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La flor frágil de la calma: Bolivia en su luna de miel

Los primeros meses del gobierno de Rodrigo Paz Pereira están produciendo una sensación (no siempre bien justificada) de reorganización institucional y saneamiento económico. Sin embargo, a mediano y largo plazo tal sensación puede ser negativa, ya que, como saben los politólogos y buenos ciudadanos, la democracia debe ser vigilada y construida día a día. Pues no es un secreto que varios sectores sociales de Bolivia no abrigan ni practican valores democráticos, tales como la tolerancia frente a lo que es diferente o el debate razonado. Y la verdad es que la democracia pluralista no es bien comprendida ni está bien asentada en grandes mayorías tanto de oriente como de occidente.

En los Estados sucesores del extinto Imperio español, la democracia era una flor muy frágil plantada en un terreno pedregoso; desde el principio tuvo que hacer frente a caudillos populistas y demagogos y grupos sociales radicales (sindicatos, movimientos sociales, etc.). A menudo los cambios de régimen no trajeron consigo ni estabilidad ni una dirección política coherente y a largo plazo; muchos de los gobiernos democráticos (o, para hablar con más precisión, emanados de las urnas), como el del MIR o el del MAS, resultaron corruptos y, a ojos de gran parte de la población, ineficientes, pues ponían los intereses del partido por encima de los del país. Con partidos de derechas y de izquierdas escindidos y turbulentos en su seno y con partidos populistas (como la UCS o Condepa) sin planteamientos políticos responsables ni norte claro, el futuro parecía poco prometedor.

No obstante, no hay que ser tan pesimistas. Aunque a los tumbos, con cimientos inseguros y muchas veces como simple fachada, la democracia se ha ido abriendo paso a lo largo de la historia, sobreviviendo pese a traumáticos eventos como la Guerra del Chaco, el pseudototalitarismo de la Revolución Nacional, las dictaduras de los 60, 70 y 80, la Guerra del Gas o los hechos de 2019. En muchos momentos, dio la impresión de que Bolivia estaba al borde de una guerra civil o del golpe de Estado militar, ya que la gente creía que la democracia era un sistema blando, afeminado o pusilánime; entonces se hablaba (¿se habla aún?) de una “mano férrea que nos saque de todo esto”. No es extraño, pues, que en ambientes de caos o incertidumbre la gente prefiera el autoritarismo ordenador antes que las asambleas donde estúpidas mayorías deciden ligera o irresponsablemente el futuro de la sociedad. Pero, con todo, salvo excepciones, lo que se materializó fue la supervivencia de una democracia (eso sí, débil, pero democracia al fin) que ni la derecha extrema ni la izquierda revolucionaria pudieron derrocar definitivamente.

Empero, hay que reconocer que gran parte de la población aún se mantiene en un estado de ignorancia en temas como Estado de derecho, pluralismo, igualdad ante la ley, tolerancia y respeto del proyecto de vida del Otro, y esa realidad de ignorancia, hoy aparentemente encapsulada por la sensación que está produciendo el gobierno, podría estallar mañana si este no gobierna bien, a saber, administrando con inteligencia la economía, evadiendo la corrupción y ordenando la burocracia nacional.

Como enseña la historia, la actual sensación de paz puede ser un arma de doble filo si se deja de lado la pedagogía democrática, que siempre fue débil en Bolivia. Para aquella, hay poco terreno en los partidos políticos actuales. ¿Puede ser democrático un Estado cuando la oposición al gobierno no está en el Parlamento, sino en las calles o las carreteras? Las manifestaciones populares en las ciudades, los bloqueos de caminos o los cabildos en el oriente, elogiados por muchos, ¿no son en realidad síntomas de un Parlamento que no está siendo útil para pacificar, hallando consensos a través del debate de la representación? ¿No son más bien signos de una madurez política que aún no cuaja o de que la relación del ciudadano medio con el poder se da por vías de hecho y no de derecho?

Este momento de relativa paz debe ser tomado con cautela. ¿Bolivia está ante un comienzo luminoso o sencillamente en un paréntesis entre dos tormentas? La democracia boliviana, construida sobre arenas movedizas, ¿está garantizada? Hay que tener presente que la democracia puede morir no solo por un golpe de Estado, sino también por la apatía crónica de una sociedad que se conforma con un saneamiento económico, pero no cívico.

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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