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“Ojalá sea una persona blanca cristiana”

Durante la vigilia por el atentado en el “Día del Orgullo Gay” de Berlín, en el que un joven en una furgoneta se estrelló contra una multitud a la que después atacó con un machete, cerca de la Puerta de Brandeburgo, matando a una participante e hiriendo a 29, una activista declaró públicamente, micrófono en mano, que lo primero que pensó al enterarse del ataque fue: “ojalá el atacante no sea un inmigrante musulmán, ojalá sea una persona blanca cristiana”.

Antes de ponerme a teclear me apresuré a verificar que fuera real el video de la muchacha frustrada por la condición migratoria y religiosa del radical islamista. Luego de revisar la nota en varios sitios serios, di rienda suelta a mi propia frustración. Nos encontramos, una vez más, frente a la relativización de un acto de violencia extrema. Un crimen que halló rápidamente una justificación humana a partir de la materialización de la “interseccionalidad” (la compu no reconoce este término.  En fin, sé que algún día será una computadora de mejores sentimientos).

El concepto de interseccionalidad, introducido a finales de los 80 y en auge ahora, pretende explicar la convergencia de distintos aspectos de la identidad humana, como el género, la raza, la clase social y la orientación sexual, para configurar situaciones de discriminación o privilegio. Lo que permite analizar la “superposición de sistemas de dominación”. Entonces, en una especie de pirámide, se califican la fisonomía y el estatus de quienes oprimen y de quienes son oprimidos.  

Los hombres blancos heterosexuales, a menos de que sean obesos (presumo), no clasifican jamás como dominados, pero una mujer blanca homosexual podría ocupar, si se lo propone, un escalón en la pirámide (aun cuando sea en la cima, donde están los menos oprimidos). De ahí para abajo, solo es cuestión de sumas. Por eso en la base encontraremos a las mujeres afroamericanas, inmigrantes, transexuales y neurodivergentes. Es a los de abajo a los que hay que rescatar en primera instancia, ya que serían los más desfavorecidos.

Parece curioso el método de medición de la opresión: en Estados Unidos por ejemplo, hay hombres y mujeres homeless que pasan días sin comer; no obstante, para estos benefactores selectivos, su cuello rojo (“red neck”) les resta sufrimiento y, por tanto, autoridad para victimizarse.

En la reciente Met Gala -la exhibición anual del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, que marca el inicio de la exposición de moda del Costume Institute– la modelo y activista Aariana Rose Philip fue un hito. Convertida en la primera modelo negra y transgénero con parálisis cerebral cuadripléjica, hizo parte de la muestra “Women Dressing Women”. Con ello -se confortaban los organizadores- “se logró visibilizar de forma directa a las comunidades de personas trans, racializadas y con discapacidad dentro de los espacios de alta costura”.

El Met Gala, lo repiten todo el tiempo, es un acto de beneficencia. Si a eso le sumamos la inclusión de Aariana a la noche más fashion del año, no quedará duda de que para los directivos neoyorquinos el Paraíso está asegurado. Ah no, ¡esperen! Parece que lo recaudado en el evento va al propio instituto de la moda, no a comunidades marginadas del Bronx. Y que la aparición de Philip, ataviada con un hermoso y elegante vestido, no habría provocado suficiente entusiasmo en las mujeres afroamericanas, trans, con alguna discapacidad para inscribirse en las escuelas de modelaje de ropa de alta costura.

Quizás las necesidades de esta gente sean otras. Tal vez lo primero que esperan son opciones para desarrollarse personal o profesionalmente sin tener que ser previamente escaneadas por asistentes autonombrados, y categorizadas en subgrupos dentro de un escalafón que se reserva el derecho de decidir quiénes deben recibir más atención y quiénes menos.   

Los que abogan por la interseccionalidad como herramienta -que  tribalizan todo y desconocen la valía de cada ser humano- crean arbitrariamente sus propias categorías de opresión. Sin embargo, al preparar las listas de admisión de víctimas, pierden de vista el peligro de mezclar rasgos raciales y orientaciones sexuales con enfermedades (lo hicieron con Aariana)… 

Aunque no sea representativa y quizás sea solo una simple mentecata, es una alerta social que la militante que, a voz en cuello, expresaba su deseo de que el agresor que atropelló a miembros del movimiento LGTBIQ fuera una persona cristiana blanca, se autoconvenciera de inmediato de sus ideas, con un “viene a mí la interseccionalidad; no todos peleamos las mismas batallas”.

Jean-François Braunstein acierta cuando dice que “esta locura comunitarista, que lleva a las identidades a fragmentarse sin límites, y a odiarse también sin límites por considerarse todas víctimas de las otras, podría, paradójicamente dejar un atisbo de esperanza al abandono de ese camino de victimización y comunitarismo que estamos siguiendo”.

Menos mal que la teoría de la interseccionalidad aún no se aplica por estos lados. Tengo familiares y amigas mujeres e inmigrantes como yo, pero heterosexuales y cristianas y no afros. Tal vez puedan conseguir un mejor lugar en la pirámide si cambian de credo y confiesan una disforia de género.

No, demasiados requisitos para esta intrincada forma de salvación al gusto de una corriente ideológica tan abstrusa como extendida.

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