer que el mundo se ha volcado, que estamos en los antípodas, en la ventisca del río Amur en Dersu Uzala. Decidí no dormir y ver otra vez esta película, la quinta, sexta vez. Era Gloria en el polvo universitario, con risa en el intermedio, la primera, cuando mencionó Dodes’ka-den, también de Kurosawa. Mi cine está lleno de mujeres, si amores fueron dirán ellas. Ligia también conversa sobre los dos filmes. Tiene los pies fríos para matizar mis calores. El Amur… tengo que verlo. Todo lo ha hecho tan difícil el payaso del Kremlin. Tantos viajes truncados. Tendré que esperar, pero aguardo los trenes.

Año 89. Resalto que mi padre me dijo en el aeropuerto: “vuelve pronto”, y Omar exclamó: “chau, Amadeus” (el hombre que nació para amar, aclaraba). Amadeus no volvió, sigue sin volver, como si el año 89 lo hubiera atenazado, puesto grillos con bolas de hierro y plomo, y clavos en las llantas para que el auto no avance.

21 de enero aquel año, o 23, un par de días. Miami, Savannah, Raleigh, Washington DC. Los árboles de la primera ciudad estaban doblados. Huracán. Alexandria, luego el Distrito de Columbia, al fin Arlington. En el puente de Roslyn estaba la frontera entre la capital y Virginia. Más un pequeño paso por Rockville, Maryland, desde donde visitamos con Mirella Suárez el mítico Shenandoah. Niebla de guerra civil; chillaban los chipmunks.

Pasaron ciudades, esposas, el tiempo transcurrió en andar fraudulento, embaucador. Me veo como hace antes aunque papá ya no está y Omar ha adquirido el color de la granada. Sé, sin embargo, que a pesar de que se cortaron los dos molles de casa, el macho y el hembra, podré oler su aroma frotado en el cobre de los peroles de Sacaba. No hay jamillo ni algarrobos, tara para teñir las lanas que recolectaba mi amigo Pedro Brunhardt entre Chuquisaca y Tarija, carnosas pencas de tuna cubiertas de polvo blanco que ante la presión del dedo tornábanse sangrientas como hoja guillotina. Sobreviví por el olfato, porque en el metódico engranaje de destrucción, olía a ayer. La historia se escondió en la nariz. De allí a la razón.

  1. Una cama grande que comparte Waldo al primo que llegó sin nada. Eso fue después de la casa de Lorgio.

Suena el bombo de la chacarera. 36 grados Fahrenheit. De 1989 a 2022 hay un legado de guerras, muchas fueron, cuántas ni cuento porque no alcanzan dedos para narrar tristezas. Del desierto de Kuwait a Siria, a Irak, a Malí, Nigeria y hoy Ucrania. Me he sentado en un banco a diez pasos de casa, cuenta Irina, como si diez fuesen vida cuando viene un misil, pero para eso estamos, para soñar que engañamos a la muerte que asoma firmada y todavía con etiqueta de costo. “A la muerte no le temo si me has de querer”, dice la vieja música de los Hermanos Simón. Eso nos queda. Un rictus de ilusión puede salvarte la vida. Lo necesitaba, cada día. Había elegido un mundo duro. Ahora tenía que sostenerlo. Pensé huir. Pude y no.

Piano popular. Imagino sauces llorones, adobes en muro, cactus creciendo entre tejas coloniales, remolinos turbios del Mizque en avenida. Lo pienso mientras espero un bus bajo la lluvia de medianoche, en una avenida de Alexandria de la que nunca vi el nombre que sin duda era Tristeza. Llegaba a la bodega a las dos de la mañana, después de caminar 45 minutos por el ghetto del North East. Mojado, apestando a lana húmeda de una leñadora que me regaló Lorgio. Dejarla a secar encima de las bolsas de papa y a cargar camiones. Sudor que combate los veinte bajo cero del exterior. Cómo pesan los pepinos, a las cajas las cubre cera resbalosa. Si te cae sobre el pie te lo rompe y terminó la emigración. Manos, dedos, codos, rodillas, todo vale para mantener los tres puntos de apoyo que recomiendan para que los cargadores no se quiebren la espalda. ¡Como si lo enseñaran! ¡A quién putas le importan negros borrachos! Fuck you aquí, fuck you allá, el capataz, Joe Day, juega a ser mayoral del algodón. Lo que piensa en su interior quién sabe, acá necesita voz fuerte, negro de mierda, trabaja, suda tu negro culo si comer quieres. I like that Bolivian shit, macho, se dirige a mí para decirme al rato que qué miras, nigger, o crees que estás de vacación. La coca era una tarjeta de presentación en aquel submundo. Mis años cuando era nigger y mentía a los otros negros que detrás de una ametralladora, subido en una inexistente colina heroica, mataba soldados que saltaban como pipocas con los tiros, “viva la revolución, muera el supremo gobierno”. Necesitaba una leyenda.

