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La moral suspendida: cuando la masa sustituye a la conciencia

“La manifestación del viento del pensar no es el conocimiento; es la capacidad de distinguir el bien del mal, lo bello de lo feo.» — Hannah Arendt

Márcia Batista Ramos

Existe una pregunta que atraviesa silenciosamente toda la historia humana y que reaparece cada vez que una sociedad contempla, con asombro o espanto, alguno de sus propios excesos. ¿Cómo es posible que personas capaces de amar a sus hijos, cuidar a sus amigos o conmoverse ante el sufrimiento de un desconocido terminen participando en actos de crueldad colectiva? La pregunta surge una y otra vez bajo distintos nombres y en escenarios diversos: guerras, persecuciones religiosas, linchamientos, revoluciones, totalitarismos o explosiones periódicas de violencia social. Sin embargo, el misterio permanece intacto. ¿Qué ocurre con la conciencia moral cuando el individuo deja de actuar como persona y comienza a actuar como multitud?

La respuesta no puede encontrarse únicamente en la política ni en la psicología. Se trata, ante todo, de una cuestión ética. El problema no reside en la existencia de las masas, pues toda sociedad humana genera formas de acción colectiva. El problema aparece cuando la pertenencia al grupo comienza a reemplazar el juicio individual y la conciencia deja de ser el lugar donde se decide el bien y el mal para convertirse en un simple eco de las emociones compartidas.

Hannah Arendt dedicó buena parte de su obra a comprender ese fenómeno. Lo que más la inquietaba no era la existencia de individuos excepcionalmente perversos, sino la facilidad con que personas aparentemente ordinarias podían renunciar al ejercicio del pensamiento. Para Arendt, pensar no era acumular conocimientos ni exhibir erudición. Pensar significaba mantener vivo un diálogo interior capaz de preguntarse constantemente si una acción es justa o injusta, digna o indigna. Allí donde ese diálogo se interrumpe, la conciencia comienza a debilitarse y la obediencia encuentra terreno fértil para prosperar.

Quizás por eso los grandes desastres morales de la historia rara vez comienzan con actos extraordinarios. Comienzan con pequeñas renuncias. Con la decisión de no formular preguntas incómodas. Con la comodidad de aceptar que otros piensen por nosotros. La conciencia no desaparece de un día para otro; se va silenciando gradualmente hasta quedar sepultada bajo el ruido de las consignas, de las certezas colectivas y de las pasiones compartidas.

José Ortega y Gasset advirtió tempranamente los riesgos de ese proceso. En “La rebelión de las masas” observó la aparición de una figura característica de la modernidad: el hombre-masa. No se trataba de una categoría social ni económica, sino de una actitud espiritual. El hombre-masa es aquel que considera innecesario examinar críticamente sus propias convicciones porque encuentra en el grupo una fuente permanente de legitimación. Ya no necesita argumentar. Le basta con pertenecer. Ya no necesita reflexionar. Le basta con repetir.

Cuando esa transformación ocurre, algo esencial comienza a perderse. La responsabilidad individual se vuelve difusa. El juicio moral se desplaza desde la conciencia hacia la colectividad. Lo importante deja de ser la pregunta «¿es correcto?» y pasa a ser «¿están todos de acuerdo?». El criterio ético cede su lugar al sentimiento de pertenencia.

Elias Canetti, uno de los grandes exploradores de la psicología de las masas, observó que la multitud produce una sensación extraordinaria de igualdad y protección. Quien se encuentra inmerso en ella experimenta la impresión de participar de una fuerza superior a sí mismo. Las diferencias individuales parecen desaparecer, los temores se reducen y las inhibiciones se debilitan. En ese estado emocional, el individuo siente que comparte la responsabilidad con todos y, precisamente por ello, termina sintiéndose menos responsable de sus propios actos.

Allí reside una de las paradojas más inquietantes de la condición humana. La multitud no elimina la conciencia moral; la adormece. No destruye completamente el juicio individual; lo vuelve secundario. La persona continúa sabiendo, en algún lugar de sí misma, que ciertas acciones son injustas. Sin embargo, la aprobación del grupo, el fervor compartido o la presión colectiva terminan siendo más fuertes que esa voz interior.

Por eso la historia está llena de episodios en los que hombres y mujeres corrientes participaron en actos que, en circunstancias normales, jamás habrían considerado aceptables. No porque se hubieran transformado repentinamente en monstruos, sino porque dejaron de actuar como individuos moralmente responsables y comenzaron a actuar como fragmentos de una voluntad colectiva.

Las ideologías cambian. Los símbolos cambian. Las banderas cambian. Lo que permanece sorprendentemente constante es el mecanismo. La multitud siempre encuentra razones para justificar lo que hace. Siempre identifica un enemigo, un culpable o una amenaza. Siempre construye relatos que convierten la violencia en necesidad, la humillación en justicia o la crueldad en deber.

Zygmunt Bauman observó algo semejante al estudiar las tragedias del siglo XX. Le preocupaba la facilidad con que los seres humanos podían distanciarse moralmente de las consecuencias de sus actos. Cuando el otro deja de ser un rostro concreto y se transforma en una categoría abstracta, la empatía comienza a erosionarse. El sufrimiento pierde espesor humano. La víctima se convierte en cifra. El dolor se transforma en estadística. Y aquello que debería conmovernos empieza a percibirse como un simple dato.

La masa opera de manera parecida. El individuo deja de ver personas y comienza a ver etiquetas. Adversarios. Enemigos. Obstáculos. Traidores. Cuando eso ocurre, la realidad humana del otro desaparece detrás de una definición colectiva. Y donde desaparece el rostro, también comienza a desaparecer la ética.

Sin embargo, la historia no es únicamente el relato de las multitudes. También es la historia de quienes se negaron a obedecerlas. Siempre han existido personas capaces de conservar su autonomía moral cuando todos a su alrededor parecían haberla perdido. Individuos que encontraron el valor de disentir, de formular preguntas incómodas o de negarse a participar en aquello que consideraban injusto.

Tal vez la civilización dependa menos de nuestras instituciones de lo que solemos creer. Tal vez dependa, sobre todo, de la capacidad de cada ser humano para preservar ese espacio interior donde la conciencia todavía puede hablar con libertad. Porque la barbarie no comienza cuando aparecen las masas. Comienza cuando los individuos dejan de escuchar su propia conciencia y entregan el juicio moral a la multitud.

Toda época produce sus propias formas de fanatismo y sus propias tentaciones colectivas. Por eso la pregunta sigue siendo actual. ¿Quién decide cuando la conciencia y la multitud entran en conflicto?

La respuesta, tan antigua como la filosofía misma, sigue siendo la misma: nadie puede pensar moralmente por nosotros. La multitud puede ofrecer fuerza, identidad o pertenencia. Pero sólo la conciencia puede distinguir entre lo justo y lo injusto.

Y acaso la verdadera madurez ética consista precisamente en conservar esa capacidad de pensar por uno mismo cuando todos los demás han decidido dejar de hacerlo.

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