Pilar Pedraza

Era otra mañana más, alejada del astro rey por una tenue garúa que en breve se convertiría en tremendo aguacero; María yace, como en cada día de aspecto siniestro, protegiendo su rostro por un gran sombrero, sentada sobre el césped del Cementerio Jardín custodiando la lápida de la familia Pérez, en la zona Sur de una enmarañada ciudad de paisaje tan árido y agreste como el alma de sus miles de habitantes. A pesar del mal tiempo, María disfruta de aquella visión única que le pone el colorido de los cerros y a las nieves del Illimani al alcance de sus manos hermosas y transparentes mientras que acarician distraídas la humedad del césped, a la cual está muy acostumbrada; a decir verdad, María encontró por fin la paz que tanto ansió en aquel lugar que la acogía sin juzgarla ni criticarla, y ni mucho menos, le recordaba tanto sus malos como buenos actos.

-Oh sí, claro que tuve buenos actos: fue bueno el aprender a hablar el alemán y también fue malo el no haber aprendido el francés y peor aún… no hablar correctamente el inglés; pero sí es muy bueno dominar el español y poder hablar en quechua. Lo bueno fue bueno en su tiempo y lo malo jamás dejará de serlo porque la humanidad nunca perdona lo malo y vive olvidándose de lo bueno para reincidir muy a menudo en lo otro. Si hubiera aprendido el francés es muy probable que en lugar de Schiller y Goethe, hubiera disfrutado de Flaubert y del naturalismo de Zola, e inclusive que hubiera radicado en Yoknapatawpha County bajo la protección de Faulkner y su lograda ciudadanía  francesa;  más  no  me  quejo  porque  a  ninguno  de ellos leí  y, según supe, de lo que escribió Cortázar en correcto español y en uno de sus muchos y buenos cuentos que jamás escuché, es que fui eximida de ser parte de su definición y de ser catalogada como “un pobre diablo de inteligencia apenas mediocre, dotado de un don de crear cosas estupendas sin tener la menor conciencia de las dimensiones de su obra”; me conformé sin embargo con vivir en Macondo aceptando a Juan como al pobre diablo enfermo y vicioso que era, carente de voluntad pero repleto de poesía y talento por quien perdí la razón e hice lo que jamás debí. Lo bueno de Juan, era que en su sano juicio me amaba con locura; lo malo fue, que durante la mayor parte de su tiempo carecía de juicio por fumar tanta yerba, convirtiéndose así en objeto cruel de la fatalidad y desperdicio de talento. Cuando pienso en él, ratifico eso de que “la miseria y la droga no saben andar juntas…-

Y si María aún tuviese lágrimas, las vertería en ese instante, a dúo sonoro con un aguacero que fustigaba las flores agostadas que velaban las tumbas de ese extenso jardín sumido en el silencio apacible de la intimidad de sus muertos. A pesar de los años transcurridos María no quiere olvidar: para ella, Juan no la abandonó al morirse de un exceso de todo, es simplemente que en su falta de juicio olvidó darle una explicación coherente de un derecho que le correspondía y que se lo había ganado a fuerza de paciencia, mucho amor, buena voluntad y resignación; sólo era eso, y ella, seguía a la espera de aquel justificativo de explicarse lo inexplicable. Sentada sobre el pasto María recibía la lluvia torrencial sin que el agua la perturbase; con mirada hueca de pupilas doradas y transparentes miraba sin ver y muy atenta escuchaba todo sin poder oír nada; nada había por allí excepto la constancia de una desesperada y tranquila espera.

.*. -Amar es muy bueno, pero amar a Juan de tal forma fue muy malo, casi tan malo como el trágico día en el que me vi forzada a perder mis dientes y tuve que conformarme con tremenda amputación para reemplazarlos por unos postizos que usé desde entonces. Que Juan nos amara a las dos fue aún peor; terrible fue enterarme de ello, y lo bueno fue darle una solución pero la solución fue a la vez muy mala, casi tan mala como lo era la placa de mis dientes postizos que resbalaba cuando bostezaba y hacía ruidos molestosos cuando masticaba; y, al igual que de mi dentadura postiza, nada bueno obtuve de aquella solución excepto que después, Juan sólo me tuvo a mí y yo aún tengo remordimientos al haberlo compartido sin la menor conciencia de culpabilidad, aún después de tanto tiempo de lo ocurrido…-

Entonces María revive los instantes: el olor a miseria estará latente mientras insista en el pasado. Sigue imborrable en su memoria aquél altillo lóbrego con su única ventana por la que la estancia respiraba combatiendo a diario las bocanadas de aire fresco con la grasa fermentada del olor a frituras, que peleaba por escaparse a través de aquel espacio abierto a lo invisible de un cielo azul inexistente; mientras que Juan, ajeno a todo, encontraba la perfección de su mundo desgarrando la guitarra y, sobreponiendo sus miedos, obtenía triunfos de utopía otorgados generosamente por las drogas en los momentos evadidos a su presencia e ignorados en los vericuetos de su lecho encubridor, que los compartía con la belleza y adolescencia de Aurora.

. *-Mi bella e ingenua Aurora: tus dieciséis primaveras compitieron con mis treinta y nueve otoños; tu figura grácil aventajó la notoria flacidez de la mía; el brillo de tus negros cabellos opacó el castaño de mi melena descuidada, la luz de tu mirada iluminó la oscuridad del mismo sendero y con la curiosidad propia de tu inocencia, aceptaste recorrer el camino por mi vereda para descubrir un mundo que nunca debió ser tuyo. –

María tiene un rictus de amargura en su sonrisa. La lluvia cedió abrupta para dar paso a un sol tenue y moribundo ahora atravesado por un débil arco iris. El panteón está más bello que nunca para María quien odiaba el lugar antes de morar en él, cuando lo visitaba a diario trayendo las margaritas, primero para Aurora y después también para Juan. A ambos les echaba toda la culpa de su desventura. Mas ahora que sus huesos descansan en el mismo lugar, su espíritu se solaza sin recato y yace, por una eternidad, sentada sobre la yerba junto a la lápida de aquellos que la precedieron, observando los cerros teñidos de ocres y grises coronados por las nieves eternas del gran Illimani.

 Disfrutando de una ansiada paz, María contempla lo que dejó atrás; ama el lugar ahora y es porque Juan nunca estuvo en él, es porque su buen juicio le dio la explicación que tenía pendiente, le cedió la libertad al hacerla inmortal para los vivos y eterna para sus muertos.

       -Sí, así era en efecto. Quizá no debí bautizarla con ese nombre, pero di a luz a Aurora bajo aquella claridad que precedió a la salida del sol en un día de crudo invierno, después de seis meses transcurridos desde el abandono de su padre… sí, la amaba tanto que no pude compartirla con Juan; y amé tanto así a ese maravilloso pobre diablo, que me fue imposible compartirlo con mi propia hija adolescente. Lo bueno fue que los amé a ambos; lo malo fue que no pude soportar que se amaran y me amaran también. Sorprenderlos aquella noche jadeantes, guareciendo sus cuerpos tibios, desnudos y acurrucados al calor de mi lecho, y el ver a mi dulce niña convertida en su mujer, fue más de lo que pude sobrellevar. En un entrelazado instinto de madre y amante, sólo tomé aquel cuchillo de larga punta afilada y después de un silencioso gemido, recuperando la inconsciencia sentí la sangre caliente de un ángel escurrirse entre mis dedos… A él lo protegió mi amor de amante, a ella la asesinó mi amor de madre; y a mí… a mí, fue la sociedad, quien luego de juzgarme implacable, me dio la más terrible de sus condenas… el perdón “