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La política del like y el vaciamiento del poder en Bolivia

La política boliviana contemporánea exige una lectura que vaya más allá de los partidos y los procesos electorales. Para comprender el fenómeno actual es necesario observar a la sociedad misma, sus prácticas culturales y la forma en que hoy se concibe el poder. Bolivia vive inmersa en una lógica donde la política ha dejado de ser un espacio de reflexión y proyecto colectivo para convertirse en un escenario de visibilidad, seducción y espectáculo.

Nuestra sociedad se encuentra colmada de una paradoja peligrosa: cercanía aparente con el poder y distancia real del conocimiento. El ciudadano común ya no se siente ajeno a la política; por el contrario, se percibe protagonista, potencial líder, figura con derecho a gobernar. Las redes sociales han creado la ilusión de que opinar equivale a saber y de que ser visible equivale a ser capaz. En este contexto, la política se ha democratizado en forma, pero se ha vaciado en contenido.

Hoy no resulta extraño que hombres comunes, influencers o tiktokers aspiren a cargos públicos convencidos de que la sociedad es capaz de elegirlos. No por su formación en políticas públicas, su conocimiento del Estado o su experiencia administrativa, sino por su capacidad de convencer, emocionar o generar atención. La lógica electoral se ha desplazado: ya no importa el proyecto, importa el alcance; ya no importa la solvencia intelectual, importa la viralidad.

Vivimos en lo que puede denominarse una sociedad del espectáculo político, donde el poder se construye como imagen y no como responsabilidad. En esta sociedad, el conocimiento previo ha perdido valor frente a los likes y las visualizaciones. La política se consume como contenido digital: rápida, emocional, fragmentada y superficial. El debate profundo resulta incómodo; la reflexión crítica, poco rentable; la complejidad, indeseable.

Este fenómeno ha tenido consecuencias graves para el lugar del intelectual en Bolivia. El pensamiento crítico ha sido desplazado por la fama, la estética y lo inmediato. El intelectual ya no es referente social, sino una figura marginal que muchas veces muere en la miseria o en el anonimato. No por falta de ideas, sino por no generar atención en una sociedad que mide el valor en interacciones. En la lógica del like, quien no es visible simplemente no existe.

El problema no es menor ni anecdótico. Una democracia que deja de valorar el conocimiento está condenada a la improvisación permanente. Una sociedad que elige sin criterio técnico se vuelve vulnerable a la manipulación. Y un Estado gobernado por figuras sin preparación termina administrando la crisis en lugar de construir futuro.

Bolivia enfrenta una encrucijada histórica. O continúa profundizando esta política del espectáculo, donde el poder se confunde con popularidad, o decide revalorizar el conocimiento, la formación y el pensamiento crítico. No se trata de elitismo, sino de supervivencia democrática. Sin intelectuales, sin debate serio y sin exigencia social, la política se vacía de sentido.

El futuro boliviano dependerá de una decisión colectiva: seguir siendo una sociedad de likes o reconstruirse como una sociedad de ideas. Porque cuando el poder deja de pensar, la política deja de servir, y la democracia se reduce a una puesta en escena sin destino, ni logros.

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