Las dos Bolivias

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Escucho la entrevista al músico boliviano Marcos Tabera en el programa “Camilo”, de la CNN en español. Eso le abre a Marcos, artista de sacrificio y talento incomparables, una ventana multitudinaria, que es lo que falta, y siempre faltó, en un país en todo mediterráneo, no solo en su ausencia de mar.

Marcos peleó la gran urbe, la capital del mundo: Nueva York. Pero no olvidó el charango ni la guitarra, y sus manos entumecidas de frío y trabajo bruto, siguieron creando. Su música se amplió en aquel rico universo, y sus raíces se afianzaron. La nuestra es tierra gredosa que al mojarse se hace dura y construye un cascarón duro como concreto donde nos preservamos. Es nuestra herencia, a mucha honra, india, la de los esclavizados, de las mujeres violadas. Y España también.

Definir la música de este hombre necesita la pluma de un Pablo Mendieta Paz, alguien que sepa de lo que habla. Dejo a los maestros la tarea. Solo puedo hablar del placer que me da escucharla, de encontrar subyacentes, superpuestas, las experiencias de varios pero sobre todo de dos mundos que conocemos ambos tan bien. El trasfondo no cambia, permanece la sólida aunque controvertida luz y sombra del territorio, que es en nómina la república de Bolivia y en esencia lo ancestral, la sangre y el agua, la sal de la tierra.

Así como Marcos, hay una pléyade de compatriotas que aumenta las nóminas de empleados de servicio en muchos países, gente que deja lo mejor de sí, su fuerza, creatividad, empeño en levantar los muros extraños, todo porque no pueden hacerlo en casa, en el país vilipendiado, estuprado por milicos y políticos, y que se deshace de aquellos que lo harían crecer, porque el que no se queda, el que se va, busca, intenta mejorar, es justo el que podría poner tal énfasis en fundar alrededor, cerca, en su casa, con sus hijos.

Bolivia exporta esa valentía de no temerle al destino incierto. Los deja ir; es más, los aprovecha, cuando especula y lucra con el dinero que producen afuera.

Hablando de los trabajadores. Hay otros, como Marcos, que han estado en péndulo entre esas dos distancias y han terminado afirmándose en el lado creativo. Como este músico nuyorquino andino hay escritores, actrices, bailantes, cantantes, cientistas, científicos, profesionales, cuyo aporte beneficia a las naciones que los acogieron, soportaron, contrataron, adoptaron, como sea y quieran verlo.

Está Guillermo Ruiz Plaza, flamante Premio Nacional de Novela en Francia. Y tantos otros. Ibelisse Guardia Ferragutti ha hecho una notable carrera artística en Holanda, desconocida en el medio. Eso es lo peor, que la “patria” no solo los echa afuera, luego los olvida. La pérdida es de esa madre desnaturalizada, porque sus hijos se levantan solos, y aunque retornen han dejado lo mejor de sí allá. Pienso en mis novelas, yendo a lo personal. Casi el cien por ciento de mi obra novelística ha sido escrita afuera, privada ella de la lujuria del entorno. Que hubiera preferido escribirla contemplando los eucaliptos de Arani, seguro. Pero tuvieron que redactarse en sangre, en cajas pesadas sobre la espalda del estibador que escribe pero que piensa más en su dolor físico que en las posibilidades de la prosa.

Dos Bolivias. Una, la de los gobernantes, ladrona y vanidosa, y otra la de los emigrados que lo único que hacen es trabajar, producir, y que a pesar del desdén materno alimentan el vientre original, lo ayudan, mantienen, soportan.

He dejado de lado a los connacionales adentro que también se sacrifican, que por equis razones no han salido y que forman parte de esa, otra vez, “patria”, trabajadora. Están unos y están otros. Lo que hace falta es deshacerse cuanto antes de los ladrones, poner a los generales a fabricar ladrillos y a Linera y Evito cargarles una perpetua de trabajos forzados para que sepan el sabor del sacrificio.