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Nzinga: la que no se arrodilló

Márcia Batista Ramos

No somos lo que fuimos, sino lo que decidimos recordar.

Eso lo aprendí de ella, la que siempre rehusó agachar la cabeza. Yo era apenas una niña cuando su nombre comenzó a cruzar el aire como un tambor antiguo: Nzinga Mbande, la Reyna Ginga. Su nombre era Nzinga Mbande, pero los portugueses la llamaban “Rainha Zinga” — los esclavistas la temían y con un susurro que el tiempo deformó le llamaban “Reyna Ginga”.

Años más tarde, ya libre, vieja y con los huesos como nudos de madera, leí un manuscrito escondido en un monasterio abandonado. Un informe de un capitán portugués derrotado. No decía su nombre. No hacía falta. Su voz era de los que, al avasallar, creyeron traer el orden y hallaron la desobediencia en forma de mujer, bajo el sol africano que no perdonaba las mañanas y caía con fuerza sobre la tierra roja, como si el cielo entero quisiera incinerar la memoria.

Este es el testimonio de ambos: el mío y el suyo. Porque la historia no se cuenta con una sola boca.

I. La esclava

Me llamaban “Bamba”. En kimbundu, la lengua de mis abuelas, eso quería decir “humo”, porque en aquella época, era lo único que dejaba la guerra tras de sí: humo, cenizas y fantasmas. Tenía trece años cuando los bangalas —aliados de los portugueses— rodearon nuestra aldea. Mi aldea fue vendida con toda su población, fuimos cambiados por dos mosquetes y un barril de ron por los enemigos que nos cercaron y nos entregaron a los portugueses. Caminé amarrada con otros niños hacia Luanda, donde el sol no tenía sombra. Al llegar, un soldado me marcó el muslo con una cruz al rojo vivo, marca en el muslo que ardía más que el sol. Hasta hoy, me acompaña el dolor que sentí en aquel momento, un dolor que traspasó la carne, los nervios, la sangre, los huesos y se instaló en mi alma como peso de otro mundo, como un aprieto en el pecho.

En la plaza del mercado, frente al fuerte de São Miguel, nos exhibieron como ganado. Nos tuvieron humillados, en medio del dolor y de la tristeza de nuestra gente cautiva, de repente se oyó gritos de otros grupos, también esclavizados, llegó ella, decían. Venía de la colina donde flameaban las palmas, la mujer sentada en un trono de madera tallada con

símbolos antiguos. Vestía rojo, color de guerra y poder. Llevaba collares de cuentas

milenarias y brazaletes con historia. Sus ojos eran como cuchillos que no necesitaban filo.

Era impresionante ver su figura imponente. Sus soldados no gritaban porque el silencio

se abría a su paso. Hombres altos y fornidos llevaban en hombros el trono en que ella iba

sentada. Estaba claro que ella había nacido para gobernar en un mundo donde la mujer

no debía alzar la voz ni la mirada. Sin embargo, desde niña, Nzinga hablaba como los

hombres y luchaba como los dioses. Su padre, Ngola Kiluanji, vio en ella un espíritu

ancestral y los ancianos de su aldea vaticinaron, antes de su nacimiento, que ella venía

para hacer frente a los cambios vertiginosos que existirían en su mundo. Porque Nzinga

Mbande será más que reina. Será la tierra que camina, predecían los viejos al tocar el

futuro.

Su realeza se hacía evidente por su presencia, por su postura, por un no sé qué que

transcendía de su alma. Después supe que ella era una grande estratega militar y política,

diplomática y guerrera.

Empero, me impresionó verla por primera vez vestida con telas rojas, collares que

chorreaban historia, y su frente alta como las montañas donde nacen los ríos. Nadie se

atrevía a hablarle u osaba mirarla directamente a los ojos. Todos sabían que, en la tierra

del Ndongo, ella era Ngola, título ancestral del Ndongo. Era mito vivo, decreto andante.

En verdad, ella era más que reina: era mito, ley y castigo.

II. El capitán

Escribió él, “cuando la recibí como emisaria del Ndongo. Esperaba súplica. Encontré un

peligro.” “Ella defiende la libertad como un derecho inalienable y condena el dominio

territorial y humano de los europeos”.

