Ídolo de coprolalia

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Fue el tema del día en los noticieros (por llamarlos de algún nombre, pues más que noticias contienen relleno de turismo, gastronomía, experimentos, records mundiales, etcétera). El tenista Marcelo “Chino” Ríos, co-capitán del equipo chileno de Copa Davis, respondió dos preguntas de la prensa a la salida de los entrenamientos, de una manera muy particular. El ex número 1 del mundo, citando a su “amigo personal” Diego Armando Maradona, instó a los periodistas con lenguaje soez a que le practicaran sexo oral. Perplejos, los aludidos se limitaron a sonreír, enrollar los cables y apagar cámaras y grabadoras. Sin embargo, el resto del día, con la “noticia” más digerida, los aludidos recogieron el guante. Declaraciones públicas, comentarios editoriales en las secciones de deportes, muchos ojos en blanco, brazos al cielo y ceños fruncidos. Cómo mínimo, se exigían las disculpas, si no a Ríos –que en ningún caso las dará-, de la Federación de Tenis de Chile, más aún si se considera que los medios fueron citados en el marco de la Copa Davis y, a cambio de eso, recibieron semejante insulto.

Con el paso de las horas, la televisión comenzó a recordar, en detalle, el historial de payasadas del “Chino” desde su época de jugador: conferencia de prensa para lloriquearle a su novia que lo perdonara por haberla engañado en París (fue sorprendido por un paparazzi en caluroso bailoteo con una desconocida); denuncia de un paisano de haber sido orinado por el tenista ebrio en un baño público; atropello con su automóvil a su preparador físico que lo dejó enyesado y con muletas; pataleta en los Juegos Olímpicos por no querer llevar la bandera chilena y un largo etcétera. Por momentos parecía que con su provocación genital, la prensa hubiera descubierto a un nuevo “Chino” Ríos, diferente al conocido. Alguien que no calzaba con quien se construyeron en la cabeza: un deportista ejemplar, amable, promotor de valores, perfil que jamás él ha tenido ni desea tener.

Se me vienen a la memoria grandes garabateros chilenos, en su mayoría vinculados al deporte. El ex futbolista Marco Antonio Figueroa, “El Fantasma”, enemigo declarado de los periodistas, gustaba arruinar cuñas introduciendo en la mitad de sus declaraciones un chilenismo bien plantado que después no podía ser omitido. Alexis Sánchez, ante su falta de léxico, acostumbra a lanzar garabatos al micrófono, pero sin ofender. Políticos afanosos de popularidad o demasiado cegados por la pasión, como el diputado Fidel Espinoza, la futura Ministra Cecilia Pérez o -la más estentórea de todas-, la alcaldesa Evelyn Matthey, también han arrugado las hojas del diccionario.

Durante la dictadura, incluso por un par de años posteriores, estaba prohibido –ignoro si por ley escrita o tácita- decir palabras groseras a través de los medios de comunicación. Hoy, en cambio, es posible encontrarlas a la orden del día. No siempre bien moduladas, como es el caso del “Chino”, pues eso ya requiere otras destrezas aparte de darle un raquetazo a una pelota minúscula.