¡MUERAN LOS BLANCOS!

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Los 14 años de régimen masista, los humos caldeados por las elecciones, la polarización demente del País arengada por el Gobierno y la estupidez propia de la condición humana, han dado por fin sus frutos viscerales: La consigna del masismo profundo es ¡que mueran los blancos! ¡wañuchun q’aras! gritó la gente en Norte Potosí, los autodenominados «Kataris», ante un Presidente mudo. El que calla, otorga, dice la sabiduría popular, pero ese dicho es de q’aras, habrá pensado el presi. En el fondo, nuestro gobernante, nunca fue «nuestro», nunca gobernó para todos, siempre guardó rencor y amargura por los «otros». Lo más probable es que él y todo su partido comparta con los Kataris el odio y el deseo de muerte del blanco («si vienen los q’aras los envenenamos» dijo el dirigente) o sea, añoraban el envenenamiento de todos los q’aras, de los q’aras de la oposición, de los q’aras de la ciudad, de usted y de mi. No es la primera vez, tampoco.

Los ponchos rojos han amenazado cientos de veces con agarrar a chicotazos a los «neoliberales», en el trópico han prohibido la entrada de los «opositores» bajo amenazas, bajo amenazas se han querido intimidar a los «21F» y en miles de oportunidades, centenas de masistas han amenazado con aplastar a la «derecha». El Vicepresidente, con su insoportable tonito paternalista, ha sido un referente en los discursos del odio, cada vez que se dirige a los campesinos y organizaciones sociales, repite incesante: «Estos q’aras» «la derecha vendepatria» «estos que odian a los indios». El propio Presidente, sólo ayer, decía en Macha (tierra de los T’inkus) que hay que «hacer t’inku» con la «derecha». El problema está en que, para el Gobierno -ergo, para todos los masistas- todo aquel que es mínimamente crítico con ellos, es «vendepatria» es «neoliberal» es de «derecha» es «q’ara».

La hipocresía es doble. Primero porque este Gobierno no es de izquierda, es neoliberal y segundo porque desesperadamente, este Gobierno ha hecho todo lo posible por «blanquearse». Sus pactos con la oligarquía cruceña, sus ministros cada vez más blancos, sus publicidades repletas de actores blancoides, sus eventos en locales chics, sus lujos y despilfarros al estilo blanco y su estrategia electoral dirigida casi por completo a los electores q’aras. A esos que tanto odia, a los que quiere envenenar, chicotear, golpear como en t’inku, abolir, expulsar, erradicar, suprimir. La paradoja de este proceso está precisamente ahí. El primer gobierno indígena de la historia, es el gobierno más racista de nuestra vida republicana.

Pragmáticamente hablando, el racismo del MAS ha caído en una trampa sin salida. Del millón de militantes que presentó el MAS ante el TSE, la aplastante mayoría son del área rural. El MAS tiene una militancia ridícula en las áreas urbanas. Son las áreas urbanas las que están saturadas con la egolatría, la corrupción furiosa y el abuso del poder del MAS y son los q»aras los que constituyen el 70% del electorado. El partido gobernante, está en la necesidad de adularnos y prometernos el cielo y la tierra. Pero sus bases fundamentales nos odian. Somos la amenaza contra sus reivindicaciones y su poder. Nos quieren envenenados.

Ese sentimiento, ciertamente, se ha ido gestando durante más de 500 años, no es de ahora y tiene -por supuesto- bases reales. Pero la oportunidad histórica de que este Gobierno construya un discurso (sino de unidad) al menos tolerante, se ha visto fracasada por la propia beligerancia torpe y por el profundo rencor que guardan sus principales cabezas (presi y vice) y el de todos los secundarios que fungen de voceros y representantes del «proceso». Un proceso que a este punto ya es el proceso del odio. Para el masismo más leal, más orgánico, más puro, la idea central consiste en hacer un País donde la consigna sea: ¡Wañuchun q’aras! Que se mueran los blancos. ¡Que se mueran!, repite para sus adentros nuestro señor Presidente.

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