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La traición del tiempo: Contigo en la distancia

 

 De: Rodrigo Villegas Rodríguez / Inmediaciones

El tiempo es nuestro primer traidor. Nos condena a abandonar el paraíso de la infancia para llegar a la inmensamente confusa adolescencia, abandonarla por las primeras desilusiones de la juventud para por fin encallar en la adultez, ese espacio desde el cual miramos lo transcurrido con nostalgia, con cierto abandono de la vida, con cierta pesadez inquieta por las circunstancias de seguir avanzando sin un norte fijo y contundente. En fin…

Hace ya casi dos meses que se realizó la Feria Internacional del Libro de La Paz. Tuve el privilegio de formar parte de la organización, un equipo maravilloso con el cual llevamos a cabo aquel evento de doce días intensos y bellos en los cuales nos vimos rodeados de libros, música, cine, etc. Vivimos en una cárcel literaria.

Hoy, a principios de octubre, se lleva a cabo la Feria del Libro de Cochabamba. Así saltamos en el tiempo y en el espacio. Así de rápido. El tiempo nos traiciona, nos engaña.

Y sí, la nostalgia aún queda. Retornar a aquellos días en la FIL sería un destello. Pero no sólo de Ferias vivirá el hombre…

En uno de esos días tuve el honor de formar parte de la charla: Contigo en la distancia, una mirada a la obra de Carla Guelfenbein. ¿Y por qué yo, joven memero y escritor de reseñas y una que otra ficción, estuve al lado de tan importante autora chilena (obtuvo el prestigioso Premio Alfaguara de Novela) y al de Camila Urioste (Premio Nacional de Novela)? Por una sencilla razón: por grupie. Por fan.

Antes de la llegada de la célebre autora, yo ya había leído gran parte de su obra. Fue como una aparición del destino, ese juego de máscaras eterno en el que Dios se regocija, del que Guelfenbein llegara para esta feria. Y pues mi jefa inmediata, una capísima escritora y literata que actualmente está en Francia, al enterarse de aquello, me dijo que le meta, que me iba a incluir en el Programa Cultural.

Yo chocho. Re.

Obvio iba a preparar algo para tan linda ocasión que se me presentaba. Pero como siempre el tiempo es un agorero, a veces un payaso y otras un sepulturero, me encontró en una etapa de renovación “espiritual”. Estaba con el corazón en etapa de recomposición. Y escribí este texto que les regalo como parte de un proceso de sanación. Porque el amor es una espada del tiempo también, una de sus tantas armas, quizá la más filosa, pero también la que más te enseña.

En fin, aquel prólogo antecede al texto que está acá abajo, acerca de la obra de Guelfenbein. Puede ser anacrónico y todo pero, así como el amor, hay cosas que no cambian, que se transforman pero que te consolidad como un ser erróneo e imperfecto. Y te enorgulleces de ello. Quizá eso sea la madurez. Quizá.

En la FIL de Cocha imagino podrán encontrar algunas novelas de esta autora. Si puedan adquieran una. Y me cuentan sus impresiones si quieren.

 La sutil degradación de los recuerdos: Contigo en la distancia

 

El amor es un núcleo en constante ebullición, una partícula a punto de fragmentarse, un salto desde nuestra montaña hacia otra desconocida, casi indivisible, quizá un hoyo, un huracán, un cuerpo caído en la nieve. El amor es una esfera blanquecina desde la cual habitamos el mundo, el amor es una esfera oscura desde la cual sufrimos al mundo.

El primer libro que me atreví a subrayar, a anotar en los costados vacíos que cubren a los párrafos, a dejar una especie de registro sensorial a través de la lectura, fue la novela Contigo en la distancia de Carla Guelfenbein. Aquella obra obtuvo el prestigioso Premio Alfaguara de Novela 2015. Me interné en las páginas, en las palabras, en los diálogos y las emotividades de la novela como uno se entrega a lo carnal, a la virtud y a la sed.

Recuerdo que la compré acompañado. Leí la novela en un estado eufórico: por aquel entonces, hace ya tres años, estaba empezando a experimentar los desfases del corazón, a adquirir en los abrazos de una persona una habitación nueva, a albergar sus palabras como el contraste entre lo lúcido, lo terrenal y lo ambiguo. Estaba enamorado.

Guelfenbein traza el mundo a través de los pequeños detalles que dan nombre a este lugar que habitamos y conocemos como Mundo. Como Vida. Obtiene una fuerza inusitada a través de la concepción sutil de las imágenes, de las ideas y contextos que va narrando. En su novela Nadar Desnudas, Morgana y Sophie, dos de los personajes de la historia, conversan acerca de la obra de Caldas en la muestra de arte de la segunda. Morgana le dice a Sophie: “Caldas aspira a producir un arte con máxima presencia y a la vez máxima ausencia. Eso es lo que me producen tus jaulas. Es extraño, están llenas de materiales y texturas, pero a la vez destilan soledad”. Es también lo que producen las historias de Guelfnebein: un lazo delgado que va rodeando la conciencia a través de un viento leve, pero que una vez enlazada no hay fuerza que se le resista. Como el amor, quizá. Quizá.

