La muerte del viejo Denver

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“Gentrificación”, palabra que se metió en mi diccionario cuando comenzaron a desaparecer los pobres de los barrios antiguos y los barrios cambiaron su fisonomía. Five Points, la barriada negra, cuna de jazz y R&B, ahora tiene muchachas blancas de brillantes piernas caminando con perros enanos. Los yuppies subieron los impuestos de propiedad al pagar sumas astronómicas por casas viejas y los que vivían allí por décadas, chicanos y negros, al no poder alcanzar los montos tuvieron que vender. La ciudad se blanquea desde el centro hacia la periferia. Y sucumben con ella las pandillas, cierto, pero también el espíritu que hace de los lugares sitios especiales. La riqueza, en sí, no aumenta garbo ni interés a nada ni a nadie.

Las calles se tornan limpias, los jardines esplendorosos, se abren tiendas de lujo y brilla el oro de la marihuana y el petróleo. De pronto desaparece el olor dulzón de las barbacoas afroamericanas, y se esfuman los heladeros mexicanos con bocinas anunciándolos, en carritos de a mano, como en casa, en el cincuentenario de la infancia, que trajo muchos muertos también entre recuerdos y espacios.

Ayer domingo fuimos a comer pizza, a la avenida Broadway, en pleno centro comercial alejado algo de downtown. Famous Pizza, regentada por una madre griega y su hijo. Cierta vez me creyeron bosnio porque llevaba una chamarra del ejército alemán. Veinte años que vamos, con las niñas, con Ligia, con sus hijas a comer. Pues vendieron el viejo edificio para llenarlo de donuts del milenio. Como dos porciones de pizza de requesón con espinaca; el único lugar donde acepto la ricotta. Le eché mucho ajo encima, algo de orégano, flakes de pimiento picante y devoré el pretérito para conservar algo de él en las tripas porque los ojos ya no verán. Nos obligan a la ceguera, a olvidar. El progreso sirve, alimenta, mejora, pero es impiadoso con la memoria, y sin memoria los pueblos son borricos entusiasmados con maletines de compras. Oksana y Tatiana, muchachas del Kiev anciano, repiten lo mismo. Allí, al este, esta gentrificación no ha llegado porque el dinero es escaso; no saben bien de qué se trata, aunque la expulsión de pobres es historia antigua; su muerte, igual.

Llegaba gente de los alrededores, seguro que más ligados al comidero que nosotros. Fotografiaban los carteles, los hornos, las botellas de Coca, las pizzas. Estos dueños y empleados envejecieron con nosotros. Fueron parte del crecimiento paulatino, tantas veces doloroso, de aquel Denver conflictivo y desquiciado. Famous Pizza era un refugio; parecía un lugar de Nueva York enclavado en una avenida denverita cuando Denver todavía no era el monstruo en el que se va convirtiendo. La escuela de las hijas estaba allí, a unas cuadras. Los árboles de hoja caduca tiraban colores en otoño. El cabello negro de Ligia contrastaba con la blanca ricotta. El fin de semana van a demoler las memorias, los cabellos y las voces. Echarán dulces de colores sobre masas redondas y los nietos jamás sabrán que por allí pasaron sus madres y quienes venían con su madres cuando el tiempo recién se estaba formando, la creación en ciernes antes del apocalipsis.

Nos alejamos de la esquina que dejará de ser, subimos a una azotea del bar The Historians y tomamos unas IPA amargas como el olvido. Como hace calor, pequeñas mangueras arriba arrojan rocío sobre los comensales. Hay un dejo de trópico. Después a enfilar a casa, por la arbolada Avenida Seis. Y a cortar verduras para preparar un tuco soberbio con spaghettis. Puerro, cecina, mejorana, perejil, pimienta, ajo, achiote y cúrcuma, carne molida porque será un bolognese. Cebolla. Cae la noche y hemos ya dejado de lado el pensamiento triste de lo que perece. Así sucede; así pasa; el olvido llega.

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