Homero Carvalho Oliva no escribe desde el escritorio: escribe desde el río, desde el sueño, desde la herida. Nacido en Santa Ana del Yacuma, en el corazón de la Amazonía boliviana, su obra es un puente entre mundos. Poeta, narrador, ensayista, gestor cultural, ha sido reconocido en Bolivia y en el extranjero por una literatura que no solo representa, sino que invoca.
Libros como Los Reinos Dorados, La maquinaria de los secretos, Memorial del cielo, El cazador de sueños, Biografía de un otoño, Historia de ángeles y arcángeles, Las ciudades que me habitan y Seres de palabras no se limitan a contar historias: abren portales. En ellos habitan los pueblos originarios, los mitos de Abya Yala, los silencios de la selva, los ecos de una espiritualidad que no se enseña, se hereda.
Homero se define como un “guerrero movima”, y no es una metáfora. Su literatura es resistencia, es memoria viva, es un acto de fe en la palabra como forma de sanación. Ha sido premiado en cuento, novela, poesía, ensayo y microrrelato, pero su mayor logro es haber construido una voz que no se parece a ninguna otra: una voz que canta, que sueña, que recuerda.
Esta entrevista no busca respuestas. Busca revelaciones. Porque hablar con Homero Carvalho Oliva es entrar en el “mundo otro”, ese donde la luna está en los ojos y el lenguaje es un animal sagrado.

1. ¿Qué significa escribir desde la Amazonía, un territorio que respira mito y memoria?
H.C.- Escribir desde la Amazonía es escribir desde la respiración misma de la Tierra. No es un lugar, es un espíritu que habita en uno, un estado del alma. La selva me enseñó a escuchar el rumor del agua como una lengua antigua. Mi tinta está hecha de lluvia, mis palabras de barro y mi memoria de hojas que el viento dispersa. Escribir desde allí, aunque esté sentado en mi escritorio en un edificio de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, es dejar que los ríos narren por mí, que los mitos me posean y que las voces de mis ancestros encuentren refugio en el papel. Sin embargo, puedo escribir de los Andes, como de cualquier ciudad o lugar del mundo con el mismo entusiasmo y responsabilidad.
2. ¿Cuál fue el primer sueño que te pidió ser escritor? ¿Lo obedeciste?
H.C.- El primer sueño fue un llamado nocturno: mi padre, ya ausente, vino a visitarme entre las sombras y me dictó versos que me parecían extraños. Desperté temblando, con el corazón ardiendo. Aquel poema se transformó en un libro, Los Reinos Dorados. Es el poemario que me ha brindado más satisfacciones; se han hecho muchos estudios académicos: tesis de maestría y de doctorado; las investigadoras de la poesía épica Gisela Reis y Christina Ramalho lo han comparado, en un erudito ensayo, con el libro El poema de Chile de Gabriela Mistral. Y el próximo año estoy invitado por la Universidad de Paraná a dar una conferencia sobre este y otros libros. Desde entonces entendí que los sueños no son caprichos del inconsciente, sino mensajes de la otra orilla, y que obedecerlos es también una forma de fe, así que intento seguirlos, aunque, a veces, los olvido al despertar.
3. Tu obra está impregnada de espiritualidad. ¿Es la literatura una forma de ritual para ti?
H.C.- Sí. Cada palabra que escribo es un acto ritual. Me siento frente a la hoja en blanco como quien entra a un templo. La literatura no es solo oficio ni disciplina: es invocación, ceremonia de lo intangible. La poesía me ha permitido celebrar la vida y también despedirla; me ha dado una liturgia para comprender lo que no tiene explicación. La poesía nos ayuda a la meditación y a la reflexión acerca de la vida misma. La poesía no puede ser únicamente un objeto del intelecto, una cosa académica, sujeta a interpretaciones científicas. La filosofía me ayuda a hacer las preguntas y la poesía a responderlas.
4. ¿Qué voces ancestrales te acompañan cuando escribes? ¿Hay presencias que te dictan desde el silencio?
H.C.- Me acompañan la gente del agua, los guardianes del río, las abuelas que contaban historias a la luz de las luciérnagas. Desde el silencio me dictan los espíritus del monte, los murmullos de mi infancia en Santa Ana del Yacuma. Esas presencias me enseñaron que escribir es oír lo que no se dice. Escribo porque no sé vivir de otra manera. Las palabras son mi manera de respirar, de dialogar con los vivos y con los muertos… Soy un convencido de que el lenguaje todavía puede revelar misterios.
