En cuerpo y alma, el amor cruel

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No recuerdo con precisión quien – un escritor, un filósofo, un crítico o simplemente un amigo – y cuándo dijo que la literatura – entiéndase también cine y series de televisión – solo puede “sostenerse”, y lo ha hecho desde siempre, en dos tópicos: el amor y la muerte.

Los entendidos y amantes de las ficciones conocen los cientos de libros y películas que versan sobre alguno de estos temas, en muchas ocasiones enlazados entre sí (una de los casos más famosos es pues el clasiquísimo Romeo y Julieta). En fin, hay y habrá muchísimas historias al respecto.

Y, por supuesto, aquello no se modifica en los Oscar y otras premiaciones cinematográficas. Tenemos a La forma del agua, Tres anuncios para un crimen, Call me be your name, tres de los nueve largometrajes nominados a mejor película. Las menciono porque son las que más se aproximan a lo que expliqué con anterioridad: dos románticas y un “western” (que tiene algunas escenas románticas también).

Pero no quiero, en esta ocasión, detenerme a hablar de ellas. Sino de otra, una muy extraña, a ratos perturbadora y a ratos conmovedora. Incluso atroz en minutos, y en otros encantadora.

En cuerpo y alma (Testkról és lélekól, nombre original) es esa peli. Y no, no está nominada a mejor cinta en los Oscar, sino en los cinco a mejor film extranjero. Es una producción húngara.

La directora es Ildikó Enyedí (Hungría, 1955), y dirigió y escribió esta película que ganó el Oso de Oro del Festival de Berlín del año pasado, el premio máximo de aquel certamen europeo, el segundo o tercer – “pelea” la segunda plaza con el Festival de Venecia; el primero es Cannes – festival de cine más importante del mundo.

Una breve sinopsis: María (Alexandra Borbély) es una mujer que comienza a trabajar en un matadero de Budapest. Su labor: verificar la calidad de la carne que ahí se procesa. Pero no es una mujer “común”. No habla más de lo necesario. Y cuando lo hace no expresa emociones en el rostro ni en el resto de su cuerpo. Tiende a recordarlo todo, o casi todo. Cada detalle de su vida y de lo que la rodea. Allí, en ese contexto, conoce a Endre (Morcsányi Géza), el administrador del matadero. Un hombre mayor que ella (por lo menos diez años) que tiene un brazo lisiado y en desuso – le cuelga, literal, del cuerpo .-

¿Y dónde está el conflicto? ¿Qué hizo que esta historia gane un premio tan importante y sea nominada ahora para los Oscar? Pues que estos dos personajes tienen algo muy en común, algo que los une: por las noches, cuando duermen, a kilómetros de distancia, en camas diferentes, comparten el mismo sueño: el de dos ciervos, macho y hembra, que deambulan por un bosque nevado.

Y allí surge esa “búsqueda” del amor, en un lugar nada propicio para un nacimiento de este tipo (¡un matadero!). Dos personajes que hace un tiempo habían renunciado al amor – por motivos que se desconocen pero que se presienten – se ven ahora obligados a desentrañar el misterio que llevan sus sueños, y así, también, redescubrirse.

En una entrevista, Enyedí dijo que una de las intenciones de la película “es mostrar la tensión que hay entre fuera (cuerpo) y dentro (alma), más allá de la superficie en la que cotidianamente nos vemos”.

El amor distanciado de la utopía. Más o menos esa parece ser la premisa de la búsqueda de historias de las academias cinematográficas. En Call me be your name (Luca Guadagnino), Elio (Timothée Chalamet, nominado a mejor actor principal), un muchacho de 17 años se enamora de Oliver (Armie Hammer), un hombre mayor que él (¿5, 10 años?), un americano que llega al norte de Italia, a la casa de campo donde el chico habita con sus padres. Oliver vive con ellos por unas semanas – ayuda al padre, antropólogo, del muchacho en sus investigaciones – y allí, en esos días, nace el romance. Elio y Oliver. (Cualquier parecido con Moonlight (Barry Jenkins) o Secreto en la montaña (Ang Lee) es “pura coincidencia”).

En La forma del agua (Guillermo del Toro), Elisa (Sally Hawkins) una mujer muda que no pasa un día sin masturbarse en la bañera de su apartamento, que trabaja de empleada de limpieza de una entidad secreta del gobierno de los Estados Unidos, se enamora de un hombre – pez, un dios en el Amazonas, donde fue capturado. La historia ya es conocida por la mayoría de nosotros por la difusión que tuvotanto en dvds piratas como en salas de cine del país. Otro amor “raro”.

Pero quizá la película con la que más relación podría tener En cuerpo y alma sería la gran La langosta (Yorgos Lanthimos, Grecia), que ganó el Premio del Jurado en Cannes el 2015 y fue nominada a mejor guion en la edición de los Oscar en 2016. En aquel largometraje, un hombre adulto, recientemente divorciado de su esposa anterior, decide ir por su cuenta – antes que le obliguen las autoridades gubernamentales – a un centro especializado para “encontrar una nueva pareja”. Allí, en esa especie de hotel, debe “enamorarse” de alguna mujer y casarse en un lapso máximo de 45 días. Caso contario será convertido en el animal que él elija.

Debería escapar, ¿no? En aquel centro especializado hay muchos otros y otras en la misma situación. Muchos de ellos pasean por el campo transformados en cerdos, perros, loros o gatos. Lo malo es que afuera, alejados del recinto, en el inmenso bosque que los separa de la ciudad, un grupo de “rebeldes” se esconde y acoge a los/as que han podido fugarse, pero con la condición, una sola, de no enamorarse nunca, para nada. Si desobedeces te mueres. Te asesinan.

Así. Es como una competencia de quién hace la película de amor más extravagante, pero también brillante. La Langosta te induce a repensar en tu soledad o tu estado de pareja. Lo beneficioso y contraproducente de cada uno.

En cuerpo y alma también. Quizá llega a un poco más: te cuenta los dos lados del amor a través de simbolismos: el idílico, el del sueño, ese del cual no quisieras salir nunca (los ciervos en el bosque, la belleza que se contempla) y la otra, la de la “vida real”, la conflictiva, la de los problemas constantes, celos, monotonía, la demoledora (una vaca asesinada, en todos los planos, sangre, carne, mucha sangre, pero que una vez procesada será mi alimento, el tuyo, el de todos nosotros).

Enyedí, en otra entrevista,explicó que “lo mejor siempre es ver la vida en su complejidad, en su crueldad, en sus excepciones y no poner ningún obstáculo frente a los ojos del espectador”.

Quizá el amor sea eso. Distopía. Una total imperfección. Una búsqueda a través de la felicidad y del dolor, de las caricias y las heridas, de ese ser que mejore o complique nuestro mundo. Alguien con quien, a pesar de sus errores y los míos, compartir el cuerpo y el alma.


Por Rodrigo Villegas Rodríguez, hincha de Independiente y fan de Mo Yan. Tiene un gato.