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La polarización digital que amenaza la democracia boliviana

Bolivia se encamina a un inédito balotaje entre Rodrigo Paz y Jorge Tuto Quiroga en medio de un clima político marcado por la polarización en redes sociales, las que se han convertido en un campo de batalla que alimenta la confrontación y erosiona la deliberación democrática.

Lejos de ser espacios de debate abierto, las plataformas digitales se han transformado en trincheras ideológicas donde los argumentos racionales ceden terreno al insulto, la desinformación y la manipulación algorítmica.

Las elecciones de agosto dejaron un mensaje claro: los partidos ya no disputan únicamente plazas, medios y barrios; sino que la verdadera arena política se juega en Facebook, TikTok y X (antes Twitter). Allí se definen percepciones, se instalan narrativas y se fijan etiquetas que difícilmente desaparecen.

Lo que en la arena pública podía ser un intercambio de ideas, en el espacio digital se convirtió en una guerra de bandos. Algoritmos, cámaras de eco y cuentas falsas potenciaron un ambiente de confrontación que debilitó la deliberación ciudadana y radicalizó posiciones.

La emergencia de figuras inesperadas, como Edman Lara, conocido como el “capitán Lara”, evidenció este fenómeno. Sus videos virales en TikTok, cargados de humor provocador y discursos incendiarios, conectaron con un electorado desencantado con la política tradicional y empujaron la candidatura de Rodrigo Paz. Sin embargo, junto a la simpatía generada, también sembraron intolerancia: insultos homofóbicos y burlas simplistas reemplazaron argumentos, banalizando el debate. La política convertida en meme resulta efectiva para movilizar emociones, pero empobrece la discusión pública.

El otro polo, representado por Jorge Quiroga, encontró en redes comunidades digitales organizadas que replican un libreto igualmente polarizante: etiquetar a Paz como “continuista disfrazado”, acusar a sus seguidores de “ingenuos” y presentar cualquier cuestionamiento a su figura como parte de una “conspiración”.

En ambos casos, la lógica es la misma: reforzar convicciones propias y deslegitimar al adversario, no convencer con razones.

El impacto en la democracia es evidente. Las campañas digitales ya no buscan informar, sino emocionar. Rumores sobre supuestos pactos secretos, audios editados y videos manipulados circularon con tal velocidad que los equipos de verificación quedaron desbordados.

En ese clima, el ciudadano común no se expone a un debate plural, sino a una dieta informativa diseñada para reforzar lo que ya cree. La política, en lugar de ser el arte de la negociación y el acuerdo, se degrada a espectáculo viral.

No es un fenómeno exclusivo de Bolivia. La elección de Trump en 2016 o el referéndum del Brexit en el Reino Unido mostraron cómo el microtargeting y las campañas digitales segmentadas pueden moldear elecciones enteras. La diferencia es que, en democracias frágiles, con baja institucionalidad y escasa educación digital, el impacto de estas prácticas es mucho más corrosivo. Bolivia, que aún carga con la desconfianza derivada de las elecciones anuladas en 2019 y los conflictos posteriores, es un terreno fértil para la manipulación digital.

En este contexto, las redes sociales han reemplazado a los cabildos y las asambleas como espacio central de la política. Pero esa centralidad no llegó acompañada de normas claras. El país carece de una legislación que regule la publicidad política digital, que obligue a los partidos a transparentar el origen de sus fondos en redes o que exija a las plataformas identificar y desactivar cuentas falsas.

La cancha, por tanto, está inclinada a favor de quien tenga más recursos para invertir en propaganda digital y en ejércitos de bots.

Frente a esta situación, el desafío democrático es mayúsculo. Regular el espacio digital electoral se vuelve imprescindible: partidos y plataformas deben transparentar el uso de datos, identificar la presencia de cuentas automatizadas y frenar la propagación de desinformación.

Al mismo tiempo, la sociedad civil enfrenta la urgencia de promover alfabetización mediática que permita a la ciudadanía identificar narrativas manipuladoras y resistir la polarización artificial. Las universidades, las organizaciones sociales y los medios tienen un rol que ya no puede eludirse: enseñar a leer críticamente el mundo digital.

El balotaje entre Paz y Quiroga no debería definirse en un duelo de “likes” y algoritmos. Está en juego mucho más: la credibilidad del sistema democrático y la capacidad del país de sostener un debate político sano.

Recuperar la política como espacio de ideas, y no como campo de batalla digital, es el único camino para evitar que la polarización termine por fracturar la frágil institucionalidad democrática boliviana.

El reto, al final, no es solo elegir un Presidente, sino rescatar la política de las garras de la polarización digital. Si Bolivia permite que su democracia sea dictada por algoritmos y emociones fabricadas, el resultado no será una ciudadanía más libre, sino una sociedad más dividida.

Elizabeth Salguero es comunicadora social.

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