Decía que su presencia llenaba la sala como el humo de un incendio invisible. Que

hablaba portugués mejor que muchos caballeros de la Corte. Que convirtió la audiencia

en una inversión de poder. La vio hacer de una sirvienta su trono. La vio firmar un tratado

sin inclinar la cabeza. Escuchó su voz, suave pero implacable:

—No vine a mendigar. Vine a advertir.

Y aunque la bautizaron como Ana de Sousa, él sabía que era una máscara.

“Nos tomó por idiotas. Mientras fingíamos evangelizarla, organizaba ejércitos en las

selvas.”

Él, que tenía cañones, perdió contra sus cuchillos de noche.

Y aún en la derrota, la respetaba:

“Nzinga era una reina de voluntad absoluta. Más que eso: era África con forma

humana.”

III. La liberta

Muchos años después de ser vendida en la plaza por los portugueses, fui libre por

accidente. Una epidemia mató a mis dueños. Escapé entre los cuerpos, y caminé hacia el

norte, hasta Matamba.

Busqué el Reino de Nzinga Mbande, porque desde niña soñaba con estar cerca de ella,

mismo que fuera a su servicio.

Cuando llegué la encontré en su fortaleza. No me reconoció. Pero yo sí: era la misma.

Más vieja, pero aún firme.

Sus soldados la saludaban con las lanzas cruzadas en el pecho.

Las mujeres le besaban las rodillas.

Sus enemigos decían que era bruja. Pero yo sabía que solo era temida porque no se

rendía.

A mí me dio un otro nombre. Me llamó Kiafika, que en nuestra lengua quiere decir “la

que regresa”.

No era fácil servirla. Había días en que hablaba con los ancestros, días en que mandaba

ejecutar a los traidores, y noches en que se quedaba sola, escribiendo cartas en portugués

y en latín, con tinta hecha de savia y ceniza. No dormía mucho. No confiaba en casi nadie.

Pero siempre me miraba con ternura.

Una vez le pregunté si no tenía miedo. Se río. Me acarició la cabeza como una madre.

—“El miedo es de los que aceptan cadenas. Yo nací para romperlas.”

La vi negociar con barbudos vestidos de oro. Los obligaba a arrodillarse. Les hablaba en

portugués mejor que ellos. Les tendía la mano, pero nunca el alma.

Yo me quedé allí, tejí para ella, escuché sus planes. Vi cómo trataba con holandeses, con

jesuitas, con reyes traicioneros.

Vi cómo envejecía, pero jamás retrocedía.

IV. El capitán (último testimonio)

“Murió en 1663”, escribió.

“No por hierro ni por traición, sino por tiempo. Pero cuando cerró los ojos, todo Angola

tembló.”

Y añadió, como quien escribe una advertencia para el futuro:

“Ningún imperio es seguro mientras existan mujeres como ella.”

V. Yo

Aún la sueño. A veces me despierto con el eco de sus pasos en la tierra seca. A veces, en

sueños, creo que soy ella cuando niego algo, cuando camino erguida, cuando no acepto

una imposición como destino.

Otras veces, quiero entender qué fue Nzinga en toda su grandeza y digo: Nzinga fue reina,

fue hermana, fue lanza, fue diplomacia. Nzinga no necesitaba corona. Su voz era decreto.

Su cuerpo era territorio. Su historia era un río que nadie podía contener. Al final, creo

que ella fue nombre y fue símbolo.

Y yo, la niña-humo, ahora mujer alzada que un día regresó, escribo para que no la

entierren dos veces. Mismo sabiendo que Nzinga está destinada a mantenerse viva en los

rezos a los Dioses que cruzaron el Atlántico en navíos negreros durante la diáspora

forzada. Si, ella vivirá en los cantos de las mujeres que niegan el yugo. En las danzas que

celebran la victoria sobre el olvido. En cada tambor que suena cuando alguien intenta

encadenar la historia.

Nzinga no fue una reina. Fue un imperio.

Y nunca habrá pólvora, cruz o decreto que la entierre.

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