Homero Carvalho Oliva
Desde las primeras páginas de Ñamérica, de Martín Caparrós, el lector siente que no está frente a un ensayo sobre el continente hispanoamericano sino dentro de él, caminando por sus calles ruidosas, respirando su polvo y escuchando el castellano, pronunciado en mil acentos distintos que, sin embargo, se entienden y entremedio de las palabras la eñe como signo de identidad.
El autor desmonta los clichés folclóricos: debajo de la imagen bucólica y rural que el mundo consume como postal, aparece la verdad incómoda de un continente que ya no vive en el campo sino en las ciudades, en esos organismos desmesurados que crecieron sin plan y sin piedad. «Las ciudades se han convertido en estos monstruos inasibles, tan inquietos», escribe Caparrós. Conozco muchas de las ciudades que recorre el libro y comparto sus observaciones. Ciudad de México, el «monstruo inasible» por antonomasia, donde el lujo y la miseria se rozan en cada esquina con la indiferencia de dos extraños. Bogotá, “la ciudad rescatada”, que aprendió a mirarse sin vergüenza. Caracas, “la ciudad herida”, que sangra desde hace décadas sin que nadie atine a curarla. La Habana, detenida en el tiempo como una fotografía que nadie se atreve a revelar. Buenos Aires, abrumada por su propio peso intelectual y sentimental. Managua, sacudida por una revolución que se traicionó a sí misma. Y El Alto, “la ciudad inesperada”, esa Bolivia india y emprendedora que desafía todos los moldes capitalistas. Y más allá de todo Chichicastenango y su mercado, “un refugio, un resto: de los mercados de antes de la unificación del made in China; de una cultura que el mundo se va tragando poco a poco”.
Caparrós entiende a las ciudades como seres vivos y lo hace desde la crónica que es el género que se toma en serio la calle, el rumor, el detalle que parece intrascendente y sin embargo lo dice todo. El libro no elude los temas más oscuros: la violencia, analizada no como fenómeno policial sino como síntoma cultural. En México matar se ha convertido en un lenguaje, en una semiótica del terror donde los cuerpos colgados y las decapitaciones son mensajes que controlan territorios. «Se mata porque matar es gratis», afirma, y cuando habla de Medellín, en los años feroces: “Y hay un olor muy fuerte, que debe ser a muerto”.
También hay espacio para la reflexión sobre lo que nos sostiene y lo que nos entretiene. El fútbol, esa «máquina de ficciones» funciona como una religión con más creyentes que el propio cristianismo, y que exporta su materia prima, los jugadores, hacia los estadios europeos con la misma lógica con que el continente exporta minerales y café. La comida, ese otro territorio de identidad: el ceviche peruano y los tacos mexicanos elevados a la categoría de haute cuisine por las clases altas, en un proceso que el autor describe como «gentrificación» de lo popular, y de cómo el capitalismo convirtió en un lujo lo que nació del hambre y la necesidad.
Y la migración, esa quinta ola de partida en la que millones de ñamericanos abandonan sus países empujados por la desesperanza, rumbo a Estados Unidos o Europa. Miami emerge en este relato como la «capital de Ñamérica», el lugar donde se refugia el capital de la región y donde se construye, paradójicamente, una identidad latina más consciente de sí misma que la que existe en los propios países de origen. Caparrós demuestra con rigor y elegancia que las patrias son mitos modernos construidos para dividirnos. La lengua, en cambio, es lo que realmente nos une. Ñamérica es un libro necesario e incómodo. Necesario porque nos obliga a vernos sin los filtros del orgullo nacional ni del exotismo turístico.