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Los efectos de la guerra en Irán

Carlos Decker-Molina

Cuando se habla de una eventual guerra contra Irán, la mayoría de los analistas se concentra en los aspectos militares o diplomáticos. Sin embargo, los efectos más profundos de un conflicto de esta naturaleza serían económicos, culturales y psicológicos.

El impacto económico sería inmediato. Irán ocupa una posición estratégica en el sistema energético mundial. Junto con Omán controla el estrecho de Ormuz, una angosta franja marítima por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercia en el planeta. Cualquier interrupción —aunque sea temporal— tendría consecuencias inmediatas en los mercados internacionales.

La historia lo demuestra. Las crisis petroleras de 1973 y 1979 provocaron recesión, inflación y crisis fiscales en gran parte del mundo occidental. Una guerra en Irán podría producir un shock similar o incluso mayor, porque la economía global actual es mucho más interdependiente.

El aumento del precio del petróleo desencadenaría una reacción en cadena, encarecimiento del transporte, de los fertilizantes, de los alimentos y de la producción industrial. Los países importadores de energía sufrirían presiones inflacionarias difíciles de controlar. Europa, todavía marcada por las consecuencias energéticas de la guerra en Ucrania, volvería a enfrentarse a una crisis energética. En muchos países en desarrollo el resultado podría ser devastador, inflación, protestas sociales e inestabilidad política. En Europa la probabilidad de apurar el cambio a energías renovables será casi una necesidad.

Los mercados financieros tampoco quedarían al margen. En situaciones de guerra los capitales tienden a refugiarse en activos considerados seguros, mientras que las bolsas reaccionan con volatilidad y nerviosismo. El comercio internacional se contrae, las rutas marítimas se encarecen y las cadenas de suministro se alteran.

Sin embargo, el efecto más peligroso de una guerra contra Irán no sería económico, sino simbólico, es decir, la venganza.

Las guerras modernas pueden destruir ejércitos, pero rara vez logran destruir ideas. Y el sistema político iraní no es solamente un régimen estatal, es también una ideología religiosa y una narrativa histórica de resistencia.

El chiismo político que emergió tras la revolución de 1979 se nutre de una memoria histórica profundamente arraigada. El episodio central es la muerte del imán Huséin en la batalla de Karbala en el año 680. Para millones de chiitas ese acontecimiento no es solo historia, sino un símbolo eterno de sacrificio frente a la injusticia. Cada año, durante la conmemoración de Ashura, esa memoria colectiva se reactiva y se convierte en un elemento central de identidad religiosa.

En ese contexto, la derrota puede transformarse en martirio, y el martirio en combustible político.

La idea de la retribución o de la justicia vengadora tampoco es ajena a otras tradiciones religiosas. En el Antiguo Testamento aparece la famosa fórmula de justicia que se repite sin tener memoria histórica: “ojo por ojo, diente por diente” (Éxodo 21:24). En el Corán encontramos un principio similar: “vida por vida, ojo por ojo” (Corán 5:45), aunque también se destaca el valor del perdón. Incluso la Biblia contiene otra expresión contundente: “Mía es la venganza, dice el Señor” (Deuteronomio 32:35).

Estos principios, que en su origen buscaban limitar la violencia y establecer una forma de justicia proporcional, pueden transformarse —cuando son reinterpretados por movimientos radicales— en una justificación moral de la revancha.

Si el régimen iraní fuera derrotado militarmente, la ideología que lo sustenta no desaparecería necesariamente. Podría fragmentarse, dispersarse y adoptar formas clandestinas. La historia reciente demuestra que las derrotas militares pueden dar origen a nuevas formas de violencia política.

El ejemplo más conocido es la fatua emitida en 1989 por el ayatolá Ruhollah Jomeini contra el escritor Salman Rushdie. Aquella sentencia religiosa parecía, con el paso del tiempo, una reliquia del pasado. Sin embargo, décadas después, Rushdie fue atacado brutalmente en Estados Unidos y perdió un ojo. La condena religiosa sobrevivió al paso de los años y encontró a un ejecutor dispuesto a cumplirla.

Para quienes actúan guiados por convicciones absolutas, el tiempo tiene otra dimensión.

Algo similar ocurrió en Afganistán. Durante la guerra contra la Unión Soviética y más tarde frente a Estados Unidos, los talibanes repetían una frase que sintetiza su visión del conflicto:
“Ustedes tienen el reloj, nosotros tenemos el tiempo.”

Esa frase revela una lógica estratégica distinta a la occidental. Las democracias suelen medir las guerras en ciclos electorales o en resultados inmediatos. Los movimientos ideológicos o religiosos radicalizados, en cambio, pueden medir la lucha en décadas o generaciones.

Por eso el verdadero peligro de una guerra contra Irán no reside únicamente en los combates ni en el impacto económico inmediato. El riesgo mayor es que una derrota militar sea interpretada como una humillación histórica o religiosa.

Cuando las guerras se convierten en humillaciones colectivas, la historia demuestra que las consecuencias pueden durar décadas.

Europa lo aprendió después de la Primera Guerra Mundial. El Tratado de Versalles humilló a Alemania y sembró las semillas del resentimiento que desembocaría en el nazismo. En Medio Oriente, una guerra contra Irán podría producir una dinámica similar, alimentando narrativas de venganza y resistencia.

En ese escenario, el terrorismo —que parecía haber retrocedido en los últimos años— podría volver a convertirse en un instrumento de revancha simbólica contra los dos ejecutores – EE. UU. e Israel – Es una etapa en la que retornará también el antisemitismo que ya tuvo expresiones reales a la hora de los múltiples bombardeos a la franja de Gaza.

Las guerras modernas pueden destruir infraestructuras, ejércitos y gobiernos.
Pero destruir una idea, además religiosa, es mucho más difícil.

Y cuando esa idea está sostenida por religión, memoria histórica y sentimiento de humillación, puede sobrevivir durante generaciones.

Y … algo más. Las guerras producen migraciones. ¿Quién recibirá a millones de iraníes huyendo de la guerra? Muchos de ellos están ya en la frontera con Turquía.

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