Derrotemos al lenguaje machista

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Frente al ya crónico problema de las falencias congénitas de expresión de la nota informativa, a los periodistas de este tiempo les dieron otro problema: el lenguaje incluyente (los, las), cuyo objetivo consiste en que la mujer figure, de manera evidente, en el idioma.

Desde la última década del siglo XX, han surgido varias iniciativas para pretender que el supuesto uso excluyente de las mujeres en el idioma español se corrija y luego se convierta en una norma.

Esta iniciativa ya figura en los discursos de activistas como en la producción intelectual escrita de varias instituciones que pretenden que la mujer esté visible en el idioma.

Las leyes han sido los primeros escritos, en los que se recoge esta tendencia de manera casi religiosa. Pero donde no hubo éxito es en el habla mayoritario de la gente.

Es imposible pretender que el idioma se exprese bajo normas que no están dentro de él.

El español o castellano viene de una rama romance y está configurado de tal manera que prescinde del uso de los pronombres, lo que no ocurre con el inglés ni con el francés.

En vez de decir «niños, salgan al recreo» o «niños y niñas salgan al recreo», resulta más cómodo decir «salgan al recreo». En el verbo «salgan», ambos géneros [masculino (niños) y femenino (niñas)] están incluidos. Es el llamado sujeto tácito, sobrentendido.

El periodista y escritor español Álex Grijelmo, especialista en lenguaje, nos explica que se dan dos tendencias en este asunto. «Una corriente social pretende forzar el lenguaje (“ciudadanos y ciudadanas”…) para alentar así el cambio de una realidad discriminatoria. Y otro sector considera una pesadez tal empeño y cree que será el cambio de la realidad, por otros medios, lo que altere la percepción de las palabras».

Recordemos que los géneros gramaticales son tres: masculino, femenino y neutro; los sexos, dos: masculino y femenino. Estos obran en la reproducción de la especie; aquellos, en la concordancia de género y número en el idioma español y en la identificación de las palabras, de acuerdo con sus raíces etimológicas. El papa no es lo mismo que la papa, por ejemplo.

Pero ese argumento no satisface a las instituciones que luchan por la igualdad de sexos en el idioma. Quieren que las mujeres estén, de manera evidente, en los enunciados verbales y escritos, pues alegan que «sufren» de discriminación por el hecho de ser mujeres.

La exclusión (el no tomarte en cuenta por tu condición) no radica en razonamientos lingüísticos, sino en decisiones políticas y machistas que vieron a las mujeres como algo inferior.

Y la historia parece ir en contra de las propias mujeres. Por ejemplo: de la raíz indoeuropea mel (moler) nació la voz latina mulier (de molleris) que significa mujer, aguada o blandengue. He aquí la no equidad de género, sino una visión paternalista y machista sobre ellas.

Siempre se las consideró (y considera) suaves, tal vez porque los hombres salían a cazar y ellas se quedaban a cuidar a los niños.

Ahora los tiempos son distintos. Y debemos subrayar que la lucha porque la mujer esté nombrada de manera evidente en todos los enunciados es política, no lingüística. Venimos de sociedades patriarcales y machistas. Combatamos eso.

Hay movimientos feministas en Iberoamérica que pretenden cambiar la forma de ver la vida a partir del lenguaje expresándose en ambos géneros: «amigos y amigas», también escriben «amig@s» o «amigxs».

En el primer caso, cuando aludimos a ambos géneros, de manera obligatoria, rompemos la ley de la brevedad lingüística.

En el segundo caso, si bien se entiende la intención, esa forma de escritura no se la puede leer porque la arroba no es una letra del alfabeto. Y ocurre lo mismo con el tercer ejemplo, porque –a diferencia de otros idiomas– al genio del idioma español le incomoda que tres consonantes estén juntas (gxs), pues se dificulta la pronunciación.

¿Qué es más conveniente decir?: «chicos, nos vemos a las cuatro», «chicos y chicas, nos vemos a las cuatro» o «nos vemos a las cuatro». La última, desde luego.

La inclusión, en muchos casos es implícita; en otros, necesaria. Por ejemplo, en oficios, profesiones, cargos o títulos de responsabilidad; pero no en todos.

La Real Academia Española ha ido incorporando en estos años vocablos femeninos que eran comunes en cuanto al género. Por ejemplo: líder y lideresa, piloto y pilota, juez y jueza, fiscal y fiscala, comandante y comandanta, capitán y capitana, teniente coronel y tenienta coronela, entre otros.

Sería oportuno y urgente que las sociedades de Iberoamérica demanden a la Real Academia Española que modifique algunas definiciones machistas de su diccionario. De comandanta afirma que se trata de la mujer del comandante.

Lo mismo ocurre con alcaldesa, aunque ahora dice, de manera más justa y preferencial, que se trata de una mujer que ocupa ese alto cargo de responsabilidad edil.

Haya o no coherencia, gusto y/o razonamiento lingüístico, estos movimientos que luchan por la igualdad de la mujer en el idioma van a tener mejor éxito respecto a los cargos o títulos, antes exclusivos para los hombres.

Pero es muy distinto querer imponer que todos los sustantivos masculinos tengan su equivalencia en femenino. Y cuando nos topamos con sustantivos neutros, –como periodista, por ejemplo– la tendencia desdobla al artículo masculino en femenino («las y los periodistas») y, entonces, caen en la caricatura y rompen la ley de la brevedad lingüística.

Optar por la fuerza es inclinarse por el error. Y todo aquello que nace así (no por la seducción) por muy buena intención que tenga, provoca resistencia en el plano psicológico y rechazo en el plano lingüístico porque carece de argumentos sólidos.

Veamos otro caso distinto: «a lo largo de los milenos, el hombre demostró su sabiduría para aprehender las ciencias y ponerlas al servicio de los hombres».

Frente a ello, urge corregirla así: «a lo largo de los milenos, la humanidad demostró su sabiduría para aprehender las ciencias y ponerlas a su servicio».

Otro ejemplo: «el alcalde y su mujer asistieron al teatro». Eliminemos el machismo de esa oración así: «el alcalde y su esposa asistieron al teatro».

No podemos condenar ni burlarnos del deseo justo de las mujeres por ser protagonistas de esta sociedad.

¡Quién sabe si dentro de medio siglo su iniciativa tenga éxito! Pero ello debería estar conducido por el uso natural y mayoritario que los hablantes hacemos del idioma; no por normas que obligan determinado uso con el lamento político de ser excluidas en el habla.

Convendría, más bien, que dejemos de hacerles daño o tomarles por objetos de consumo desde el uso machista del idioma.

Poeta, escritor, periodista y editor de textos