La caída del payaso

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Clownfall (La caída del payaso). Así caracterizó The Economist esta semana la renuncia de Boris Johnson, el disgraced (deshonrado) primer ministro británico. Si hiciéramos una comparación de la “caída” política de Evo Morales, Donald Trump y Johnson, pudiéramos apreciar la distancia institucional que nos une o nos separa de esas dos democracias occidentales.

Johnson NO fue forzado a renunciar principalmente por motivos graves de conspiración o por subvertir la Constitución, pretender alterar los resultados electorales, corrupción o fraude electoral como Morales o Trump.
No, Johnson fue derrocado por mentir; por laxitud ética, por falta de consecuencia entre lo que decía y hacía. Eso fue suficiente para su caída en desgracia ante la gente y consecuentemente ante sus propios ministros, su partido y el Parlamento británico.  

Los escándalos más graves que forzaron su salida fueron haber asistido a una fiesta privada, en su residencia y despacho de la 10 Downing Street, durante el encierro obligatorio por Covid, y mentir al respecto. Y, por no censurar la conducta de acoso sexual de un alto funcionario de su gobierno, quien borracho manoseó a otros dos hombres en un club privado, hecho sobre el cual Johnson volvió a mentir; ello provocó la renuncia de dos de sus principales ministros y después una cascada de más de 50 renuncias de sus colaboradores.  

Es inimaginable pensar que aquellos motivos pudieran derrocar a Donald Trump en EEUU y menos aún a Evo Morales en Bolivia, lo cual nos debería llevar a reflexionar sobre el grado de degeneración política por el que están pasando la democracia estadounidense; y que decir de la depravación de la nuestra, la boliviana.

Estos tres populistas tienen entre otras similitudes la de creer que disfrutan de una relación directa con la mayoría de los electores por encima de las instituciones establecidas. Son autócratas declarados o solapados, mesiánicos que se creen superiores a las instituciones que representan. Hubo que recordarle a Johnson que aunque venció en las últimas elecciones como candidato del Partido Conservador, esa victoria le corresponde a su partido y que su legitimidad deriva del Parlamento, que representa al electorado. Y en ese Parlamento, su propia bancada le quitó la confianza y lo forzó a dimitir sin que prácticamente sea necesario que intervenga la oposición laborista. Esto porque los años que le restan de mandato al Partido Conservador no son de Johnson, sino del partido, que por votación propia designará al próximo Primer Ministro para completar el mandato constitucional.

El británico es un sistema político institucionalizado con mayor flexibilidad para superar sus crisis que el estadounidense, y ni qué decir del nuestro. Es muy difícil que allí se instalen caudillos populistas que acumulen poder, que se corrompan y que corrompan a su gobierno o a su partido como lo vimos en el asalto al Capitolio en el golpe de Estado que intentó Trump el 6 de enero del 2021.

Sólo vale recordar que políticos de gran talla como Winston Churchill –en quien decía inspirarse Boris Johnson y sobre el cual escribió una amena biografía– perdió las elecciones luego de haber conducido heroicamente a Gran Bretaña al triunfo en la Segunda Guerra Mundial y de haber salvado a su país de una alianza espuria con Hitler, a quien se cree derrotó personalmente. O recordar a la “Dama de Hierro”, Margaret Thatcher, derrocada también por su propio Partido Conservador. A Thatcher no le bastó haber evitado, a fuerza de carácter y decisión, la invasión argentina a las Malvinas.

En Gran Bretaña, la separación de poderes entre las funciones de un Jefe de Estado (la reina) y Jefe de Gobierno (primer ministro), electo por el Parlamento, nos ha demostrado que una crisis de ineptitud ética es suficiente para derrocar a un payaso. Ni qué decir a un megalómano o a un pedófilo.

¡Cuán lejos estamos de alcanzar ese grado de civilidad política!

Ronald MacLean Abaroa fue Alcalde de La Paz y ministro de Estado.