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Humanidad en transición: el significado de la Era del Wetware

Márcia Batista Ramos

“La cuestión decisiva de nuestro tiempo no es lo que el hombre puede hacer, sino en qué se está convirtiendo.”

El día amaneció nublado en Cochabamba. La luz no era débil, pero tampoco decidida. Había una suspensión en el aire, como si la mañana estuviera pensando antes de aparecer. Mientras observaba ese cielo incierto, pensé que la humanidad también se encuentra en una atmósfera semejante. No sabemos con exactitud hacia dónde vamos, pero sentimos que es el comienzo de algo.

La llamada Era del Wetware no es un eslogan futurista. Ya está entre nosotros. Es una transformación en curso. Durante siglos, la tecnología fue externa al cuerpo humano. Herramientas, máquinas, dispositivos: extensiones de la mano, de la vista, de la memoria. Hoy esa frontera se vuelve permeable. El Wetware designa la integración entre biología y tecnología: interfaces cerebro-computadora, implantes neuronales, inteligencia artificial conectada al sistema nervioso, computación biológica que utiliza neuronas humanas. La técnica deja de ser un instrumento para convertirse en un entorno.

Este desplazamiento altera una de las certezas más profundas de la modernidad: la idea de un sujeto autónomo que usa herramientas. En la Era del Wetware, la herramienta participa de la formación del sujeto. La memoria, la atención, la percepción y la emoción pueden ser moduladas por sistemas técnicos. No se trata solo de hacer más rápido lo que ya hacíamos, sino de transformar la manera en que pensamos.

Las promesas son extraordinarias. Restaurar funciones perdidas, tratar enfermedades neurológicas, ampliar la capacidad de aprendizaje, aliviar sufrimientos que durante siglos parecieron inevitables. Sería ingenuo ignorar estos avances. Pero la historia muestra que toda innovación también produce desigualdad. La pregunta no es si la humanidad avanzará, sino que sectores sociales avanzarán primero y en qué condiciones.

América Latina entra en esta era con una desventaja estructural. No es solo económica. Es científica, tecnológica y geopolítica. La región depende de plataformas, patentes y sistemas diseñados en otros centros de poder. Si esta dependencia se traslada al ámbito biológico y cognitivo, la desigualdad adquirirá una profundidad inédita. No solo habrá diferencias de ingreso o educación, sino diferencias en la capacidad misma de aprender, decidir y adaptarse.

Esta brecha no será visible de inmediato. Se instalará lentamente, bajo la apariencia de progreso. Los sectores con acceso a mejoras cognitivas ampliarán sus posibilidades, mientras otros quedarán rezagados. La distancia no será solo material, sino mental. Se abrirá una estratificación silenciosa entre humanos optimizados y humanos prescindibles.

En este contexto, la figura de la máquina con neuronas humanas adquiere un valor simbólico. No es solo un experimento de laboratorio. Es la imagen de una época. Sistemas híbridos que combinan inteligencia artificial con tejido neuronal y prometen eficiencia, flexibilidad y aprendizaje adaptativo. Pero también plantean una pregunta inquietante: ¿qué lugar ocupará el ser humano promedio en un mundo donde la inteligencia biológica pueda ser replicada y mejorada?

Durante siglos, el trabajo humano fue reemplazado por máquinas. Hoy podría ser la cognición reemplazada por máquinas. El problema no es la sustitución absoluta, sino la redefinición del valor del ser humano. Si la eficiencia se convierte en el criterio dominante, amplios sectores de la población podrían ser considerados innecesarios. La exclusión dejaría de ser un accidente para convertirse en una estructura que selecciona y deshecha.

La historia latinoamericana ofrece un espejo incómodo. La región fue, durante siglos, un territorio de extracción: minerales, energía, biodiversidad, datos. La Era del Wetware abre la posibilidad de un nuevo extractivismo, orientado a la mente y al cuerpo. Material biológico, patrones neuronales, experimentación clínica, mercados cautivos. El colonialismo no desaparecería. Cambiaría de forma.

Sin embargo, este escenario no es inevitable. América Latina también posee recursos invisibles: memoria histórica, tradiciones comunitarias, epistemologías diversas, experiencias de resistencia. Estas herencias pueden contribuir a imaginar un uso distinto de la tecnología, orientado no solo a la competencia, sino al cuidado de la salud pública y la equidad.

El desafío consiste en comprender que la Era del Wetware no es solo un cambio técnico. Es una disputa por el significado de lo humano. Si la humanidad se define únicamente por su eficiencia cognitiva, el futuro será jerárquico. Si se define por su capacidad de crear vínculos, sentido y dignidad, el horizonte será distinto.

El cielo de Cochabamba seguía nublado. No era un mal presagio. Era una señal de transición. En ese gris suspendido, comprendí que la pregunta central de nuestro tiempo no es cuánto puede transformarse el ser humano, sino quién decidirá el sentido de esa transformación.

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