Naturaleza muerta

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De: Claudio Ferrufino-Coqueugniot / Inmediaciones

No veo en la red a ninguna de las mujeres que busco. La hora, tal vez. Están durmiendo o se pasaron al otro lado del espejo, donde moran las muchachas solas, ajenas al asedio del macho porquerizo.

Una caja de pizza manchada de grasa. Picante en hojillas, parmesano en polvo. Las cajas que parecen refugio sirio. Tazas, vasos, botellas a medio beber. Y esa canción de Gardel, Rubias de New York, que parece escrita al pelo, digo, cuando la blondez gira alrededor como un disco de 45.

Un cuerpo se pasea por Teotihuacán. Los escarabajos de la Gran Pirámide le miran las piernas desde abajo. Tobillos de volibolista. Muslos de volibolista. Hay viento y polvillo de piedra cae sobre el campo abierto. Ella se refugia en un rincón y allí sus piernas se hacen pasto de la historia.

Abro la caja de comida, un trozo de pizza a medio comer, frío, lo acompaño con café, sin azúcar, negro, café, azúcar negro sin, café, frío. El café está frío y huele a comida italiana. Hay mucho espacio en el refrigerador: un repollo grande, verde, un atado de culantro, podrido, limonada, jugo de pomelo, dos asados envueltos en plástico, tres cucarachas muertas en el piso, abandonadas licuadora y mezcladora, tetera, cafetera, botella de Zacapa casi terminada que no se va a terminar. Otras dos cucarachas, una muerta, una atontada. La estrujo contra el piso con el pulgar. Sale un líquido blanco, es casi parte del suelo y sigue moviéndose. Utilizo las botas y le doy fin como en una novela de guerra, de Vonnegut, cuando los tanques pasan sobre un cuerpo, espantajo del barro.

A terminar con la manía de acumular libros. Ni siquiera entrarán en el féretro que no he de tener. Menos quemarlos en la pira nazi de mi cremación cuando ocurra al lado de un río turbio que no es el Ganges y un chamuscado sin espiritualidad. Podrían servir de ladrillos, casa que cualquier lobo feroz derribaría a un soplido para comerse a los cochinitos. ¿Eso era de los hermanos Grimm o de quién? Tanta historia de violencia, canibalismo y equis en las historias de infantes. Predestinarnos no solo a la muerte sino al asesinato. Ten, toma, el machete a esgrimir en los matrimonios y descabezar novio y novia desmantelándolos como en un cuadro de Chagall. La cabeza descuajeringada para besar en una posición contra natura. Y el sol. Y la luna. Y el azul y el rojo. Colores de astros fogosos y de estrellas frígidas.

¿Era frígida la cama del final? Fría, helada, congelada. Cama de piedra. Los dioses duermen sobre camas de piedra en Teotihuacán. Yo te abro las piernas, te miro la espalda. Hoy. No. Era ayer. Anteayer. Nunca. Te miraba las sandalias, tu única ropa, porque aquel día quise hacer el amor con tus sandalias, no importaba más, solo ellas, negras, abiertas, y tus pies blancos, más preciosos que el sexo rosa.

Félix Vallotton retrata mujeres bañándose. La cumbia cuenta de las lavanderas. Por ahí, en Matisse, danzan, y fuman en Lautrec, y sufren en Kahlo. Corazones rotos. El dolor como el motor de la historia, no el sexo, ni que las mujeres se defienden con las piernas. Atacan con ellas. Duele. Me duele. Dolor y desesperanza. Esperanza. Cama de piedra. La tarde se agota, son casi las siete. Extraña que uno odie lo que ha amado. Es como el jugo de pomelo: amargo con un dejo dulce. Mujeres pomelo. Tetas como toronjas. Y otras pequeñas que a veces crecen. Pequeños volcanes. A veces volcanes rotos, cortados por la mitad -en Kahlo-, tetas partidas.

Esa mujer de boina negra. De verdes ojos. Me mira. Llama por mi nombre. La desconozco. Corro en contrario por las escaleras mecánicas del metro de París. Me pierdo. El café está frío, y amargo. Dulce el pomelo y me amamanta un pezón partido en dos.