Miguel Alfonso Avila
Si vas a la policía y denuncias cualquier agravio que te haya ocurrido, lo más probable es que no pase nada. No porque la policía sea un caso muy particular de mantenida y pasiva abstinencia, sino porque, en general, esto último parece ya una contagiosa y fenomenal enfermedad cuya reproducción avanza persistente y sigilosa por muchos rincones de nuestra sociedad. Así que, cuando me robaron, me dije: “Ricardo, debes atrapar tú solo al ladrón”.
Él regresaría en búsqueda de lo que le había faltado llevarse, en este caso, un viejo televisor. Preparé el terreno de la manera más minuciosa que pude. Cerré puertas y ventanas de la casa para que el ladrón supusiera su abandono, y expuse el televisor a la vista de un amplísimo y oportuno ventanal, con un par de monedas encima. Tomé luego un libro de los muchos que guardaba en un estropeado armario, y finalmente me recluí arrodillado frente a un apartado y oculto rincón, aguardando con un palo a que el ladrón hiciera su presencia.
Días y días esperé, convencido de que lo atraparía. Estaba, sin embargo, a punto de desfallecer en el intento cuando una noche apareció. Sentí que la puerta metálica se abría. Procuré guardar un silencio que no se notó. Solté el libro y agarré el palo entre mis manos. “¿Y ahora qué harás, Ricardo?”, me dije, “¿Saldrás y lo golpearás directamente?”. El ladrón se hallaba entrando entonces por la cocina y en cualquier momento arribaría al pasillo, daría con el cuarto donde se encontraba el televisor, el dinero, y zas: el botín.
En ese momento, sentí que un miedo se arraigaba dentro de mí. Se me había esfumado de un momento a otro ese valor que entonces tenía de encarar al invasor y someterlo con toda mi furia. En cambio, mi temerosa parálisis permitió que este circulara libremente por el dormitorio, la sala, sacara el televisor, el dinero y otras cosas más, en un desparpajo sonoro de cajones que se abrían y cerraban. Sentí también que entreabría el armario y supuse: “¡Hasta mi ropa se quiere llevar este maldito!”.
Sin embargo, escuché un sonido que me horrorizó, el sonido más horrendo que hubiese llegado jamás a mis oídos. “¡Mis libros!”, grité en silencio, “¡Se quiere llevar mis libros!”. Y evidentemente se estaba llevando mis libros. No todos, por supuesto, porque no podía, pero lento se escuchaba su selección, que golpeaba los lomos y tapas contra el piso. “¿Qué harás ahora, Ricardo?”, me volví a decir. Y solo quedar quieto y arrodillado era lo único que me preocupaba, sufriendo ese golpeteo que me animaba a superar mi temor, pero que a la vez me espantaba. Porque si salía y lo enfrentaba, y por esas sinrazones del no saber qué era lo que podía llegar a pasar si todo salía mal, asumir una actitud preventiva era lo mejor que podía hacer. ¡Joder! Porque… ¿qué ocurriría si el ladrón tenía un arma?
Así que esperé que se marchara y, total, después haría una lista de los libros que me faltaban y con un par de pesos que le sacara al pobre sueldo que tenía de todos los meses, reponerlos de a poco. ¡No podía ser! ¿Cómo podía faltarme un Ulises, un Paradiso, un Absalón, Absalón! o un Pedro Páramo en mi biblioteca? Pero no podía salir. Así que soporté hasta que se marchara.
Cuando lo hizo, salté de mi recluido escondite y, al llegar al armario, revisé uno por uno mis libros. Este estaba, este otro también, aquel… bien, hasta que grité: “¡El maldito se ha llevado a Antonio!”. Y nada se podía hacer, había que resignarse a perder la Antología que Rafael Alberti había preparado de las poesías completas de Antonio Machado.
Al día siguiente, ya resignado e incapaz de superar que me hubiesen robado en mi propia cara, guardé el vergonoso secreto de mi temor. Sin embargo, en los días que siguieron mi pesar no se aplacaba, y no precisamente porque me hubiese quedado sin televisor, o porque se hubiese mancillado mi honor, mi valentía, sino porque en el fondo no podía admitir la pérdida de ese libro tan preciado. Recordaba “Parábolas” y empezaba con algún fragmento: «… era un niño que soñaba un caballo de cartón. Abrió los ojos el niño y el caballito no vio…». Permanentemente, noche y día, con nostalgia de esos poemas que ya no podría leer si antes no acumulaba un par de pesos para volver a comprar el libro. ¡Ay, pero Dios mío! ¡Cuánto costaba! Pagar la luz, el alquiler, y aunque comiera arroz no podría. Recordaba a Leonor en los campos de Castilla, o A orillas del Duero, o “La Saeta”: «¡Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los gitanos! ¡No puedo cantar, ni quiero a ese Jesús del madero…»… O que en definitiva ese libro ya no estaría más, no podría tenerlo en mis manos para guardarlo, protegerlo o esconderlo contra cualquier infortunio.
