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México, el ombligo de la luna

Maurizio Bagatin

“El policía dejó la pistola en la guantera del auto, se bajó y ordenó al chico que atendía al surtidor que llene el tanque. Vio a otro chico que estaba vendiendo musicasetes y lo llamó, dio una mirada veloz a los casetes y se quedó con dos de ellas. Sin pagar al chico le hizo una signa para que se alejase de ahí. Volvió a subir a la camioneta y me miró, miró a la pistola y arrancó el motor. Desde el espejo retrovisor vi su sonrisa feliz, me la quiso hacer ver. Íbamos rumbo a Puerto Escondido, ahí su plan tenía que concluir con el mejor de los éxitos. Según él.”

“Si lo hechos se acomodasen a las palabras, México sería el cielo en la tierra”, D. H. Lawrence desnuda tratos de una posible identidad, él que de mexicano no tuvo nada más que la responsabilidad de escribir una de la más profunda novela ambientada en el ombligo de la luna. La serpiente emplumada sigue deslumbrando a moros y a cristianos, revelando nudos que ni el propio mexicano pudo entrever. Octavio Paz reconoció que su laberinto de la soledad fue descifrar un mito, y que, como sostuvo Lévi-Strauss, no podía ser otra cosa que encontrarse con otro mito. Y no solamente de esto se trata. La noche de Tlatelolco recorre aun una cicatriz dolorosa, una hemorragia que no para de sangrar; la noche triste de Hernán Cortes despierta orgullo y recuerda raíces profundas de toda la violencia que se hizo, mucho tiempo después, revolución.

“Cargaron 200 kilos de marihuana a la Estación Catorce, y lo despacharon en tren rumbo al Distrito Federal. Marco tenía con él solo 20 kilos, en su bolsón de jeans desteñido, y otros veinte kilos de peyote en una mochila hecha con un viejo uniforme militar. Llegaría al D.F. donde lo esperaría su compinche que vivía desde hace veinte años en México. Supuestamente sería él que lo guiaría en esta su primera entrega al destino final. Luego se la debía arreglar solo. Mucha gente como él se la veía a diario con estos movimientos de pusher on the road, unas mulas que con un solo viaje ganarían cuanto un año de trabajo en Italia. Les fue bien durante algunos años, luego como casi siempre terminan también estas fabulas agridulces, lo agarraron y terminó pactando con la podrida policía local. El trato pacífico fue en futuro compartir el businnes que él había ido armando durante todos aquellos años.”

Victoriano Huerta es recordado por La cucaracha, la canción que intimaba ridiculizarlo. Gran bebedor de coñac y fumador de marihuana terminó sus días con un hígado devastado por la cirrosis, él fue el último dictador militar mexicano. Hay pasos de este monumental libro de Paco Ignacio Taibo II, Pancho Villa, que recorren esta y muchas historias más, las historias que no siendo una ciencia exacta habrá que dejarla a los soñadores, como sostuvo Patrick Rambaud, y mañana leeremos novelas sobre los narcotraficantes de hoy. Ninguna logrará acercarse a la “manzana de oro” que fue el Pedro Páramo, ninguna podrá desafiar la epopeya de La región más transparente. Hay un párrafo de Bajo el volcán que resume el animo mexicano, la fiesta, el horror, la tragedia, la borrachera y la muerte: “…Noche: y una vez más la lucha nocturna con la muerte, el dormitorio que se estremece con orquestas demoniacas, los arrebatos del sueño aprensivo, las voces fuera de la ventana, mi nombre que repiten con desdén imaginaria facciones que van llegando, espinetas de la oscuridad. Como si no hubiera bastantes ruidos reales en estas noches de color canoso. No como el desgarrador tumulto de las ciudades norteamericanas: el ruido de enormes gigantes agónicos que desvendad. Más bien el aullido de perros callejeros, los gallos que anuncian el alba toda la noche, el tamborileo, los gemidos que después se descubrirá blanco plumaje acurrucado en los cables telegráficos de los jardines traseros, o aves posadas en manzanos, la perenne tristeza, en vela siempre, del admirable México. Por mi parte me gusta abrigar la tristeza en la penumbra de antiguos monasterios, mi culpa en los claustros y bajo los tapices y en la misericordia de cantinas inimaginables, donde alfareros de rostro entristecido y pordioseros sin piernas beben al alba, cuya fría belleza de junquillo se vuelve a descubrir en la muerte”. La belleza está hecha de crueldad y a la tristeza no se le escapa una fulgida y efímera gota de esplendor.

“¡Es chilango, pero no conoce Tepito, le escuché decir a Vladimir mientras compartíamos un pozole que te cuento! Su esposa había viajado antes que él a Oaxaca y le recomendó dejarnos administrar el boliche durante las fiestas navideñas y el año nuevo. Fue un quilombo. Llegaron trasnochados europeos con hambre de resaca, turistas desubicados en búsqueda de aventuras exóticas y lunáticos criollos desafiando lo terruño. Muchos hubieran vendido hasta el alma al diablo a cambio de una historia que contar a su vuelta. Andrés, el chileno que vivía en París iba recordando el exilio de sus padres, se sometía a pruebas de olvido para no sufrir los recuerdos de aquellos años, tomaba mescalina y olvidaba; había un romano que vivía en Milán, extraña mutación, “Mamma Roma” abandonada a cambio del frio invierno y del frenesí, solo el hachís lo consolaba; Enzo era francés y se escapó de la desesperación y de la rutina, perdió sus padres cuando tenía apenas ocho años, vivía embriagándose de pena y de mezcal; una fauna en fuga, el motor de los años setenta, la desobediencia de los ochenta, que buscaba espacio en este México desesperado.”

El ombligo de la luna está hoy secuestrado por el narcotráfico y su historia cíclicamente retorna hacia un punto ya visto y ya vivido, pareciéndose siempre a un lugar de partida. Hace cien años atrás México estaba viviendo la violencia que está viviendo hoy: habrán cambiado los actores, el estado de ánimo, los métodos, pero la violencia es siempre la misma.

El ombligo es una cicatriz, la cicatriz más importante de nuestra biología, conserva el secreto del ligado más increíble, la vida. Ahí tal vez está escrito también el destino del hombre.

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