La lectura como prejuicio señorial

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Hace un par de meses escuche a Lupe Cajías dar una charla sobre educación universitaria. Grande fue mi decepción al percatarme de que era mortalmente aburrida y partía de prejuicios terribles al hablar de educación. Destacó el bajo nivel de los estudiantes de pregrado y sus pobres hábitos de lectura. Una prueba de esto sería que la mayoría de ellos no habían leído Don Quijote de la Mancha, lo que dificultaba sobrellevar un proceso educativo de calidad. Al escuchar eso me dieron ganas de escapar del lugar para sorber una cerveza (los malos ratos pueden superarse bebiendo, eso lo sabemos todos), al menos fingir un desmayo para ser evacuado inmediatamente pero la asistencia era obligatoria así que me mordí la lengua y aguante por otros 20 soporosos minutos. Al salir me puse a pensar en cuan imperdonable era, para un universitario de primer semestre, no haber leído Don Quijote. Entiéndanme, no estoy en contra de un clásico de la literatura occidental, pero me parecía injusto tratar con desdén a jóvenes separados por más de 400 años de Cervantes. No porque en algún momento de su vida tengan el placer/disgusto de enfrentarse con Proust, García Márquez o cualquier otro autor de renombre, sino porque se entendía a la lectura como un “hábito intelectual” por el consumo de ciertos títulos imprescindibles. Mi problema era la mentalidad letrada sobreviviente en nuestro país pese a encontrarnos en la segunda década del siglo XXI.

Había dejado de lado el tema pero tuve la mala suerte de leer el artículo Evo Morales y la mitad de los bolivianos que no leen (El Deber 05/08/2019) de Diego Ayo, el ex vocero de Comunidad Ciudadana alejado del puesto por una metida de pata celebrada con memes de todo calibre en las redes sociales. Ayo, como buen personaje fugado de la ilustración francesa del siglo XVIII y armado con los peores prejuicios señoriales, dispara sin misericordia:   

Quien lee, imagina. Quien lee, tiene la facultad de ir más allá de lo inmediatamente real. A decir del celebrado autor hebreo Yuval Harari, no se puede convencer a un chimpancé de compartir la mitad de su banana con la promesa de que, si lo hace, tiene garantizado el reino de los cielos ni bien su corazón deje de palpitar. Este animal no entiende esta celestial posibilidad por una sencilla razón: no puede abstraer conceptos, solo puede ver, oler, sentir y oír lo que tiene al frente. No es extraño pues que sus vínculos sociales se limiten a los individuos de su prole con quienes ha crecido. Algo similar sucedió con los seres humanos mientras no superamos el estado de la horda: solo quienes nos rodeaban eran dignos de nuestra confianza. La ética en ese largo momento de la evolución estaba confinada a la protección de “los tuyos”. Matar a otros resultaba normal y éticamente incuestionable. La ética evolucionó y logró algo que los chimpancés no pueden: respetar a alguien que no conoces.

Evo no ha salido jamás de esa fase de la humanidad: el tribalismo. Confía solo en su clan y los otros no solo no existen, sino que pueden ser obviados. Es el triunfo de la ética de grupo que no puede abstraerse e imaginar un todo. Evo, por ello, gobierna para los suyos y no para todos. […] Evo es todo lo contrario: es producto del tribalismo más puro. Es el hijo más célebre de la horda que no imagina, protege […] Jamás salió de ese estado tribal por una razón: no leyó. La sala de lectura que instalaron en el piso 25 del Palacio es una broma macabra. ¿Mera anécdota? No, el destino del país está en alguien que no ve más allá del miércoles 31 de julio en que escribo estas líneas. Y ese es paradójicamente su éxito por el motivo que hoy se confirma: Evo no es la excepción. Es uno más de los que solo ven, tocan y oyen. Es uno más de los que no imaginan.

El presidente Morales y su gobierno deben ser criticados enérgicamente por sus abusos y para bajarlos del pedestal donde sus acólitos más recalcitrantes los han colocado. Sin embargo estoy en contra de naturalizar la ignorancia respecto a algún grupo social. Ayo y quienes piensan como él están actualizando al Darwinismo Social como marco ideológico para entender nuestro país. Eso denota una alarmante incapacidad para leer nuestro presente. Atribuirle a la lectura propiedades evolutivas sin las cuales uno estaría condenado a vivir en un estado permanente de tribalismo es un prejuicio eurocéntrico que no considera las luchas históricas de movimientos sociales de nuestro país. No toma en cuenta la revolución informática ni el potencial de las redes sociales en el plano educativo. Ignora los esfuerzos por vencer prácticas coloniales. Apuesta por la cultura letrada elitista exigiendo requisitos insalvables para adquirir la condición humana y condenando a quienes carecerían de esos “atributos” al estatus de homínidos primitivos aglutinados en hordas. 

El tiempo que llevo como docente me ha enseñado mucho sobre las dinámicas del aprendizaje. He trabajado con bachilleres y gente adulta sin hábitos de estudio. He aprendido que para incentivar la lectura no se debe amedrentar a los estudiantes con pedantería intelectual tan común en nuestro medio académico. La existencia de múltiples saberes ha complejizado el panorama de la enseñanza contemporánea e impide que nos centremos en la cultura del libro como única fuente de conocimientos. No se puede etiquetar como ignorante a quien no leyó clásicos de la literatura occidental dejando de lado otros saberes además de los libros.

Si nuestro objetivo es incentivar la lectura haríamos bien en despojarla de esa aura de “alta cultura” en la que está envuelta. Debemos seducir a los no lectores destacando las  ventajas de leer sin caer en la arrogancia del intelectual letrado. Leer debería ser una experiencia cotidiana, parte de la normalidad de la vida moderna. No es un hábito reservado para eruditos encerrados en bibliotecas polvorientas sino un ejercicio de introspección, una manera de reflexionar sobre la complejidad de la vida social, una forma de entretenimiento y un mecanismo de instrucción. Una fuente de placer pero también de horror y desencanto. Una práctica tan ordinaria como comer, dormir o coger. Estigmatizar a quienes no leen como involucionados o imbéciles es un error.   

Cualquiera con conexión a internet puede pasar una clase virtual de astrofísica por YouTube. Encontrar canales de matemáticas e historia con contenido interesante solo requiere de habilidad en la navegación. Creer que los libros son fetiches del conocimiento es entender la lectura como prejuicio señorial, reflejo de una ilusoria superioridad intelectual tan orgullosamente exhibida por Alcides Arguedas, Gabriel Rene Moreno, Bautista Saavedra y otros letrados de nuestra historia. Es disimular un racismo despreciable encubierto por un intelectualismo decadente.