Blog Post

News > Etcétera > Los días sin Amanda

Los días sin Amanda

Andrés Canedo / Bolivia

Era adulto mayor, culto, razonable, había leído mucho y, sin embargo, se dio cuenta de que, absurdamente, se estaba enamorando de ella. Ella era rubia, bella, joven, desesperadamente sexi; era una actriz universalmente conocida, pero, sobre todo, era enormemente lejana. Otro país, otro continente, posiblemente otro mundo. Era, casi, como si fuera irreal. Reflexionó que ese enamoramiento era una enorme estupidez. Tal vez se tratara de una especie de enfermedad de la melancolía. En la juventud, se había sentido poderoso, capaz de conseguir casi cualquier mujer, y lo había logrado. Pero era pobre, en un país lejano, con certeza, no tendría el dinero para emprender el largo viaje, en busca de esa otra mujer de sueño, como las del cine. Tal vez su vigor lo llevaría a cruzar el continente y llegar a esas tierras ignotas, donde debería atravesar otras barreras enormes. Pero eso era un ayer que no se produjo. La mujer que miraba era el hoy. Fotos y películas le iban mostrando sus labios de luz, sus pechos como frutas colgantes del árbol de su cuerpo, sus piernas maravillas de sol y de formas, que en su mente podía acomodar y dar vida formando la morfología del amor, del amor para él. Intentó abandonar esos delirios que no podrían más que causarle mal, no obstante, una tarde, se descubrió, con vergüenza, buscando datos y noticias sobre la actriz. También advirtió, que la misma, formaba fragmentos vanamente eróticos de sus escasos sueños. No sólo eso, igualmente se dio cuenta, de que había creado un nombre para ella, diferente del que en realidad le pertenecía, y que, al llamarla Amanda, de alguna manera la ubicaba en una especie de ficción, que, por un lado, ese era un nombre que denotaba amor, y que, posiblemente, el nombre ficticio, la apartaba de la realidad.

Pero, la realidad simplemente es, es así y no de otra manera. Y en su realidad actual estaba Amanda. De modo que Amanda, de la que había visto docenas de fotografías, venía a su pensamiento aunque procurara evitarla, hacerla desaparecer. Conocía, mirando sus películas, su rostro bello, de ojos grandes y levemente azules, sentía sus labios, cuya geometría parecía hecha para el beso, y se imaginaba besándola. Conocía sus dientes, perlas del cofre de los dioses, y su saliva, embriagante y adictiva, que podía tragar como si se tratara de un elíxir. Conocía sus pechos medianos, que se clavaban en el suyo y le enseñaban la tersura y el rumbo de las caricias. Conocía sus piernas y muslos perfectos, que flexionados aprisionaban el tórax y las caderas de él, cuando apoyando una mano en el pie de ella, la poseía con ritmo incesante y frenético, mientras hacían el amor, imaginariamente claro, ambos sentados frente a frente, que se le ocurría la posición más posesiva para amar. Abrazados, cara a cara, pecho a pecho, pelvis a pelvis.

Y la amaba, avergonzado, en imaginaciones feroces y breves. Quería salir de eso que le atrapaba, sin embargo, él que todo lo imaginaba, no conocía, no había logrado hacerlo, el sabor, la calidez ni la estrechez de su surco por donde penetra la vida. No podía imaginarlos. Esa parte le era imposible de traer a su mente. Ese era un territorio ignorado y por lo tanto no perceptible, y el no sentirlos, no vivirlos, lo arrojaba del hechizo, aunque manchado ya de ignominia. La amaba hasta donde le era posible, pero la insensibilidad de piedra de su vagina, aquello que las pericias de su mente no habían podido resolver, hacían que dolorosamente derrotado se escapara del sueño. . “Por qué Amanda, no te pude imaginar completa, sintiendo que aprehendías mi cuerpo en la cálida profundidad de tu caverna mágica”.

Al cabo de algunos días, gracias a esos escapes, logró liberarse de la imagen viva y candente de Amanda e imaginarla muerta. Logró matarla, sí, con dolor y vehemencia. Así, se rescató a sí mismo y fue rehaciendo su dignidad. A pesar de todo, cuando supuestamente se hubo liberado, percibió que un sentimiento de duelo y a la vez de homicidio, se fue apoderando de él, haciéndolo culpable de un crimen de amor, y le robó toda posibilidad de alegría. Era un canalla homicida y eso tendría que pagarlo. De ese modo empezó a vivir la tristeza y la soledad. Así, triste y acongojado, se fue internando en el reino de su propia muerte. La melancolía lo fue derrotando hasta que un día se apagó del todo, pronunciando como último acto, el nombre de Amanda en sus labios que se detuvieron para siempre.

error

Te gusta lo que ves?, suscribete a nuestras redes para mantenerte siempre informado

YouTube
Instagram
WhatsApp
Verificado por MonsterInsights