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Los espejos miran de frente y siempre reflejan el instante pasado

Márcia Batista Ramos

Días atrás, leyendo  en “Somos lo que hemos comido” del escritor Maurizio Bagatin la frase: “Galína vécia fa bon brodo (con la gallina vieja se prepara un buen caldo)”, despertó la remembranza de mi primera infancia en un pequeño pueblo de colonización italiana, en el interior de Rio Grande do Sul, en Brasil.  

Mi familia fue a vivir en Colorado por el trabajo de mi padre, yo aún no había cumplido tres años de edad cuando llegamos al pueblo tapizado por la tierra roja, que levantaba un polvo pegajoso colorado en las tardes de viento. Lugar hermoso, sin ninguna calle pavimentada, estaba sepultado en mi lejana niñez, donde del pórtico de la casa en donde vivíamos, yo podía ver la iglesia, el hospital, también podía adivinar la calle del banco y del club social…

En aquella época el pueblo era un municipio nuevo donde todos que vivíamos en la sede éramos vecinos: las monjas del colegio, los doctores Rómulo y Remo del hospital, Angelo Bozza del almacén.

En las colonias, alejadas del diminuto centro urbano, estaban los otros amigos como el viejo Brigidi que tenía un viñedo espectacular en formato de pérgola y cuando le visitábamos me decía que escoja el racimo de uva quería comer; entonces yo miraba hacia arriba y veía un cielo verde de donde colgaban racimos parejos, gigantes, maduros, de uva negra y me sentía mareada por el olor dulce… Ante mi indecisión, el hombre octogenario de barba blanca larga decía: “preferisci l’uva rosa?” (o prefieres uva rosada). Mi padre me alzaba, mientras conversaba con el viejo Brigidi y caminaban bajo el cielo de uvas negras, verdes (blancas) y por fin llegábamos al cielo rosado, mi padre me colocaba en el suelo y yo señalaba cualquier racimo, que siempre era dulce sabroso… Ahora me percato que mi preferencia por la uva rosada nació en los viñedos del viejo Brigidi…  

Fue en Colorado donde vi por primera vez un oso hormiguero, donde aprendí a montar a caballo y a apreciar la vida en la campiña y sus lides. Sin saber que, en un futuro que parecía lejano en aquel entonces, las lides del campo representarían, en mi vida, un refugio alejado de la peste que asola el planeta.

Recuerdo a perfección, que en el frontis del club y del banco, eran los únicos lugares del pueblo que había acera y era de madera, como en el viejo Oeste.

En los días de lluvia mi padre tenía que colocar cadenas en las llantas se su camioneta Rural Willys modelo 1957 y utilizar las galochas de goma por encima de los zapatos para caminar en el barro al cruzar la calle.

La casa donde vivíamos tenía un pequeño jardín repleto de hortensias y un patio trasero enorme, con un huerto donde cosechábamos verduras, legumbres y frutas de los diferentes árboles, también había un galpón donde mi padre criaba pollos que los preparaba al espiedo el “galeto” con mantequilla y salvia.

Del patio trasero, lo más interesante, era el portón que daba al patio de los vecinos con un caminito que iba directamente a la cocina de doña Diletta, la vecina, mamá de Antonio y de Alda, los primeros amiguitos de infancia. Con ellos aprendí a hablar el dialecto italiano de aquella región, de la mejor forma que existe para aprender un idioma: jugando; sin, siquiera darme cuenta que se trataba de otro idioma. Cuando nuestra empleada hacia las tareas domésticas con la radio local prendida, yo cantaba a voz en cuello: “sapore di mare, sapore di sale” o “Penso che un sogno così non ritorni mai più\Mi dipingevo le mani e la faccia di blu \Poi d’improvviso venivo dal vento rapito\E incominciavo a volare nel cielo infinito…” y tantas otras canciones, hoy, soterradas en la memoria.

Jugábamos como contratados, sin parar y cuando llegaba la hora de almorzar doña Diletta gritaba:

– “Alda, Antonio, venite a pranzo! Il cibo è in tavola!”  (¡Alda, Antonio, ven a almorzar! ¡La comida está en la mesa!)

