Mi tío y mi tía, dos incansables tacaños

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De: Maurizio Bagatin / Inmediaciones

 

“Casi todos los hombres mueren de sus remedios, no de sus enfermedades”
– Molière –

Mi tío y mi tía eran dos tacaños, pero no tacaños como uno piensa o imagina, lo eran mucho más de lo que uno puede llegar a pensar e imaginar, ellos eran incansables en su avaricia; en lugar de una vida han vivido una especie de inagotable ahorro, calculando despiadadamente hasta la salida del bolsillo de la limosna que ofrecían el domingo a la iglesia. Bien escondido, entre latas en la cuales guardaban las empaquetaduras de las garrafas de gas, los alambritos con los que se cierran las bolsas de pan en moldes y las tapas coronas de las raras gaseosas que habían comprado a lo largo de su larguísima vida, tenían un librito en el cual iban anotando todos los gastos que efectuaban, día tras día anotaban, pan, mantequilla, servilletas, no en lugar de las servilletas y del papel higiénico usaban el periódico ya leído y que recogían, el día después, del bar del pueblo, frutas pocas o nada compraban porque en su jardín había higos, damascos, manzanas, peras, uvas, además se alimentaban de lo que lograban producir ellos y de todos estos productos que en el supermercado más barato de la zona periódicamente ponían en liquidación – cuando la fecha de vencimiento se estaba acercando – y en una de las líneas de los gastos efectuados incluyan la limosna, alguna vez efectuada los sábados y algunas vez – sobre todo durante las fiestas grandes – los domingos.

He siempre pensado que Molière hubiera gozado conociéndolos.

Mi tío fue fenomenal en cuanto a estrategias de ahorros, en técnicas de parsimonia y en planificaciones de ocultamiento de dinero; cuando iba a cobrar su pensión, la merecida jubilación que logró alcanzar después de años y años de duro trabajo y de excepcionales medidas económicas, buscaba siempre la condición ideal para que nadie lo viera mientras recibía el dinero, y hacia siempre de manera que nadie pudiera enterarse de la fabulosa suma que iba a esconder en su tabarro, bien envuelta en uno de estos periódicos rosados, retirados gratuitamente del bar, el barista el día después de su lectura ya no sabía qué hacer con estas noticias deportivas y en mi tío había encontrado quien le podía evitarle la acumulación de papel ya inútil (aunque inútil lo era también antes). Cuando trabajaba en Trieste, sabiendo que allí faltaban huevos de gallina, salía todos los lunes con su moto cargado con varios maples llenos de huevos de gallinas criollas y en la ciudad de confín armó su business que le permitió, se cuenta, construirse una casa. Casa que por supuesto construyó el mismo, con la ayuda de cuñados, parientes y amigos, durante las vacaciones, justamente renumeradas. Imagino que la retribución a los amables trabajadores no haya sido sindical… Se habían así construido una linda casa, y Linda era también el nombre de mi tía, un oxímoron perfecto, considerando que era fea y además de tacaña era huraña, siempre malhumorada y en contra de toda acción, de todos los juego y peor si eran chistes, y peor aún si estaban hechos por niños y jóvenes, por eso creo que su hijo al llegar a cumplir la mayor edad huyó a Australia.

Mientras los roñosos siguieron ahorrando…un día, llegada la jubilacion, y teniendo un considerable ahorro bien guardado, decidieron vender todo e irse a pasar el resto de su vida en Australia, cerca de su único hijo – creo que ahorraron, por aquella época, hasta en hacer al amor y en tener hijos, comparando la proles existentes en las otras familias italianas de la época – y así fue que armaron equipaje y se embarcaron a Venecia (era la forma más barata de viajar) hacia el país de los canguros y los koalas; el viaje era largo y el equipaje bien surtido, cuentan los chismes de pueblo que antes de partir mi tía logró venderle a una de sus hermanas su tabarro con cuello de finto zorro, por el valor de diez mil liras, y mi tío, la motosierra a unos de sus parientes por un precio que pareció dictado por el propio Shylock…

Escribió Augusto Roa Bastos que no hay historia verdadera sin datos falsos, pero aquí si hay algo que no ha sido falsificado son justamente los datos, puede ser que algunas de sus agarradas atrocidades se me hayan pasado pero, los datos son verdaderos…sino consulten el librito.

Entre las cosas extrañas y maravillosas que se llevaron en Australia había una escoba, una escoba común hecha de paja, una escoba sin poderes extraordinarios, una de estas escobas con la cual uno puede barrer las aceras, los corredores, los pasillos y hasta el garaje: ellos no poseían y tampoco no compartían ninguno de estos espacios, la utilizaban para barrer las hojas entrópicas de los frutales en otoño, para espantar los testigos de Jehová los domingos por la mañana y los chicos que hacían bullas en el vecindario, durante toda la semana. Esta escoba viajó hasta Sidney. Cuando volvieron a Italia, después de más o menos un año transcurrido entre dingos y ornitorrincos, se trajeron de vuelta también la escoba, y apenas llegados mi tía le pidió a su hermana que le devolviera su tabarro con cuello de finto zorro, naturalmente al mismo precio con el cual le había sido vendido: diez mil liras italianas. La cicatera..  Mi tío era el responsable de todas las compras que realizaban: en un día normal iba temprano a recoger los periódicos viejos del bar – ahí pero se tomaba un “conforto religioso”: un aguardiente – y luego se dirigía en bicicleta con un carrito enganchado detrás, al supermercado, el más barato de la zona y recorría todos los sectores comparando precios, ofertas especiales, liquidaciones, promociones hasta haber sacado todos los cálculos en ahorro posibles, y así cargaba las compras efectuadas en el carrito, no antes haber anotado con detalles en el librito los gastos realizados. De ahí se dirigía a la casa, adonde lo esperaba, con el portón ya abierto, mi tía, rápidamente de manera que ninguno de los vecinos pueda ver, y percatarse de las tramas de las compras, introducían en el deposito el carrito con la carga.