5. Has transitado por el cuento, la novela, la poesía, el ensayo. ¿Dónde se esconde tu verdadera voz?
H.C.- Mi voz no está escondida en un solo género; está en la necesidad que me obliga a escribir. Cada género es, simplemente, una herramienta distinta para desenterrar esa voz. Cuando quiero explorar el universo interior, las grandes preguntas que no tienen respuesta, el deslumbramiento ante la existencia, me convierto en un marinero solitario y me lanzo a la poesía. La poesía es mi Diosa; me arrodillo ante ella y me permite ser el personaje de la abstracción. Cuando me urge contar la historia de la gente, de la injusticia o la sátira social, me siento más cómodo en la narrativa. La novela es el caballo desbocado que cabalga hacia el vacío y el cuento es el salto mortal, en ambos se manifiesta mi universo exterior: lo que observo, lo que me duele o me divierte. Mi verdadera voz es la persistencia de ciertos temas: la Amazonía que me vio nacer, la urbe andina que me crio, las megalópolis que visité y que me siguen asombrando; la mezcla de lo real y lo fantástico, el humor abrasivo y, sobre todo, la obsesión por la palabra. No importa si es verso o prosa, siempre soy yo, el mismo «alegre pesimista» que escribe porque, sencillamente, no sabe vivir de otra manera.

6. ¿Qué libro tuyo te ha dolido más escribir? ¿Y cuál te ha sanado?
H.C.- El que más me dolió escribir fue El árbol de los recuerdos, novela en la que tuve que enfrentar mis propios fantasmas. Afrontar ese dolor fue mi cura. Escribir me salvó del abismo. Cada párrafo y/o verso que nace del dolor se transforma en bálsamo; cada historia escrita es una herida cerrándose lentamente. El cazador de sueños me ayudó a sanar; su escritura fue resiliente.
7. ¿Cómo se transforma el lenguaje cuando se escribe desde la memoria colectiva?
H.C.- Cuando escribo desde la memoria colectiva, el lenguaje deja de ser una herramienta individual para transformarse en un cuerpo común; es permitir que hablen los que no tuvieron voz, los que fueron borrados por la historia. Entonces la literatura deja de ser una expresión individual y se convierte en un acto de restitución. Nuestra memoria alberga rostros, palabras, paisajes, músicas, alimentos… Esa memoria colectiva nos identifica como nacidos o criados en tal región, en tal pueblo, en tal comunidad, porque la huella del tiempo de un pueblo nunca es puramente histórica. Debo ser capaz de narrar la aparición de un arcángel o los embustes de café (así lo hice en Santo Vituperio) con la misma seriedad con la que narró un hecho fidedigno o político. La palabra se vuelve el vehículo para que lo fantástico se sienta tan verosímil como la noticia de ayer. El lenguaje adquiere una dimensión trascendental. El lenguaje se convierte en un acto de justicia, de memoria incendiada, que no solo cuenta el pasado, sino que lo rescata del olvido. Dejo de ser «yo» para que el lector sepa que lo que lee es la historia de «nosotros». Es el idioma regresando a su cuna: la comunidad.
8. ¿Qué papel juega el olvido en tu obra? ¿Es el enemigo o el motor?
H.C.- El olvido no es un vacío en mi obra, sino una presencia constante y activa, el motor que impulsa el acto de escribir. Si la literatura nace de la memoria, el olvido es el fantasma que la asalta y la justifica. Mi papel como escritor no es solo recordar, sino, paradójicamente, evitar que lo esencial se olvide. El tiempo y la modernidad son máquinas de triturar el vocabulario. El olvido amenaza con dejarnos sin origen. El olvido en mi obra es gemelo:
Es lo que temo, lo que busco conjurar. Escribo para que el niño que fui, la ciudad que dejé y las palabras a punto de extinguirse no desaparezcan. El olvido es un abismo, un lugar de locura que me permite jugar con la ficción. En mi novela El árbol de los recuerdos, por ejemplo, el olvido de uno mismo es tan devastador como la muerte. La escritura es mi pacto contra el olvido, un intento desesperado por atrapar las historias antes de que el tiempo las vuelva etéreas.
9. ¿Qué te conmueve hoy como escritor? ¿Qué te indigna como ciudadano?
