Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Por primera vez veo, en el retrovisor, mis ojos muertos. Lo atribuyo al ron oscuro de las Antillas, de mares de coral y tambores negros. Pirata mi alma y baúles de cuero. Un dormitorio sin tocador, con maletas sueltas, vacías, y calcetines por el suelo.

Los he visto como no los viera, frase que me hace recuerdo al romance del conde Flores y la romera. “Ojos que en mi vida los vi tal”, recitaba la madre al pie de las camas de seis hijos en escalera. Afuera, Cochabamba. Adentro, el mundo de nunca jamás. ¿Por dónde andan esos lentos insectos de alargado pico? Largos como agujas de reloj, con voces de tictac sonoro, latidos del tiempo de nunca más nunca jamás.

Del vacío de las horas masificadas en días y horneadas en meses resurgen voces. Una que otra pierna también, como si del cancán del reloj aparecieran ligas negras y zapatillas de charol. La última vez que te vi, en la pantalla del teléfono, tus pezones semejaban charcos de agua turbia. Me mojé en la lluvia, entraba la lluvia de abajo hacia arriba por las rajadas botas. Llovía de la tierra al cielo, era una fotografía volcada, un negativo donde la izquierda, derecha, y viceversa las dos. Las fotos en blanco y negro se transformaban en arcoíris y en aquellos charcos, casi dos ojos tristes, navegaba una barca hacia el remolino por donde penetré y me perdí; dormí, quise decir. O es lo mismo.

Esta noche he mirado mis ojos ya sin ser míos. Lo atribuyo al espejo, el de Alicia y el de Blancanieves, que mienten pero son estruendosos, divertidos, trágicos. Me senté a escribir. Letras, palabras, líneas cobraron vida y escapaban dejándome vacío.Lo atribuyo al ron o intento quedarme ciego para fabular contra mí mismo.

Miré las once horas de la noche. En la tarde había partido el tren das onze abandonándome en una rodoviaria de la que no despegaban buses sino aeroplanos. Recordé las manos de Dana, las del 2019, antes de que la peste la enterrara en casa sin cruz ni mortaja.

Un nombre cubría al otro. Una a la otra. Pero esos ojos que pintó allí la noche no son de presagio sino de fatalidad, sin que ese verso tenga que tener pena, ni olvidemos nosotros que lo que pasa va a pasar y lo sucedido ya está, o viene. Trabalenguas, pupilas muertas. Se ha secado la acuarela y la lluvia invertida se clava en el tejado como orquesta de lanzas y perece el techo, San Sebastián atravesado, mirada perdida hacia los cielos por donde ya no pasa Elías ni se presentan ángeles…