La Virgen también usa calzones

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Que no son Victoria Secret, porque en la Nazareth de entonces con suerte se conseguía bayeta, o que en la penumbra, o sombra definitiva, del socavón no se ven las prendas sino se sienten, cualquiera de esas opciones, u otras más, no hacen más que ensalzar el trabajo de la pintora Rilda Paco que puso a María Virgen monos calzones rojos (el color más sexy), sin tocar los extremos de sus colegas del pasado, llámense Mabuse o el ignoto de La Virgen de la Leche, que mostraban algo más que trozos de tela, iban hasta precisos pezones jugosos sin que se les achacara nada.

El ambiente del cuadro en cuestión, mostrado arriba, en el festivo ambiente de carnaval, incluso creo que carga cierto sentido moralista, de crítica al abuso de la imagen religiosa, patrona del lugar y el momento, para ensalzar las dotes de Baco, la vida buena, el sexo y el pisto (la bebida). Que la dama madre de profeta presida la explosión del vicio podría no coincidir con la idea que se tiene de ella. Pero, y muy antiguo por cierto, el origen de todo está en el placer, en el lugar en que las piernas femeninas hacen triángulo con el resto del cuerpo. No otra cosa es morder la manzana, muy parecida a las nalgas de Eva; o si fue membrillo, también, a un trasero algo mayor y un poquito ajado (sentarse en piso de tierra y a la intemperie, pues, no es la mejor crema); si fue higo la fruta perdida, se reflejaba en las caderas de la madre colectiva. Si los senos muestran nutrición, las caderas refugio. En la parte baja de la mujer abreva la vida y eso jamás dejará de atraer.

La sociedad, orureña hoy, se echa encima de Rilda Paco. En términos de fama, nada produce más que una caravana de tontos aullando en contra. Pero, estamos en Bolivia, la tierra del no estés seguro de nada, y puede -suele- ocurrir lo ilógico. Quemarán cuadro y bruja al mismo tiempo. Volviendo a las especificidades nacionales, esas una o dos fogatas despertarán el espíritu de fiesta, aparecerán botellas, vendrá baile, y en el canchón de al lado se bajarán calzones. A qué jugar, entonces, a maestros parrilleros de la puta inquisición, que al menor descuido atronarán el cielo con tambores y olvidarán incluso el motivo por qué comenzó la jarana. De herejía y castigo de herejía se viajará en instantes a herejía y vicio, festejados y satisfechos.

Vayamos a lo estético; hablemos de arte y no de moral. Yo, siendo hombre, considero que el cuerpo masculino es por poco decirlo, feo. Los maestros del Renacimiento sin embargo produjeron retratos de cuerpos de hombres que son hermosos. Si se fijan, verán que mientras el sexo sea menor, minúsculo, breve, pequeño, corto, resalta más la figura completa. No se centra en el detalle genital, por bien trabajado que esté en piedra o en óleo.Se presenta, entonces, al amo, tal como es y con su parte de pecado expuesta sin ser grandilocuente. Es claro el mensaje de enseñar el sexo del macho como válido mientras que no se mostraba la vagina de la mujer. En el arte clásico, y en el cuadro de Paco, la mujer tiene superficies lisas, sin pliegues que detallen la vulva. La antigua Madre, la Venus de Willendorf, sí la mostraba. Después se esfumó. Se escondió el magnífico cuadro de Courbet, el de la vulva peluda, porque era “pecaminoso”. De pronto es aceptable que los querubines volantes tengan testículos ateridos de frío pero igualmente colgando. Lo feo, el macho, el masculino, manda, propone y expone. Lo hermoso se oculta, guarda la mácula de la tradición religiosa con tremenda carga de culpa. Pero sobre todo se hace privado, se le prohíbe su espíritu colectivo. Solo se muestra al dueño; se guarda para él.

Lo de Rilda Paco pesa como pecado venial. No puedo hablar de intenciones suyas que desconozco. Y ya ni elucubrar sobre las posibilidades se puede cuando la jauría está suelta. Mientras en el gobierno se da abierta cabida a Sodoma y Gomorra, la sociedad timorata y mercader se ceba en el arte de una persona singular y con derecho. Ni rostro tiene la Virgen, ni decir que muerde la lengua de costado para expresar deseo, ni que frota los objetos que lleva en manos contra su cuerpo. Hablamos de un simple calzón, unas piernas juntas sin resquicio, largas medias que podrían ser sensuales y que casi son sobrias, y nada más. Ni rastro de la malicia con que nos llega la vida, la alegría plagada de gusto, el sudor de cuerpos que se abrazan y besan como cópula de serpientes, las lenguas, los penes, los labios jugosos y multicolores del sexo, el agua, la humedad, el caparazón de la tortuga, las voces del roce. ¿Por qué castigar a María mujer, que dejó el virgo pariendo, y convertirla en viuda triste, melancólica, gris, sin calzón ni placer, sin ropa que halague su cuerpo sino otra que lo mortifica? Si el Cristo pudiera bajarse de la cruz, quitar el látigo al romano, perseguiría a estos orureños con azotes, gritándoles furioso (furia hay en el hijo del Dios, y rebelión) que dejen a su madre en paz, que no la jodan, que le permitan llevar calzones rojos y sostenes verdes (hacen juego con su blanca piel) y retornen a sus escondidas prácticas onanistas, ambidextras, y desaparezcan.