La soledad de Jeanine

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Olvidada por sus aliados y atacada sin piedad por sus enemigos, la expresidenta transitoria se ha convertido en el chivo expiatorio de discursos que pretenden darle sentido a los hechos de octubre y noviembre de 2019. Poco interesa adoptar el punto de vista de la oposición política que utiliza su caída como excusa para atacar al gobierno del MAS por actos que toleraron y practicaron mientras ocuparon el poder. La versión oficialista es igualmente intrascendente, pues pretende ocultar sus delitos para sustentar la hipótesis del golpe de Estado evadiendo su responsabilidad en la peor crisis de la democracia contemporánea en Bolivia. También sería prudente distanciarse de la desgracia personal de Jeanine Añez, del dolor de su familia, un viacrucis muy parecido al de cientos de víctimas de su corto gobierno. Es necesario interpretar su penosa situación como una lección política, iniciar un proceso de aprendizaje sobre ejercicio y praxis política ante los cambios de la correlación de fuerzas existentes en el campo político boliviano.

A pesar de haber sido senadora y tener experiencia como constituyente, Añez nunca entendió el sistema político boliviano, sus dinámicas, el comportamiento de sus principales actores ni su proyección histórica. Se rodeó de colaboradores inescrupulosos y palurdos, administró el Estado con un cuerpo burocrático reclutado por el MAS, demostró una notable incapacidad de gestión gubernamental y pretendió presentarse como una alternativa política seducida por colaboradores que explotaron su ignorancia. Asumió el gobierno ante un masismo en retirada, dividido entre acusaciones de traición y colaboracionismo, pero propició su reconciliación, facilitó que la maquinaria de sindicatos, organizaciones sociales afines al MAS la asedien y aíslen de cualquier ayuda posible. Capitalizó fugazmente el apoyo de sectores de la población que la contemplaron como una figura emergente en desmedro del dubitante Carlos Mesa o del propio Luís Fernando Camacho, pero perdió dicho apoyo tan rápidamente como lo obtuvo. Sus antiguos aliados la dejaron en orfandad cuando se dieron cuenta que no podían controlarla. Las distintas fuerzas opositoras al MAS comenzaron a atacarse, se debilitaron y deslegitimaron mutuamente como alternativas viables para conducir el país.  

Usar la violencia de manera irracional, agredir sistemáticamente a parte de la población, amenazarla y asesinarla como sucedió en Senkata y Sacaba impidió cualquier tipo de acercamiento por parte de su gobierno a amplios sectores populares, su insignificante base social se contrajo y se vio imposibilitada de crecer. Gobernar a través del brazo armado del Estado, con la policía y las fuerzas armadas en permanente movimiento, fue insostenible a mediano y largo plazo. No se puede gobernar sin intentar construir hegemonía, no se puede administrar eficientemente un país cuando el descontento social se incrementa. Añez no tuvo la capacidad de controlar a Arturo Murillo, principal promotor de la violencia en su gobierno, sino fue abiertamente manipulada por él. Intentó gobernar con un Órgano Legislativo controlado por el MAS, pero cuando se debilitó lo suficiente, Eva Copa y Sergio Choque no dudaron en bloquear todas sus iniciativas. El ala antievista del MAS le fue funcional mientras convino a sus propios intereses y la destruyó cuando entendió la magnitud de su debilidad.

La crisis del COVID-19 demostró dramáticamente su ineficiencia para administrar el Estado. Una pésima gestión combinada con actos de corrupción y medidas improvisadas convencieron a la mayoría de la población de que, a pesar su autoritarismo, el MAS era preferible al gobierno transitorio. Fue una de las claves de la victoria electoral del oficialismo en octubre de 2020.     

Uno de sus mayores errores fue pensar que el MAS respetaría la constitución política del Estado y el ordenamiento jurídico vigente, que le iba “conceder” un juicio de responsabilidades a pesar de carecer de los 2/3 de votos necesarios en la Asamblea Legislativa Plurinacional para activar dicho procedimiento. No calculó la imperiosa necesidad del masismo de descargar todas sus frustraciones y temores ante un nuevo “golpe de Estado”, su urgencia para “escarmentar” a todos los “golpistas” que osarán cuestionar sus planes hegemónicos. Esperó ingenuamente que el pueblo beniano la elija gobernadora, después de haber defenestrado su imagen de primera presidenta beniana de la historia y ante ese fracaso solamente atinó a ocultarse hasta que Eduardo del Castillo llegó a aprenderla.

Ahora, mientras el CONADE inicia movilizaciones aisladas en su apoyo y desde Ginebra Diego García-Sayán, relator especial de la Organización de Naciones Unidas, denuncia la vulneración de sus derechos fundamentales y la parcialización de la justicia boliviana, en la soledad de su celda, extraviada en un maremágnum de temores y procedimientos burocráticos para apelar la sentencia que la condena a 10 años de prisión, ¿finalmente podrá meditar sobre sus errores? Víctima de un sistema de justicia funcional al poder político del que en su momento se aprovechó, víctima de un juicio político armado a la medina y conveniencia de sus enemigos, en los largos años de reclusión que todavía le aguardan ¿comprenderá las consecuencias de su ingenuidad?

Pero para quienes todavía se oponen al MAS, ¿la actual coyuntura no revela otra valiosa lección? Incapaz de procesar a otros líderes opositores, el oficialismo tuvo que recurrir a un juicio ordinario para apresar y condenar a la expresidenta, arrojar un hueso a sus huestes delirantes para representar una comedia procesal y llamarla “justicia”, usufructuar el dolor de las víctimas del gobierno transitorio, cuyo sufrimiento siempre instrumentalizó para sus propios fines. La soledad de Jeanine desnudó a un MAS atrapado en la imperiosa necesidad de mostrarse fuerte e implacable, mientras sus fisuras internas se hacen cada vez más profundas, ¿no es esa otra de las principales lecciones de este drama judicial?