Camposanto y luz mala. Pienso en el Martín Fierro mientras una bolsa de cebolla roja me raspa el cuello; musito una canción de Cafrune acerca de un guerrero pampa y su cautiva amada. Cochabamba, los pezones rosa de Francine que destacaban ante el rojo profundo, guindo, de las llauchas paceñas que habíamos comprado en la San Martín esquina Venezuela. En este frío no hay cópula ni amor, ni huele a cebolla. Trabajo como animal, sufro el peso, razono, me atormento; no va a vencerme esto. Tengo que saberlo, conocerlo, la vida no es mamá haciéndote café con leche, ni tú caminando ufano de la casa de P a la de G, y de la de G a la de P. Ni siquiera en línea recta. En ambos lados espera una mujer hermosa, de vestido negro o desvestida, con media botella de vino, A Day in the Life de los Beatles, o música sandinista. Aquí, al final del día, te aseguras frío, un cuarto oscuro, un colchón sudado que te dieron en las ayudas para pobres, una lata de comida de gato. Hey, nigger, ¿se te achicaron las bolas? ¿O estás pensando en un jugoso pussy que no tendrás? Agarra las putas cajas que estamos retrasados e irás con Will de ayudante, motherfucker…

Vuelto a la realidad, agarro el handtruck y me meto en los grandes refrigeradores. Allí se está mejor que afuera. Me caliento bajo cero y salgo cargado al tipo muelle donde están los camiones. No siento los pómulos, están rojo quemados. Miro a mis compañeros: perdieron el impulso. Vuelven a un cuarto mugriento, tirarse sobre las frazadas que alguna vez fueron claras. Botellitas plásticas de ron barato a cincuenta centavos. El piso está regado de ellas. Cuando doblo por Gallaudet hacia el mercado hay miles: gin, vodka, bourbon, whisky, tequila, tragos de la noche que caen de garganta a estómago vacío como rocas ígneas. Tráeme esto, trae lo otro, envuelve con plástico esa paleta para que no se desvencije. Cuidado con los aguacates. Por error nos enviaron cangrejos vivos en lugar de flores comestibles. Varios negros se embolsillaron unos, para hervir a esos inteligentes animales más tarde, tal vez con suerte conseguían una mujer que los cociera, de esas que con crack abren las piernas señalando al páramo. Aquello no era paraíso y meterla carecía de cariño. El cacique y su amada en la pampa. Bosques desaparecidos de pino negro, cuevas con megaterios todavía frescos. Painé y la dinastía de los zorros. Épica. El tren de Nueva York pasa a las seis de la mañana; los restaurateurs chinos recolectan en los basurales comida podrida. En el metro sacaré mi tesoro del bolsillo, un tocadiscos portable y antes de que la baba caiga, lava del trabajo en la boca, pongo a Smetana. Sueño, sin embargo, con Joe Day y sus largos cuchillos. Calculo que fácil atraviesan a un hombre y quedan expuestos tres centímetros más. No conocía entonces Europa del Este pero imaginaba sus calles, hasta con melancolía recordaba el hambre de Argenteuil y Pontoise, el Bosque del Lobo. Smetana y descompuestas berenjenas. Carla que me pide: “muéstramela, pisón”. Su boca parecía flor de lis. Fellatio.

Si esto se asemeja a Praga entonces yo soy un golem al que han marcado en la frente el nombre secreto de Satán. Ni tilos ni café capuccino con garabatos. Comer con asco mollejas de pollo estilo chino en restaurante coreano. Echar un sueñito hasta que te empujan; vamos, macho, a trabajar. En fila, faltan cadenas y que alguien cante canciones del chain gang, los condenados. La canta Sam Cooke: “Hooh! Aah! Hooh! Aah! That is the sound of men working on the chain gang”. Mi primer cheque fue de ciento veintinueve dólares. Por cien me compré un abrigo inglés azul oscuro que sigue empolvado aquí en la calle Clarkson. Esclavo con aires de gentleman, caballero de infortunio. Mientras leo a Schwob sobre el capitán Kidd; el otro Kid era el de Stevenson. Islas y mares, raíces de apio para la cocina del Sheraton, raíces de hinojo para gourmands.

Se acaba el año 1989 sin comenzar siquiera. No he contado mucho entre tanto desvarío. Camino solo; de vez en cuando compro amor de a diez, o de a veinte, mientras más negro, más barato. He obviado nombres sobre los que ya he hablado y recordaré más. Huelo aire fuera de la cueva y de pronto he sentido asfixia.


Imagen: Jean-Michel Basquiat