H.C.- Me conmueve la resistencia silenciosa de la naturaleza, el milagro cotidiano de una semilla que germina. Me indigna la indiferencia, la ceguera de quienes no ven que el mundo se apaga. Me duele la pobreza del alma humana cuando olvida que nuestro destino es vivir en paz, cuando la justicia se convierte en un valor monetario.
10. ¿Qué le dirías al Homero niño que soñaba con escribir desde Santa Ana del Yacuma?
H.C.- Le diría: no temas. Guarda las lluvias, las voces, los cuentos de la abuela Nemesia. Todo eso será tu patria cuando crezcas. Y cuando te pregunten de dónde vienes, responde: vengo de los ríos que sueñan. Vengo de un ser humano que me piensa, que se conmueve con mis recuerdos e ilusiones. Le recordaría el aconsejó de nuestra madre: “Escribe, hijo mío, escribe”. En un poema, incluido en mi libro Inventario nocturno, le digo a ese niño: no imaginaba ella qué destinos/ oscuros y efímeros me aguardaban. / Ahora mientras la miro desde la nostalgia/ traidor a las promesas de mi infancia/ citando a Borges quisiera decirle/ que el destino no hace acuerdos/ y solo me queda intentar escribirlo/en desembarazadas ficciones.

11. ¿Crees que la literatura puede cambiar el destino de un pueblo? ¿O solo acompañarlo en su tránsito?
H.C.- Creo que la literatura no cambia, de inmediato, los destinos de un pueblo, con un acto dramático; su labor es mucho más sutil y profunda: la de iluminarlos. La palabra no es la espada que derroca tiranos, sino un fuego pequeño, una lámpara firme en la noche de los pueblos. Su misión es la de acompañar en el tránsito, guiar en la oscuridad y, sobre todo, despertar conciencias. La literatura nos obliga a vernos con dignidad. Tal vez no pueda cambiar el rumbo caudaloso del río de la historia, pero sí enseña a remar con entereza.
Para mí, la escritura es un testimonio colectivo. Necesitamos recordar quiénes y qué somos, de dónde venimos y qué hemos perdido. En un país como el nuestro, marcado por la memoria corta y la épica no contada, el escritor es un cronista de la dignidad. Al dejar constancia de nuestra identidad y sus luchas, la literatura afianza la conservación del pasado, dándole a la gente las herramientas para que, eventualmente, sí puedan moldear su propio destino con mayor conciencia.
12. ¿Qué legado esperas dejar en la literatura boliviana y latinoamericana? ¿Qué palabra te gustaría que te sobreviva?
H.C.- Hablar del propio legado es un ejercicio de soberbia, pero también de honestidad. Solo aspiro a dejar un rastro, una huella que, espero, sea persistente. Para la literatura boliviana, mi deseo es ser recordado como aquel que ayudó a descentralizar la palabra. Que demostró que la Amazonía, mi Beni natal, es tan vasta y profunda como el altiplano, para contar a este país. Deseo que mi obra, ya sea a través de la crítica social de mis novelas o la épica de mis poemarios, haya contribuido a ensanchar el mapa literario de Bolivia, reafirmando que somos un país de muchos universos.
Para la literatura latinoamericana, mi legado, si es que lo hay, reside en mi compromiso con el lenguaje. Quiero que se me lea como un guardián de las palabras que se niegan a morir, un escritor que fusionó la tradición oral con la modernidad, haciendo de la memoria (personal y colectiva) una forma de resistencia contra el olvido. En última instancia, quiero que el lector sienta que, al cerrar uno de mis libros, ha participado en un acto de fe: contar una historia, por pequeña que sea, es el único milagro que nos queda para entender que la vida, a pesar de todo, merece ser soñada y vivida. El legado no son los premios, sino la voz que la palabra deja en el alma de quien la lee.
Si una palabra debe sobrevivirme, que sea ‘río’, porque en ella cabe la vida, el registro del pasado y el tiempo. ¿Por qué río? Yo soy beniano, el país de los grandes ríos, hijo de esa geografía líquida donde el Yacuma se encuentra con el Mamoré, para volverse el Amazonas. Es la vida en movimiento. Es el lenguaje que corre indomable. Quiero que la palabra río permanezca, para que la gente recuerde que, aunque mi cuerpo se quede en la orilla, mi espíritu y mis palabras seguirán su cauce, navegando eternamente, desembocando en el mar abierto de la imaginación.
