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La ronda de los depravados: Epstein y sus élites

Franco Gamboa Rocabado

El Departamento de Justicia de los Estados Unidos publicó recientemente más de 3 millones de páginas de documentos, dos mil vídeos y 180.000 imágenes relacionadas con el caso Jeffrey Epstein, el pedófilo y financiero multimillonario que traficó con menores de edad y tejió, por años, una red de influencias que alcanzó a políticos, artistas, intelectuales, empresarios y círculos de alto prestigio internacional. Todos parecían ser parte de las élites que cultivaron “vicios de sexo desbocado”.

Estos documentos revelan la magnitud del entramado que rodeaba a este delincuente que apareció muerto, de un momento a otro, en 2019. En las listas de Epstein se observan desde invitados a fiestas, correos electrónicos con figuras públicas, pasando por registros de correspondencia social que sitúan a la “élite global” muy cerca de un hombre condenado por abuso de menores. Sin embargo, los “amigos” de Epstein nunca dijeron nada sobre lo que abiertamente se conocía como excesos en orgías privadas.

Lo expuesto en varios documentos, no es simplemente un caso de corrupción aislada, sino un patrón de relaciones que normaliza la impunidad y la degeneración de quienes se consideran “intocables”. Empresarios multimillonarios, políticos de alto rango y figuras famosas aparecen en contextos que oscilan entre invitaciones a eventos y listas de contactos para posibles encuentros sexuales. Aquí no hablamos de conspiraciones fantasiosas, sino de tupidas redes que, aunque no siempre implicaron un delito directo, revelan cómo los círculos de poder se interconectaban para cultivar su propio ocio, indiferentes al sufrimiento que sus prácticas ocultaban.

Los documentos contienen referencias a Donald Trump, Bill Clinton, Elon Musk, Noam Chomsky y Andrew Mountbatten-Windsor, aunque las menciones no siempre constituyen pruebas de su participación en delitos sexuales. Los problemas incluso llegan hasta América Latina, ya que en los documentos también hay personalidades mexicanas, aunque —muy importante— la aparición en estos archivos, tampoco implica culpabilidad, ni acusación judicial.

Entre los nombres que han sido reportados por los medios de comunicación, están el expresidente Carlos Salinas de Gortari, mencionado en correos como parte de un encuentro de élites. También figuran los expresidentes, Ernesto Zedillo y Felipe Calderón, que están referenciados en documentos de eventos internacionales. Los empresarios mexicanos como Ricardo Salinas Pliego y Carlos Slim, son nombrados en la “correspondencia social”.

Es importante subrayar que estar visualizado en un documento, no significa estar implicado en una red criminal. Muchos mensajes son incidentales y las autoridades han señalado que estas menciones, no constituyen pruebas de haber cometido un delito. De cualquier manera, más allá de México, existe un “fenómeno global”, pues los archivos muestran consecutivos intentos de Epstein por tejer relaciones con altos círculos políticos y empresariales en Europa y Estados Unidos, incluyendo intercambios que ponen en evidencia cómo operaban sus influencias transnacionales.

Los documentos también fueron objeto de críticas porque muchos nombres están parcialmente borrados o sin contexto claro, lo que deja un sabor a “impunidad persistente”. A pesar del enorme volumen, no se han presentado nuevos cargos contra figuras prominentes, mientras que muchas mujeres abusadas en las reuniones sexuales, siguen sin conseguir justicia. Las mujeres fueron reducidas a meros sujetos jóvenes dominadas por el poder, comparados con seres descarriados y, finalmente, quedaron desprestigiadas.

Esto no solo revela fallas institucionales, sino una verdad más profunda: las élites que concentran riqueza y prestigio, a menudo, se mueven en sociedades donde el poder funciona por encima de la ética y donde la capacidad de influir prevalece sobre la responsabilidad moral. Más allá de los nombres y sus conexiones, hay algo que golpea la conciencia pública: la búsqueda del placer sexual como fin vacuo y destructivo.

En las fiestas y contactos con menores —que son objetivamente repugnantes y criminales— emerge una pregunta: ¿qué motiva a una élite, en apariencia poderosa, si no es la búsqueda obsesiva del exceso, de una gratificación egoísta, de una banalidad que degrada todo? Únicamente orgasmos: un objetivo tan pasajero, absurdo y, en muchos casos, resaltan claramente como delitos. Se habla incluso de Bill Gates, que aparentemente contrajo una enfermedad y trató de ocultar el problema con su esposa, intercambiando mensajes de discreción con Epstein.

Este extremo recuerda lo que el sociólogo estadounidense, Charles Wright Mills, anticipó en su conocido ensayo La élite del poder. Los altos círculos tienden a ser “incompetentes”, cómodos con sus privilegios heredados, sin visión moral, ni compromiso con algo más allá de sus instintos y satisfacciones inmediatas.

No se trata de denunciar un escándalo más. Se trata de entender la lógica profunda de una élite que privilegia su propio placer sobre la dignidad y la justicia. Se trata de desmitificar el aura de grandeza que suelen proyectar las cúpulas del poder y reconocer que, cuando el dinero e influencia no se acompañan de ética y responsabilidad, el resultado no es grandeza sino vacío, hipocresía y desintegración social. Esto es algo que las nuevas generaciones elitistas no deben imitar, porque la cultura del privilegio sin escrúpulos, no explota únicamente a los más vulnerables, sino que desintegra las bases de cualquier sociedad que aspire a ser humanamente digna.

Siguiendo a Wright Mills, el problema de las élites no es solamente su incompetencia, sino algo peor: la “esterilidad” de su poder. Ocupan cargos, concentran recursos, heredan privilegios y controlan agendas globales, pero ya no producen bienes públicos relevantes, ni ideas transformadoras, ni ejemplos éticos. El poder se convierte en una rutina heredada, no en una responsabilidad creativa. Las oportunidades históricas —tecnológicas, sanitarias, educativas— se diluyen en una vida autocomplaciente, donde la élite administra su estatus sin aportar algo valioso a la sociedad. En lugar de liderazgo, hay inercia; en lugar de visión, hay reproducción del privilegio; en lugar de mérito, hay apellido, depravación y blindaje contra los delitos sexuales.

El caso de Bill Gates muestra más complicaciones. Este fue presentado durante años como una suerte de ingeniero moral del mundo, capaz de “anticipar” pandemias y orientar la salud global, pero su influencia terminó envuelta en contradicciones, fracasos y zonas oscuras que erosionaron esa imagen de élite trascendental. Más allá de las donaciones o discursos filantrópicos que Gates suele aparentar, lo que queda es la sensación de una élite que juega a ser dios, sin rendir cuentas, siendo incapaz de generar resultados claros para la humanidad. Peor aún, cuando en los archivos Epstein emergen mensajes que revelan una vida guiada por pulsiones banales (sexo infame) y ocultamientos personales. Mills tenía razón, ya que estas élites no solamente gobiernan mal, sino que ya no están a la altura, ni siquiera de sus propias promesas y su legado se reduce a una mezcla de poder sin ética, influencia sin responsabilidad y placer sin sentido. Cuando cometen delitos solo quieren escapar. Una cobardía más que vuelve más depravadas sus conductas.

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