Alda corría hacia su casa y Antonio al segundo llamado contestaba a gritos:

– “Non. Non voglio mangiare la polenta! Vado a mangiare a casa di Márcia.” (No. ¡No quiero comer polenta! ¡Voy a comer a casa de Márcia!)

En seguida, doña Diletta aparecía en la puerta de nuestra cocina y mi madre salía a pedirle permiso para que Antonio, almuerce en la casa solamente ese día. La señora accedía, al pedido de mi madre, pero, después, Antonio se quedaba castigado por muchos días y solamente Alda venía a jugar conmigo. En los días que Antonio estaba castigado, mientras jugábamos escuchábamos que lloraba a gritos: – “Ti prego mamma, torno quando mi chiami.” (Te ruego mamá, volveré cuando me llames).

Días después, retornaba y se repetía la escena. En una ocasión, mi hermano mayor preguntó a mi madre porque ella intervenía y hacía con que Antonio almuerce en la casa cuando su madre venía por él, la respuesta fue sencilla: – igual será castigado por contestón, pero que no coma polenta un día.

El municipio de Colorado tenía un río con el mismo nombre que demarcaba la división con el municipio vecino, no recuerdo el río, pero, recuerdo que un día avisté desde el pórtico una caravana de camionetas que llegaba por el camino a la altura del cementerio, llamé a mi padre y él miró la caravana a lo lejos y dijo: – Deben ser gitanos.

Después de unos días, mi madre me arreglaba con un vestido de fiesta y me recomendaba que me porte bien, porque iríamos al matrimonio de la hija del jefe de los gitanos.

Cuando llegamos al campamento gitano, todo me causó fascinación: las mujeres en sus galas festivas, igualmente los hombres y niños, las carpas conectadas por banderines de colores, una carpa central, donde había una mesa inmensa con una torta gigante decorada de blanco y rosa y centenares de manjares dulces. A un lado del campamento asaban decenas de cerdos a la brasa… La música y la alegría me transportaban a historias de los libros infantiles.

Antes de la ceremonia, una gitana ya mayor, con pelo blanco condujo a mi madre y a mí a una carpa forrada de alfombras donde estaba la novia con un vestido tipo español blanco con estampa de bolas verdes, del color de sus ojos que contrastaban con su tez morena y los cabellos recogidos en una trenza negra que le colgaba del hombro.

Todo me causaba muy buena impresión, la novia me tomó en sus brazos, después me colocó sobre un apilado de edredones, que estaban doblados y me preguntó qué cosa quería, la respuesta fue inmediata: -dulces. Y la novia desapareció y regresó con una bandeja que traía manjares coloridos de toda suerte, que obviamente, después, me acompañaron de regreso a casa y mis dos hermanos, Alda, Antonio y la empleada también disfrutaron de los manjares.

La vida en Colorado transcurría en otro tiempo, ya que el lugar, para mí, estaba en otro espacio. En un espacio donde yo no decía tomate decía pomodoro; no decía jugar y sí giocare; mangiare por comer y freddo por frío; cuore, per te, per me…  y tantas cosas que de apoco se fueron soterrando en la memoria y alguna vez saltan en alguna canción.

Entre las peculiaridades del mundo que se abría ante mis ojos de niña, en aquél rincón tan grande y bonito, cuanto despoblado, estaba el gusto por comer polenta, grostoli, y otras delicias que me acompañarían de por vida.

Recuerdo que doña Diletta, descubrió que me gustaban las sopas y que en mi casa no se cocinaba sopa, entonces, siempre que mataba una gallina aparecía con una olla en la puerta de la cocina de mi casa con una sonrisa y decía:

– Oggi porto la zuppa che piace a Márcia, è brodo di pollo con cappelletti.  (-Hoy les traigo la sopa para Márcia, es un caldo de pollo con cappelletti).

Por eso, la narrativa de Maurizio Bagatin, me trajo gratos recuerdos… La vida está llena de espejos que miran de frente y siempre reflejan el instante pasado.

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