La vida en tres planos

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Maximiliano Benitez / Inmediaciones

Esta foto la sacó mi hija con su cámara infantil, mientras esperábamos la comida en un local en la plaza de Jacinto Benavente. Me gustó tanto que, al llegar a casa, con el ordenador, cambié el color por el blanco y negro. El resultado es el de la imagen. A mí esta foto me gusta porque me sugiere varias cosas. Me sugiere la manera en que la vida transcurre en tres planos distintos férreamente unidos. Es imposible disociarlos sin que uno de estos planos de la vida cambie sensiblemente. También pienso en la actividad literaria, o al menos, la manera que yo abordo el proceso de escritura, cuando, al regresar del trabajo (el que me da de comer) de madrugada, me atrinchero en la esquina del salón, el más oscuro pero el más acogedor; y me aferro al escritorio, al ordenador y a mi libreta de apuntes, y trabajo, casi en penumbras para no despertar a mi familia que no tienen porqué entender que yo  sacrifique horas de sueño por la vigilia de una batalla perdida. 

Veo la foto una y otra vez, una y otra vez, y no dejo de pensar en mis noches consagradas a escribir casi hasta el agotamiento. No por obligación ni obstinación, sino por necesidad. Necesidad de la vital, se los aseguro (recordad a Kafka: «…Y no se cansan de tanto correr?». «Cómo van a cansarse los locos?»). Pues eso.

Decía que la foto me recordaba a la vida misma, que se desliza (siempre desde el velo de mi aguardentosa mirada) en tres planos distintos, consecutivos e inherentes. Ahí, en la penumbra (como todas las noches), aparezco yo, mirando hacia el exterior; por otra parte, estoy sentado a una mesa junto a la ventana, y no estoy solo: mi hija me acompaña, y unos turistas en la mesa contigua, y la camarera que va y viene, y el aroma de los platos que pasan a mi lado hacia las mesas más lejanas (como cuando escribo por las noches casi a oscuras, pero percibo al otro lado de la puerta del salón, el aroma a hogar, a gente durmiendo); y por último, la calle (que en estos días previos a las fiestas están abarrotadas de familias, grupos y curiosos que, por pura impostura, me hacen olvidar por un momento que pertenecen al género humano) que me recuerda a mi espeleólogo interno, ese que sale de alguna parte oscura de mi mente a la aventura todas las noches, como si fuera a encontrar respuestas…

(fotos de Jana Benítez)