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México en Denver

Asombra, simplemente, el número y la diversidad de la fuerza de trabajo mexicana en Colorado. Si en algún momento se planteó como opción demagógica un proceso de “reconquista” de las tierras perdidas en el norte pues en camino está, en avance, si no ya logrado, y que solo necesita unos años, una década, para consolidarse.

Antes estaba siempre la presencia del ghetto, la concentración de una clase trabajadora extranjera en áreas precisas de las ciudades gringas. Eso continúa, porque las oleadas inmigrantes son sucesivas y hay cada vez nuevas generaciones que reemplazan geográficamente a las más antiguas. ¿Y dónde van estas? De los rusos que llegaron el 92 con la perestroika y se reunieron en ghettos quedan pocos. Repartían periódicos, hacían trabajos manuales. Más de veinte años después han sido absorbidos por la sociedad norteamericana en mejores posiciones, desde cajeros de banco, financistas, hasta doctores. Esa Rusia pobre y maloliente que llegó entonces se ha mimetizado con el resto de la población, a pesar de que mantiene, no al nivel mexicano, identidad propia y cierto remanente de comunidad separada.

Los latinoamericanos, incluyo a los puertorriqueños, pero sobre todo los mexicanos, también han pasado por esa fase de asimilación que los extrajo del ghetto, aunque el concepto de comunidad, gracias también a la cercanía geográfica, no se ha perdido y la raíz cultural latina permanece fuerte, a ratos indisoluble.

Manejo por diez horas en medio de las mansiones millonarias entre Parker y Aurora. Se ven allí, entre gringos viejos y jóvenes que trabajan en tecnología, un nutrido grupo de orientales: chinos, coreanos y vietnamitas, que han hecho dinero en restaurantes, lavanderías, jardinería y más. De poco porte aristocrático, que digamos no pesa acá, esta gente ha alcanzado niveles de riqueza grandes y suelen codearse cómodamente, al menos de su lado, con la clase pudiente anglosajona. En ese gigantesco universo de la riqueza en el estado comienzan a verse apellidos hispanos como Gutiérrez y Flores. No vienen de las oligarquías latinoamericanas sino del trabajo. En la construcción son amos y señores; adquieren oficio y se transforman en subcontratistas que se enriquecen a través de la mano de obra nueva que viene del sur y a la que proveen de medios de supervivencia a pesar de la falta de documentos legales que les permitan permanecer en el país. Estos nuevos hombres de negocios son en muchos casos iletrados, gente que llegó desde olvidados ranchos en las sierras de Guerrero y que saltaron, en el desarrollo desigual y combinado del que hablaba Trotsky, del huarache al hummer casi sin etapas intermedias.

Compañías de concreto, de asfalto, de todo el espectro del área de construcción (y de limpieza) de origen mexicano prosperan con rapidez. Ofrecen precios mejores que la competencia local, el trabajador mexicano es en la mayoría de los casos excepcional y crecen a imparable velocidad. Con el boom del área de construcción en Denver y el resto del estado se hacen fortunas de inmediato. Esos rancheros que diez años atrás apenas balbuceaban su propio idioma se convierten de la noche a la mañana en potentados. Sus hijos van ya a escuelas sofisticadas, privativas para los “blancos” de antaño y de a poco van transformando el estereotipo del inmigrante latino. No trabajarán ya de albañiles o de sirvientas, la economía les abre nuevas y mejores perspectivas. A diferencia de los rusos que se mimetizaron, estos ricos mexicanos permanecen, al menos la generación exitosa, dentro de los marcos culturales en los que crecieron. La absorción incluso numerosa suele ser mínima por el constante reemplazo de unos por otros. Lo mexicano no se va perdiendo, va ganando terreno. El taco reemplazó a la hamburguesa como favorito y el tequila sobrepasa de lejos ya cognac, vodka y ron. Quizá hasta el whisky. Una historia de éxito.

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