Las ruinas de la izquierda

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Transito Ucrania ahora, y he visto los remanentes del oscurantismo soviético; perviven, no están muertos; han marcado una centuria, varias generaciones. Escribo en este momento en uno de esos edificios. Desde la puerta de entrada todo está caído, roto. La escalera apesta a humedad, semeja una cárcel. Las paredes, los pisos, puertas, chapas, el universo destartalo, la mentira de entregar miseria, por un lado, y también cierta verdad en que esta miseria mejoró vida y destino de muchos. La idea puede valer; el desarrollo fue un desastre.

Hablemos de La Habana. Entonces se decía que la culpa era gringa, y gringa culpa abunda, no hay que mentir: está en la mara que Trump detesta, los salvatruchos que desprecia y que son creación en buena parte de la paranoia norteamericana en El Salvador, en los huérfanos que ella dejó. Lo viví, trabajé un par de años con ese grupo desesperado que llegaba desde ambos bandos a los Estados Unidos, torturados y torturadores buscando lo mismo: paz, y quizá bienestar. Cargaban machetes cortos, fumaban marihuana, sus hijos estaban entre dos culturas. De allí salió la mara, de los descastados y los huérfanos.

Volvamos a Cuba, a las ciudades decaídas, a la regresión, a la peor de las discriminaciones que es condenar a algunos a la pobreza eterna. Y eso sucede en Cuba, donde se ha privado al ciudadano común de los beneficios que tienen los turistas, donde se ha condenado a sus mujeres a un no buscado puterío. Otra vez, lo he visto, y no es gracioso.

La Habana está en ruinas, como lo está Odessa en el Mar Negro, como están las barriadas de edificios calcados de Jarkov donde desde afuera se puede apreciar la miseria. ¿A quién acusar? ¿A Gorbachov, a Yeltsin? Las élites se enroscan en sí mismas, vengan de la aristocracia, de la clase obrera, campesina, comerciante o el lumpen. Cuando estas bandas de gregarios alcanzan poder se envuelven como pangolines y tiran las púas hacia los otros. Nadie nos toca, parecen decir; y alrededor crean insectos que los imitan y reproducen.

Esta ruina viene de la izquierda, de la soberbia de creerse dios, de la falsa empatía y de la más falsa solidaridad. Por lo general sobreviven los vampiros que se alimentan de sus muertos, los Ortegas, los Chávez, los Lulas. Los buenos han sido asesinados, martirizados, y decimos así sin tener la seguridad de que no hubieran hecho lo mismo de seguir vivos. Hablamos, no olvidemos, del peor animal que camina la tierra: nosotros; del más cruel porque es el más astuto.

Entonces llegan los Bolsonaros, los de siempre, y chillamos. Bolsonaro vive en Evo Morales, él, por citar alguno, es la puta que lo parió. Y nada va a cambiar, los pañales se ensucian y se tiran y nadie les mira la marca. Estos, Bolsonaro y Morales, son la misma mierda y apestan igual. Y Cocaricos y Dilmas y Piñeras y la recua innombrable que deseen aumentar, incluidos Patzis y las marionetas a las que se les cayó aparentemente la cuerda que los hacía danzar al ritmo de los dueños.

Esta derecha recalcitrante que aparece, reaparece en el mundo, es, en la América Latina, la reacción al peor grupo de rateros jamás formado, uno que ha enseñado a la derecha males que incluso ellos, malignos, no sabían posibles.

La política está en ruinas; los países también; hay ciudades que se caen: Bolivia pareciera incólume ante eso y es porque Bolivia no existe, no produce nada, es solo un gigantesco mercado de contrabando, de dinero mal habido que no deja rédito al estado, quien, a su vez, es asaltado de forma demencial por una banda de embaucadores y violadores que afirman que la bandera de la revolución ya no es roja sino azul.