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La “geometría del caos” en el proceso subnacional

Muchos ciudadanos creen que  el número de candidatos que se han inscrito son una clara expresión de la fortaleza de la democracia, en tanto y en cuanto ésta es capaz de llegar a todos. Yo, personalmente, pienso que esa cantidad expresa más bien el grado de descomposición fractal de la democracia. Un proceso hasta cierto punto natural, en tanto se trata de una transición que intenta desesperadamente reconstruir la institucionalidad democrática que el MAS se encargó d pulverizar en beneficio del caudillo.

Se me ocurre que la inmensa cantidad de candidatos que observamos podrían interpretarse como un fenómeno fractal, en el que ninguno es del todo diferente. Cada candidatura es en realidad una réplica de lo mismo, lo que por cierto deja muy mal parada la idea de renovación. Esta fragmentación es lo que, de alguna manera, explica la inconsistencia del proceso. 

De pronto nos percatamos que cualquiera puede pretender ser la máxima autoridad, aunque todos sepamos que no cumple los requisitos mínimos para ello.  Como esto parece haberse institucionalizado de alguna manera, nuestro voto también ha perdido consistencia, se ha vuelto frágil. Quiero decir con esto que en ausencia de un “voto ideológico” o lo que conocíamos como “un voto duro” (es decir bien definido y fundamentado), la decisión final del elector es totalmente alterable, casi estocástica. Un error en la respuesta, una falla en el debate, una palabra demás o de menos, suele no afectar la popularidad del candidato, sino condenar su postulación al fracaso.

Otra característica de este particular fenómeno de multiplicidad nace del rol de los candidatos que podríamos llamar atípicos. La postulación de figuras que parecen «fuera de lugar» (influencers, outsiders radicales, figuras religiosas) probablemente responde a la necesidad del sistema de reducir la entropía que vemos en el proceso de desintegración de lo político. 

La novísima Física social de Philip Ball, sostiene que en la esfera política, el caos busca orden. Si los políticos tradicionales no ofrecen una salida, el sistema podría intentar “autoorganizarse», generando una gran cantidad de actores de los cuales, finalmente, uno gane las elecciones, aunque suele suceder que no goce de toda la confianza ciudadana (en nuestra glosa cotidiana a eso le llamamos “mal menor”), lo que finalmente nos deja la certeza de que el proceso político experimenta una “falla” estructural. 

No es en consecuencia un problema que hay que analizarlo a partir de las características individuales del candidato, sino de las fallas del sistema político y eventualmente del propio Estado.

En un momento electoral como el actual, la “geometría del caos” nos advierte que no debemos buscar el «orden» que nos ofrecen las encuestas, sino el «patrón» en el desorden. El agotamiento del ciclo plurinacional nos ha dejado en una transición en la que el Estado es una entelequia, y lo que hoy vemos es la lucha de las partes por simular que son un todo, cuando en realidad solo son fragmentos de un proceso histórico que aún no ha encontrado su nueva forma. 

La legitimidad del vencedor, por tanto, no vendrá de quien simplemente gane, sino de quien sea capaz de construir una geometría política y ciudadana distinta: una que no se limite a reducir el tamaño de los errores pasados, sino los elimine del juego de posibilidades que siempre tensiona la gestión publica y amenaza la esfera social.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

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