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Los primeros paisajes de mi memoria

Márcia Batista Ramos

Los girasoles de Rusia existieron en mi vida antes de que yo supiera dónde quedaba Rusia. Llegaron a través de una película que no vi; mis padres la vieron en 1970. Yo tenía seis años y no sabía leer. Los escuchaba. La película se llamaba Los girasoles de Rusia y bastó que ese título se repitiera entre ellos para que se instalara en mí como una imagen propia. No entendía la guerra, ni la historia, ni la ausencia que narraba. Pero el nombre quedó vibrando: Rusia, girasoles, pérdida.

Rusia no era un país: era una certeza. Un campo donde crecían los girasoles altos, silenciosos, obstinados en mirar siempre hacia el mismo punto del cielo. Nadie me explicó su historia, pero entendí que resistir era eso: permanecer de pie incluso cuando el sol se desplaza. Mientras mis padres hablaban, yo imaginaba un campo inmenso de flores resistentes al frío, esperando a alguien que no vuelve. Así supe que hay historias que no necesitamos ver para que nos habiten, y que algunas imágenes no nacen de los ojos, sino del oído y de la imaginación.

En los pueblos donde viví, los gitanos llegaban sin aviso: me desbordaban. No pedían permiso al paisaje, simplemente aparecían con sus carrozas, sus camionetas y las carpas enormes, armadas en círculos. Traían colores, ollas de cobre y una música que parecía saber más de la vida que nosotros. Rogaba a mi madre que me dejara partir con ellos. Quería habitar en sus carrozas, dormir en sus caravanas, aprender el mundo desde el movimiento. Quería pertenecer a su reino. Los miraba como quien reconoce un destino posible. Lloraba desconsoladamente cuando partían, como si se llevaran algo que me pertenecía.

Sabía que los gitanos no eran todos iguales, aunque entonces no supiera nombrar la diferencia. Había una tribu —la de las camionetas— que regresaba año tras año. Era la misma. Con el tiempo supe que mi padre se había hecho amigo del jefe, y que ese lazo hacía posible el reencuentro en ciudades distintas, como si nos siguiéramos sin proponérnoslo. Lloraba para ir a verlos; si no iba, no dormía ni comía. Mi padre me llevaba al final de la tarde, como quien calma una urgencia verdadera. Ellos me recibían sin preguntas, solo con grandes sonrisas, y yo sentía que ese mundo también me reconocía.

Otros llegaban desde el Paraguay, en carrozas decoradas con diseños florales. Traían otra música, otros gestos, una belleza distinta. Pasaban como pasan algunas revelaciones: intensas y breves. A esos no los volví a ver. No hubo repetición, ni amistad, ni bandejas de comida enviadas a casa. Solo el recuerdo, intacto y lejano.

Pero la tribu de las camionetas permaneció. Si no íbamos al cumpleaños del jefe, él mandaba a mi casa una bandeja con comida y tortas, como quien no deja caer un vínculo. Yo no sabía entonces que eso se llamaba pertenencia. Solo sabía que lloraba cuando partían y que algo en mí se iba con ellos. Ese deseo de fuga fue mi primer gesto íntimo de desobediencia al mundo que me estaba siendo asignado.

El vértigo llegó temprano. No como caída, sino como giro. Náusea. La rueda gigante no era un juego: era una amenaza circular. Subir significaba perder el dominio del horizonte. Desde entonces entendí que no toda altura es libertad y que hay miedos que se alojan en el cuerpo como una memoria prestada.

Mi padre hacía cometas para mí en tardes de domingo que parecían no terminar nunca. Me las entregaba sin instrucciones, como si soltar el hilo fuera algo que cada uno debe aprender solo. El cielo se volvía entonces un espacio íntimo, y yo comprendía —sin saberlo— que amar también consiste en dejar ir.

El verano tenía un mes fijo en la playa. No importaba el año ni la edad: el mar repetía su promesa. Sal, piel, viento. Todo se volvía esencial. El tiempo se detenía lo suficiente como para que yo creyera que la vida podía ser simple. En invierno, el piñón marcaba otra forma de estar juntos. Romperlo era un gesto mínimo, pero tenía algo de ceremonia. El frío nos obligaba a acercarnos, y ese acercamiento era una tregua.

Recuerdo una gabardina rosada con botones a rayas marrones y transparentes. También un abrigo de paño amarillo. No eran prendas: eran estados de ánimo. Vestirme era elegir cómo enfrentar el mundo cuando llovía o hacía frío. A veces suave, a veces luminosa, a veces dispuesta a desaparecer un poco.

Platero y yo llegó a mí a través de la voz de mi madre. Ella lo leía en español porque estudiaba el idioma cuando yo tenía seis años. No entendía todo, pero entendía lo suficiente: la cadencia, la ternura, la tristeza delicada. Antes de saber leer, ya sabía que las palabras podían cuidar.

Sobre el escritorio había un libro: “Escolhi a liberdade”. Yo no sabía leer; sin embargo, lo abría. Pasaba las páginas como quien toca una herida ajena. Las historias tristes que habitaban ese libro encontraban una manera de llegar a mí sin letras, sin permiso. Ahí aprendí que el dolor también se transmite, que la libertad no siempre es un lugar feliz y que algunas verdades se comprenden mucho antes de poder nombrarlas.

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