Finalmente, después de penoso esfuerzo junté el dinero, y cuando fui a la librería en búsqueda del libro, me contestaron que la Edición Austral de la Antología de Antonio estaba agotada, que averiguarían si se encontraba en una edición anterior, que en caso de que fuera así pedirían a la distribuidora el libro, y que volviera en unos días. «… con un caballito blanco el niño volvió a soñar; y por la crin lo cogía… ¡Ahora no te escaparás! Apenas lo hubo cogido, el niño se despertó. Tenía el puño cerrado. ¡El caballito voló!». ¡Joder! ¿Y si no existía otra edición u editorial de la antología de Antonio? ¿Cuánto tiempo pasaría para lanzar una nueva edición? Ni siquiera las poesías de Antonio, sueltas, había podido encontrar, y debería esperar aún algunos días antes que llegara el encargo de las mismas.
Así que todo este padecimiento se daba cuando una noche, mientras procuraba pegar los ojos y escaparle al insomnio, sentí de nuevo que la puerta metálica de la cocina se abría. «¡Maldita sea, otra vez el ladrón!», pensé. Y en efecto. Así parecía. Tampoco tuve en esta ocasión el valor para enfrentarlo, así que me metí debajo de la cama y esperé. Sentí sus pasos que avanzaban prudentes, deteniéndose a ratos para evitar cualquier sorpresa y estar alerta a un combate o retirada. Empecé pues a cuestionarme lo que esta vez se podría llevar, o lo que se habría olvidado llevarse la última vez. ¿Qué había faltado? ¿Qué le había faltado? ¿Dinero? No lo creía, pues habría tenido la ocasión de percatarse que dinero era lo último que seguramente encontraría, a pesar de las monedas que anteriormente dejé. Fue entonces cuando sentí el horror de nuevo.
El ladrón había entrado en el cuarto y abierto el armario, y de nuevo a sacar mis libros y seleccionarlos. «¡Maldita sea! ¡De nuevo se está llevando mis libros!». Así que soporté hasta que se marchara. Cuando lo hizo salí disparado hasta el armario y me puse a revisar mis libros. Este estaba, y este, y… «¡LORCA, carajo!», grité, «¡Ahora se había llevado a Lorca, el muy maldito!». Y mientras golpeaba y golpeaba, una y otra vez contra mi mala suerte, lo advertí. Allí estaba, allí se encontraba, de vuelta la antología de Antonio Machado que el ladrón se había llevado y que ahora regresaba a su dueño, a cambio de llevarse Poemas y Canciones. Recordar fragmentos de “Manantial”: «¿Quién pudiera entender los manantiales, el secreto del agua recién nacida, ese cantar oculto o todas las miradas del espíritu, dulce melodía más allá del alma?», “Lamentación de la Muerte”: «Quise llegar a donde llegaron los buenos, ¡y he llegado, Dios mío…!, pero luego, en velón y una manta conmigo».
«¡Pedro, estamos todos locos!», fui y exclamé a un amigo mío, “a lo mejor esto era bueno y el muy ladrón me devolvía con el tiempo mis pertenencias”. Opinión que, por supuesto no compartí, porque el ladrón ni devolvía mis pertenencias y en cambio retornaba para llevarse un nuevo libro dejándome el que anteriormente se llevó. Así fueron saliendo de paseo Los versos del Capitán: «pues hay otros recuerdos, no solo flores del incendio», Estravagario, de Neruda: «sucede que soy y que sigo», Juan Ramón Jiménez y la muerte de Platero: «cuando encontré a Platero echado en la cama de paja, blandos los ojos tristes, fui a él, lo acaricié, ablandándole, y quise que se levantara».
