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Nuestra marca es la incertidumbre

Uno de los escritores universales más célebres del siglo XX, exilado en Estados Unidos por la intolerancia del nazismo, el autor de Los Buddenbrook, Thomas Mann, pensó que en el futuro el fascismo podría regresar, pero ahora en nombre de la libertad. Lo dijo cuando veía que aquella tendencia irracional que se había encendido en la Europa de comienzos del siglo XX iba languideciendo cada vez más, pero inquieto por las contingencias que en el futuro pudiera presentar el decurso de la historia. Esta pequeña reflexión es útil para analizar el mundo de inicios del siglo XXI, cuando varias de las propuestas del populismo de izquierdas (socialismo del siglo 21) parecen ya provectas o agotadas.

Sin embargo, también hay que señalar que la democracia liberal (entiéndase, neoliberalismo) no ha dado buenos resultados en muchas partes por corrupta e ineficiente, y que es en gran medida por ese fracaso que en buena parte de América Latina surgieron regímenes autoritarios de izquierdas. Pero ahora se vive un clima de crisis económica y política en muchos países que viven bajo estos regímenes autodenominados progresistas, y entonces es posible que las masas cambien sus preferencias electorales en las siguientes elecciones, como ocurrió recientemente en Argentina. Lo peligroso es que las oposiciones más fuertes —que no más serias o responsables— se articulen en torno a líderes carismáticos y autoritarios que prometan barrer con todo lo que hicieron los anteriores gobiernos, meter a la cárcel a los antiguos políticos en el mando y modificar leyes y aun símbolos patrios, todo para instaurar finalmente un “paraíso de libertad” y una “verdadera democracia”. Al menos en Bolivia, las cosas van más o menos así.

En el último siglo, cada 25 o 30 años, por algún hado fatal o la pura casualidad, en Bolivia se instauraron regímenes autoritarios o populistas: 1920, 1952, 1982 (que no fue autoritario, pero sí populista) y 2006. Han pasado ya casi 19 años de la instauración del último régimen autoritario y populista, y cabe hacerse la pregunta de si en unos años más el país del Illimani tendrá que decirle hola a un nuevo régimen carismático pero desconocedor del Estado de derecho. Todo puede ocurrir; nuestra marca es la incertidumbre. Pero lo que podemos hacer para no sentirnos tan perdidos es analizar las tendencias históricas, el registro de lo ya acontecido; pese a que el ser humano sea tan impredecible, las masas y los individuos tienden repetir sus pautas de comportamiento, a replicar lo que ya hicieron.

El régimen autoritario de Jeanine Áñez —y su respaldo relativamente masivo que tuvo— es un indicador para especular cómo podría virar la preferencia electoral en 2025, año de elecciones generales: el apoyo al Gobierno Áñez (2019-2020) quiere decir que hay una porción grande de electores que secundaría un régimen autoritario de derechas. Como Bolivia está polarizada entre entusiastas de un régimen nacional-socialista, por un lado, y entusiastas de un gobierno de derechas que de alguna manera reinstaure elementos de la Bolivia pre-2006, por otro, el espacio que queda para un candidato racional, conciliador y responsable es notablemente reducido. Hoy por hoy, la euforia por los extremos está a flor de piel en la mayoría.

Pese a que la historia se pueda explicar con la teoría del caos (la posibilidad de que un hecho ocurra de esta forma o de la otra, sin ningún hado o predestinación fatal), en ella hay sorprendentes repeticiones y paralelismos que podrían hacernos pensar que la teoría cíclica es en realidad correcta. Como dice el historiador Robert Brockmann, hay mucho de la mística del gobierno populista de Bautista Saavedra en el primer gobierno del MNR, pero también en el del MAS, y hay muchas similitudes entre los sucesos que derrocaron a Hernando Siles Reyes y los hechos violentos de 2003 (¿…y de 2019?). Lo que es seguro, y esto sí está probado por un sinnúmero de ejemplos históricos, es que el poder nunca es para siempre y que el olvido es un poco más largo que la gloria… hechos que deberían hacer pisar tierra a los políticos.

Ante la inminencia del canto de las sirenas que formará espejismos y pretenderá hacernos creer que el diferente es el malo al que hay que eliminar implacablemente, lo más sensato es hacerle oídos sordos y atrincherarnos en aquella facultad que, a lo largo de varios milenios, nos ha puesto como género por encima de los mamuts, los delfines y los tigres: la razón. Reprimir las pasiones violentas, tratar de entender la realidad y las aspiraciones del Otro y elegir al candidato menos malo en 2025 (creo que el estamento político es un mal necesario) son las únicas maneras de atenuar un poco la enconada lucha que se avecina.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario

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