Los atunes marca STAR estaban permanentemente en liquidación porque, aparte no ser atún, eran realmente asquerosos y de dudosa proveniencia, las conservas de tomate marca NOI tenían todo menos el sabor a tomate y el aceite de semillas varias marca TOPAZIO podía también ser utilizado para lubricar la cadena de la bicicleta y aliviarnos del chirridos de las bisagras de las puertas. Miserables tal vez no era que una apreciación, ellos merecían un adjetivo más mezquino para hacerlos realmente reconocibles.

Ahorraron tanto que hasta la vida misma fue un ahorro, falleció primero mi tía, murió algunos días después de Todos Santos, y así mi tío se ahorró las flores, en la capilla donde vendría sepultada seguían los arreglos que los parientes habían depositado días antes…ella murió de inanición, se dejó morir y mi tío no había puesto mucho de su parte para que ella se alimentara, y cuando los vecinos preocupados por los gritos de peleas se acercaban, él los tranquilizaba diciéndole que ella estaba bien, que no necesitaban nada y que le gritaba por que no entendía, ellos creían que fuera él lo que no entendía que ella ya no entendía. Final grotesco, todo en sintonía con la mezquindad de sus vidas, frutos de tragedias colectivas y de farsas individuales.

El tiempo nos devuelve, o finalmente nos da siempre la posibilidad de enterarnos de la verdad, de la verdad que nos permite una interpretación de los hechos, no de la verdad ontológica, no de la verdad metafísica sino de aquella verdad que con una cierta ironía socrática logra disolver traumas y darle una lectura a la historia. Tragicomedias de la comedia humana, enseñó Balzac…

Y cuando mi tío me pidió si por favor podía ayudarlo en atender a parientes y compaisanos durante los días de preparación al entierro, me enteré aún más de la disciplina y las estrategias con las cuales habían, durante años y años, ido ahorrando, escondiendo y camuflando el dinero para que los bancos – y los parientes y los vecinos – no logren conocer el patrimonio que habían acumulado: en un salero – estaba buscando el azúcar para el café que iba invitando a los presentes – encontré un bodoque bien envuelto con adentro tres millones de Liras (unos 1500 Euro actuales), adentro de una lata de galletas encontré una colección de cajas formato familiar de fosforo marca Magenta, adentro de las cuales había en cada una billetes por un valor total de un millón de Liras (unos 500 Euro): todo un deposito financiero libre de impuesto. Pero la verdadera caja fuerte estaba adentro del living, un sillón de los años cincuenta remendado profesionalmente – por mi tío, lo supe después – y que a los dos días del entierro fue abierto casualmente, debido a un traslado inoportuno de parte de una mis otras tías y mi mama, llamadas en ayudar a evacuar el cuarto de las cosas que podían dejarle a mi tío malos recuerdos: en las entrañas del sillón había una bolsa de papel bond con bien envueltos billetes nuevos por un total de diez millones de Liras (más o menos cinco mil Euro).

El día del entierro de mi tía mi mama era la encargada de los últimos detalles a la difunta, poner los arreglos florales, retirarle del cuello el delgado collar de finto oro y el anillo de matrimonio, tal vez de oro, y vestirla e acomodarla en el ataúd; el último detalle era ponerle la corona…al oír corona mi esposa saltó y mirándome atónita e incrédula me pregunta: “¿…y que era una reina?”…no, afortunadamente no era una reina, se trataba simplemente del rosario que en nuestro dialecto se dice corona: humor negro mientras mi tío, sirviéndose un buen plato de macarrones al sugo le decía a mi mama “ahora voy a comer y luego le pondré yo la corona”.

Muerto el rey viva el rey…a la muerte de mi tío, algunos años después de la de mi tía, mi primo decidió poner a la venta la casa, y de inmediato en el pueblo se generó una cola increíble de interesados a la casa; muchos sostenían que era debido al tamaño de la casa y del lote sobre el cual estaba construida, de la ubicación céntrica, mientras según otros era porque el precio era apetecible para parejas jóvenes, las cuales hubieran podido acceder a una vivienda con una inversión accesible, y también para ancianos que cansados de cuidar viviendas grandes ahí se habrían sacrificado menos y disfrutado más la vejez…pero lo que según alguien – y yo me encontraba entre ellos – el verdadero motivo de interés por aquella casa era que las leyendas y las verdades se habían tan bien mezclado hasta crear un mito, el mito de la casa que escondía en algún lugar o, mejor aún, en diferentes lugares algo más del inagotable ahorro de mi tío y mi tía, los incansables tacaños.