A lo que llegamos

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Y llegaremos. Recibo en mi correo, Messenger y demás maneras de comunicarse hoy, variedad de cosas. Manifiestos, exabruptos, odios, rencores, imaginaciones, posibles mentiras, y mucho de cierto, seguro.

Demencia sexual en el Chapare, con motivo del aniversario o lo que fuere del cacique, cuentan. El poder suele querer afirmarse en el miembro masculino. El poder es fálico. Pero la eyaculación implica muerte. Hay cierta disonancia en eso. El macho perece, se lo come la hembra muchas veces en el reino animal. ¿Será Bolivia la hembra que devore esta locura, el imperio de Alvarito y del cabezón? Quizá. Ella ha consumido a tantos, porque muchos, o todos, se creyeron indispensables, eternos, divinos, chingones, patriarcas, héroes, superhéroes. Los tragaron sin sal, que la historia no se preocupa de sazonar a sus víctimas. Si creemos que los achachilas los protegerán, pues nos equivocamos. Ni achachilas, ni mallkus, ni Intis, impidieron que España violara a sus mujeres en altares como Ayax de Oileo a Casandra. No se escribió épica al respecto, pero lo sabemos. Está en la piel de todos. El mestizaje es la prueba incansable del estupro. Si los dioses no protegieron sus pueblos, menos protegerán a una marioneta torpe y mandona. Cuestión de tiempo.

Con los años le fui dando vueltas a la asociación de la dictadura trujillana y esta. Aquella era más dura y más torpe. Aquí, siendo Bolivia, las cosas se hacen como queriendo no hacerlas, como sucediendo nomás, bien nos estamos. ¿Modorra? ¿Idiosincracia? ¿Indiosincracia? Con cuidadito para que no despierte. Parte de nuestro carácter ¿modesto?, cobarde, temeroso, ingredientes justos para la explosión feroz. Ambas giran alrededor del falo del mandamás, y del mito que ellos y su entorno van creando en cuanto a dimensión y calidad. Cosa entre hombres, que a ellas poco les importa si es azul o blanco; ellas se guían por el oído, no la mirada, me decía Ekaterina, y con razón. Entonces resulta casi un juego maricón, con machos preocupados acerca del alcance de su meada, con violadores de eyaculación precoz. De eso no se habla, porque denigrar el miembro del amo resulta en denigrar la patria. De allí ministras sin calzón y senadoras que gimen porque es preciso gemir para satisfacer el ego del verraco.

Triste y repetitiva historia. A Trujillo no le cortaron el pájaro para conservarlo en alcohol como en la novela de Jorge Amado. Esa cosa valía poco y se pudrió con más velocidad que la nariz. Tampoco se la cortarán al Evo, porque esa otra cosa tampoco vale dos cobres. “Culeadorcito es”, decían de él las putas en la crónica de Roberto Navia. Y tacaño. No paga. Risible falo.

La sexualidad estuvo presente en el castigo de Sodoma y Gomorra. La sexualidad atroz que impone el poder y se desgaja hacia abajo por la pirámide. No la otra de carne y placer, de piel como de gallina, de gritos y susurros. Esa que no necesita elocuencia, propaganda, esa de cuerpos enroscados y arribas y abajos, de cóncavos y convexos según Roberto Carlos, de triángulos, rombos, paralelas y caballos. Otro asunto, ajeno al desenfreno de los patrones, la idolatría y el embuste.

Pero no vayan a decir nada todavía. Lo que habita detrás de la bragueta suele ser bien recomendado pero es top secret. Este, el cabezón, maneja el estado con los calzoncillos. Se precia, se elogia a sí mismo; sus ministros, como a Truijillo, le entregan esposas; sus ministras, nietas. Quien tanta hambre parece tener y nunca se sacia es porque esconde algo. Sabemos qué es, aunque lo oculte. Mejor lo sabe Alvarito, republicano tenaz y publicano de cepa, conductor del comité de salvación pública (léase de sí mismo y familia). Sodoma, sodomitas, sodomizantes, sodomizados.