Mujica, fraile de la contrarrevolución

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El señor Mujica creyó a pie juntillas la patraña de ser el viejito bueno de la revolución. Taimado calculador, utiliza su real o pretendida pobreza para dárselas de moralista. Es otro, y me refiero también a Evo Morales, que jamás me sedujo. Lo adusto de mi abuelo y lo descreído de mi padre se juntaron para crear este escribidor que da de palos a diestra y siniestra por igual y que se entristece de no tener más brazos para apalear más. Y a sor Mujica me gustaría azotarle unos cuantos, créanme. Práctica fascista, dirán, a pesar de que mis látigos se construyen de palabras y oraciones, frases, no rezos, no malinterpreten, que no hay santo ni santa de mi devoción ni Dios a quien le queme cirio. No ayer, no hoy, ni en el día de mi muerte; el día de mi suerte, me corrige la salsa.

Su jugada está en oponer a los santones que él postula: la Kirchner, Evo, Maduro, Fidel, tipejos como Macri, Leopoldo López y nombres menos conocidos. Malevolente Mujica, como si no hubiese opciones, tal vez no muy presentes, o conocidas, pero por cierto reales. Si no tienen a Cristina tienen a Macri; o Lula o Temer, amenaza. Astucia y mala intención que lograron que sobreviviera largos años de encierro no sabemos en qué condiciones. El foso de la cárcel donde parece que nada se ve, también guarda secretos en sus matices de negro. Lo he dicho antes, y me duele haberlas perdido, guardaba en papel declaraciones de un esbirro de la dictadura militar que no fue dadivoso en su opinión de El Pepe. Su rendición a las autoridades no tuvo atisbo de épica y morir en gloria, evidente, no formaba parte de sus aspiraciones inmediatas.

Que un individuo plante lechugas o maneje escarabajo no alcanza para determinar su valor. Esbozarlo, quizá, pero no radiografiarlo. Mujica viste la misma ropa, a qué negar su modestia, pero le encantaba abrazarse con el monigote de Chávez cuyo acercamiento a la revolución era similar al mío hacia Dios. Nunca habló mal de Nicolás Maduro, y es explícito en su gusto por los tiranos. Llama “hermano Evo” al autócrata Morales, fraternidad que vergüenza debiera darle.

No puede afirmar Pepe Mujica que lo que ocurre en Venezuela a diario: marchas, hambre, muerte, son un complot entre Donald Trump y Luis Almagro, supuestamente correligionario suyo. No está la mano del imperio, o no aún (gracias a ustedes señores de la mala izquierda -si buena hay- hará presencia), en esos jóvenes que arriesgan su vida enfrentándose a la bruta milicada chavista y al paramilitarismo a sueldo que defiende la inmundicia. El expresidente uruguayo casi ha creado una capilla donde habita él como virgen santa con luces de neón. Trampa perfecta para intentar sostener la larga mentira, eternizar el enriquecimiento ilícito, las nuevas aristocracias como la de Barinas, el narcotráfico, la estulticia de los representantes bolivianos que lo único que llevan con soltura es el sombrero español, tan descolonizados son. Mujica miente y mueve la cola retocada de buen caniche revolucionario. Carga aire de beatitud, porque estos marxistas bastante de cura tienen. Solo hace unos minutos, y con el embuste de la Constituyente en tierra de Bolívar, el narco Elías Jaua apeló al “amor” de los hombres para justificar la movida. No olvidemos que Hugo Chávez se convirtió en penitente llorona y gemía con aullido de perra para evitar la muerte. Ni santos ni decentes, ni siquiera el buen Pepe cuya sonrisa no es la enigmática de la Gioconda sino la de usurero, agricultor además, con un ramito de tomillo entre las nalgas para evitar hedor.