Para cualquier vecino de la zona sur de La Paz —especialmente de Calacoto o Achumani—, la ciudad parece reducirse a sus avenidas principales. Sin embargo, existen arterias secundarias, mucho más amables que las troncales asfixiadas por el transporte público, que ofrecen un paisaje disipado: calzadas empedradas que sugieren una imagen más familiar y especies vegetales que, pese a las aceras estrechísimas, logran seducir el espíritu del citadino.
Pero el encanto es breve. A medida que uno asciende hacia el centro burocrático y comercial, el verde agoniza. El tamaño de los árboles se reduce, su frecuencia disminuye y, al llegar a la Plaza San Francisco, lo que sobrevive son apenas tallos raquíticos que sostienen, con esfuerzo heroico, una que otra hoja marchita.
No se crea que La Paz es la única que sufre los rigores del descuido urbano; hay capitales del primer mundo que operan por debajo de los rangos de salud ambiental. Sin embargo, es en esta «¡oh linda La Paz!» donde los conflictos sociales y la hostilidad del entorno hacen la vida insufrible. La decoloración grisácea de la ciudad es el síntoma de una patología mayor: cemento, polvo y ladrillo visto son la tríada de la desnaturalización urbana en la que nuestra sede de gobierno se hunde.
Aquí es donde entra la Regla 3-30-300. Este principio establece que toda persona debería poder ver al menos tres árboles desde su ventana, gozar de un 30% de cobertura vegetal en su barrio y vivir a menos de 300 metros de un bosque urbano. Pero en La Paz, esta regla choca de frente con la desidia institucional. No es solo que falten árboles; es que los pocos que tenemos son víctimas de una gestión municipal que ha confundido la arborización con el simple acto de plantar y olvidar.
Resulta indignante observar cómo los contados espacios verdes sucumben ante la falta de una gestión técnica básica. La ausencia de cronogramas de poda científica, el riego inexistente o improvisado y la falta de mantenimiento fitosanitario convierten a nuestros parques en cementerios de vegetación seca. Las autoridades actuales parecen ignorar que un árbol urbano requiere cuidado constante; para ellos, el éxito se mide en la foto de la siembra, no en la supervivencia del ejemplar.
¿Es posible aplicar el 3-30-300 en La Paz? Los escépticos culparán a la altitud, pero la verdadera barrera es la falta de voluntad política de una administración que felizmente ya se despide dejando una ciudad más gris. Con las elecciones subnacionales de marzo de 2026 a la vuelta de la esquina, el paceño debe exigir un cambio de estrategias en esto que es vital para la supervivencia: el cuidado del medioambiente. Afortunadamente, esta gestión —caracterizada por la improvisación y el descuido de lo esencial— llega a su fin, y hacemos votos para que quienes asuman el mando tengan la capacidad técnica y la voluntad política de las que hoy carecemos. No pretendo que La Paz tenga las 400 hectáreas del bosque de Palermo de Buenos Aires, la exuberancia de Bogotá o el verdor de Santiago de Chile, pero resulta indignante que, teniendo espacios con potencial para ser jardines, el gobierno municipal opte por autorizar construcciones estéticamente espantosas en lugares de inminente riesgo. El resultado es una urbe que parece “a medio construir”, una oda al ladrillo visto y un homenaje al mal gusto. El bosque de Pura Pura puede ser replicado en las serranías que ya forman parte de la ciudad, mejorando sus características paisajísticas, de acuerdo al tiempo en que vivimos.
Incluso dentro de nuestras fronteras, Santa Cruz y Cochabamba mantienen áreas verdes extensas, sin que por eso sean paradigmas medioambientales. Cierto, sus climas ayudan, pero la botánica moderna ofrece especies aclimatadas que permitirían al paceño una relación digna con su paisaje. Necesitamos más verde para reducir inundaciones, desbordes de ríos, deslizamientos y protegernos de unos rayos ultravioletas que son enemigos declarados de nuestra piel.
En resumen, la selección de especies y un diseño cuidadoso no son lujos estéticos; son una urgencia de salud pública. Es hora de decidir si queremos seguir habitando una cantera de cemento gestionada por la negligencia, o si el próximo mayo recibiremos a autoridades que entiendan que el verde es un derecho y que la eficiencia se demuestra regando, podando y protegiendo lo que hoy, tristemente, dejamos morir.
Augusto Vera Riveros, es jurista y escritor
CONTRA VIENTO Y MAREA