Pero el amor es una brevedad, una constante pérdida del paraíso, de la torre en la que concebimos los ideales y sueños. “Tal vez es así como tenían que ser las cosas. Esa intensidad es exclusiva de los comienzos, y todos los comienzos están destinados, por su misma naturaleza, a quedar atrás”, se lee en Contigo en la distancia. Se lee, también, en el pasar de las horas, de los días y de las lágrimas.

Cito: “Necesitábamos crear un mundo que nos perteneciera”. Y con ella lo creamos. Uno de ficción. Uno rodeado de letras escritas, de postales en las piedras, en los árboles, en nuestros ojos. Cito: “Nuestro universo estaba hecho de palabras a destiempo. Carecía de presencia, también de futuro”.

Pero todo universo se desvanece a través de los minutos. Así como se intensifica en su estado de semilla, va perdiendo sus hojas cuando el árbol no ha sido protegido por la lluvia ni por las raíces.

En La mujer de mi vida, de Guelfenbein, Antonio le cuenta a Theo el transcurso de su derrota con Clara, la mujer con la que vivió muchos años y de la cual ambos se habían enamorada en su juventud. “Una noche desperté, miré hacia la ventana y me di cuenta que Clara me había abandonado. Era muy simple, sus flores empezaban a marchitarse. Aparte de ese detalle, nada había cambiado. ¿Pero sabes? Todo había cambiado. Te puede parecer ridículo pero era una certeza. Nunca había ocurrido antes que Clara olvidase las flores de la ventana. Incluso, a veces, me dice: “Anda, míralas”. Debió ser un proceso invisible, que se fue gestando con el tiempo. Supongo que los abandonos son así. Primero, deja de importarte lo que el otro piensa, sus discursos y argumentos te empiezan a sonar rancios; luego te desinteresas de lo que hace, de lo que siente, y sin darte cuenta, paf, partes. No importa que sigas ahí, compartiendo el café por la mañana. Ya has partido y lo que queda de ti es apenas una cáscara. Eso es lo que Clara me había dejado, una preciosa cáscara de ella misma”. 

 

 Como dijo un importante político boliviano, cantante y gran ser humano que murió por amor: ¿Alguna vez han amado?

El que sí, está consciente de la gravedad que implican las noches en vela, los días marchitados por el recuerdo de La persona – La en mayúscula – perdida en el espacio.

Hace unos meses pasé la peor semana de mi vida. No dormí por siete días. No comí. Sobreviví con agua. Y, obvio, con una sonrisa hacia mis amigos, familiares y conocidos. Escribía en las madrugadas y amanecí escuchando a Caifanes, Calamaro y Mon Laferte. Terrible. Todo aquello después de escuchar de su boca y de sus ojos la contundencia de sus decisiones.

Y me remito a una imagen de Nadar Desnudas: “Depende del café negro para no hundirse en la inconsciencia del sueño. La embarga una profunda languidez. No siente hambre ni frío. Por momentos tiene la impresión de que su biología se ha detenido”.

Por estas y otras citas que conforman la historia es que me convertí en un seguidor de la obra de esta gran autora chilena. Después de Contigo en la distancia – que no he podido releer porque Ella se quedó con mi libro; en cuanto terminé la lectura le comenté lo fascinado que estaba con ella y me pidió que se la prestara. Se convirtió, también, en uno de sus libros favoritos. Creo que por eso se lo quedó – busqué toda la obra de Guelfenbein. Conseguí, y leí con mucho entusiasmo, El revés del alma, La mujer de mi vida y Nadar desnudas. Es por eso, la verdad, que estoy sentado en esta mesa.

Cada una me ayudó a entender más de mis emociones, a sobrevivirlas, a, con el paso del tiempo, sentirme, incluso, orgulloso de ellas. De mis derrotas.

De utilizar a la palabra no leída para acercarme a aquel – que, como se conforma en el ciclo vital, con el transcurso de las horas – cuerpo perdido. Uno que mutará en otro rostro, en otra piel y en otra voz. Mientras tanto, esta es una llamada a la distancia. Una escritura sobre otra.

Cito: “Hay momentos así. Momentos que con el tiempo se transforman en fábulas compartidas. Los reconstituimos con el fin de acomodarlos a nuestra historia y transformarlos en algo que podamos atesorar”.

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