Por último, acepté la situación y quedé resignado a esa visita clandestina que había terminado por transformarse en una asidua presencia. «Ricardo no te dejes engañar», me había dicho Pedro. «Que el ladrón seguramente prepara algo entre manos». Pero a mí ya no me importaba. Una de esas noches en que regresaba para retirar otro libro quedé desconcertado por lo que encontré. Encima del libro que devolvía había dejado dos papeles escritos. Tomé uno de ellos y leí sus palabras. En ella me decía que, por favor, si era tan amable, en virtud de la mayor lectura que él suponía yo tenía, de que le revisara esa poesía que le dejaba adjunta con el otro papel.
«¡Pedro, estamos todos locos!», le volví a decir cuando le conté. «¡No te fíes!», me contestó. Así que no me quedó otra que hacerle pecho al asunto y corregirle la poesía. Para mi gusto era un poco melosa, pero recordando los primeros escritos que yo me había procurado, entendí que aquella actitud era un poco innata para los que empiezan sus primeras armas en esto de andar escribiendo cosas, y es que es difícil desapegarse de esa afectividad tan a flor de piel que llevamos a veces colgadas dentro nuestro. Así que el ladrón repetía mucho la palabra amor, tristeza, querer, cariño, además de los vicios ortográficos y gramaticales que arrastraba, lo que por supuesto era lo menos importante. Por último, le hice unas sugerencias escritas acerca de lo que eran las figuras literarias, las metáforas, en fin, de la manera más simple que pude, cuestión que entendiera. «¡Metáfora es cuando te paras frente a algo, lo miras o lo sientes, te emocionas, te sobrecoges, y te das cuenta de para qué sirven las palabras!», le escribí también.
Con el tiempo el ladrón fue progresando. Sus poesías fueron encontrando las palabras que se hallaban en él contenidas, como si hubiesen aguardado que alguien las expulsara, y que por supuesto ese alguien debía de ser él. Llegó inclusive a serme agradable y necesaria su visita. Quizás porque en el fondo yo mismo sin querer empezaba a encontrar también mis palabras. Decidí asimismo desempolvar los libros del encierro al que estaban sujetos por muchos e interminables años, y empecé a prestarlos a quienes en alguna ocasión me los habían solicitado, pero a quienes se los había negado, por ese recelo de creer que los libros solo deberían estar conmigo. Así fue como llegué a tener ambulante a casi la mitad de mi biblioteca, pero no me importaba porque era como haber abierto las puertas a un pájaro que dentro de una jaula hubiese pedido su libertad.
«¡Ricardo, esta noche atraparemos al ladrón!», exclamó Pedro, acompañado de un par de amigos que se prestaban para la intervención. Dos tipos estarían escondidos en la cocina, dos en el patio para que una vez adentro le evitaran la salida y los demás en la sala para saltar cuando empezara el forcejeo. «¡Justicia, Ricardo!». Pero justicia las pelotas, y que no, que no se preocuparan, que el ladrón no había vuelto a venir, que ya estaba y todo era cuestión de olvidarse y punto.
¡Joder! Así que el ladrón y yo estuvimos aún mucho tiempo comunicándonos, dialogando entre libros y cartas de literatura, de sus escritos, hasta que un día desapareció. Recuerdo que se había marchado con un libro de Dámaso Alonso. Pasaron un par de meses hasta que recibí una carta adjunta con el libro faltante. Decía:
Al señor Ricardo:
Le devuelvo a Dámaso y, con él, la llave que me permitió salir de mi propia oscuridad. Sé que siempre estuvo allí, bajo la cama o tras el rincón oculto, y le agradezco profundamente que no usara aquel palo que apretaba con tanto miedo la primera noche. Gracias por no ser la policía y por ser, en cambio, el maestro que aguardaba en el silencio.
Jamás olvidaré aquel primer encuentro con Antonio Machado. Al principio solo quería vender el papel, pero sus versos me atraparon antes de que pudiera llegar a la casa de empeños; fue ese niño que soñaba el caballo de cartón el que me obligó a volver a su casa para devolverlo y llevarme a Lorca. Después vinieron Neruda, Juan Ramón Jiménez y tantos otros que me enseñaron que la vida es algo más que una puerta metálica abierta a la fuerza.
He conseguido un trabajo en una imprenta; ya no necesito entrar por su cocina para encontrar qué leer. Le dejo estas líneas finales sin vicios ni tachones, tal como usted me enseñó. Me llevo conmigo la metáfora de su armario: ahora entiendo que las palabras no son para guardarlas bajo llave, sino para que vuelen libres, incluso si tienen que pasar por las manos de un intruso para encontrar su destino.
Con gratitud eterna, su alumno de las sombras.