13. ¿Cuáles son los escritores que han marcado tu camino? ¿Hay alguno que consideres tu maestro invisible?
H.C.- Mi camino como escritor ha sido un río confluente de grandes maestros y lecciones profundas. Mis mentores en la narrativa son, sin duda, los del Boom latinoamericano: García Márquez, Vargas Llosa y, por supuesto, Borges, de quien aprendí a construir la realidad a través del laberinto. A ellos sumo a Rulfo, a Hemingway y a Faulkner, escritores que me enseñaron la precisión del relato.
En la casa boliviana, mi padre, Antonio Carvalho Urey, es mi primer consejero; él me legó el amor por los libros. También mi madre, Janola Oliva Mercado, me enseñó el lenguaje más puro: el de la naturaleza, a leer el viento, las estrellas y el agua. Mi literatura se nutre de ambos cauces.
En la poesía, las voces que me guían son la profundidad de César Vallejo para expresar el dolor, el aliento vasto de Walt Whitman y la lucidez de Pizarnik, Borges, Paz y Neruda. En Bolivia, Yolanda Bedregal me mostró la ternura como una forma esencial de la poesía y Saenz la noche de la que nadie sale indemne.
Pero si hay un maestro fundamental, más allá de mi padre, es Homero de La Odisea. A él le debo mi nombre y, por lo tanto, mi destino. Descubrir ese relato en mi infancia fue el inicio de mi vocación, la fatalidad que me obligó a ser un contador de historias. Finalmente, hay un tesoro invaluable en mi formación: los narradores orales de mi pueblo. Ellos me enseñaron la musicalidad del habla viva, la cadencia con la que las historias deben ser contadas para que la gente las sienta y las recuerde. Mi obra es un agradecimiento a los libros, a la tierra y a la voz humana que narra.
14. ¿Qué libro ajeno te hubiera gustado escribir?
H.C.- Más que libro me hubiera gustado escribir un lugar y un personaje: Macondo y El Quijote. El pueblo de García Márquez por la energía que emana, ese punto donde lo que vivimos y lo milagroso son la misma cosa. Macondo es mi propia Amazonía en un espejo; Cien años de soledad es el mapa secreto de Latinoamérica, allí lo inverosímil no es una fuga, es el ritmo natural, la única manera coherente de narrar nuestra historia. Nos recuerda que nuestra rutina es una historia épica que perdimos de vista. Y El Quijote, que es la otra cara de la moneda, el cuerpo desquiciado de esos lugares como La Mancha. Me atrae ese loco cuerdo, el antihéroe total, que, con solo nombrar, inventa el mundo que le hace falta. Ambos, Macondo y La Mancha, me enseñaron que escribir es un acto subversivo, una forma de alquimia que usa la palabra para convertir nuestra locura en la verdad más sólida que tenemos.
15. ¿Cómo dialoga tu obra con la tradición oral de los pueblos originarios?
H.C.- Mi obra, narrativa y poética, no sólo escucha, sino que reverencia la tradición oral de nuestros pueblos. Mi trabajo se nutre de una dualidad esencial: las tradiciones orales y lo imaginarios amazónicos y andinos. En mis cuentos y novelas he buscado siempre rescatar ese lenguaje y la cosmogonía de esos mundos. Por ejemplo, mis poemarios El Cazador de Sueños: Este libro busca atrapar esa sabiduría intangible y el mundo onírico que es tan importante en las culturas originarias, donde el sueño es una forma de conocimiento. Quipus: Este poemario es una inmersión directa en la tradición andina. Los quipus (nudos) son un código que ordena la realidad y el archivo del alma. En el poemario, los utilizo como una metáfora para registrar y acercar ese mundo a mi propia realidad poética, honrando esa forma milenaria de conocimiento y registro que dialoga con la escritura.
Mi literatura es un puente: permite que la memoria y la sabiduría oral se manifiesten y no se disuelvan. Al igual que mi madre me enseñó a leer en el río y en el viento, la tradición oral me enseña a leer en el corazón del pueblo.

16. ¿Qué lugar ocupa el miedo en tu proceso creativo? ¿Es un obstáculo o una fuente?
H.C.- El miedo no es solo una dificultad en mi proceso creativo; es, paradójicamente, una fuente ineludible. Es mi sombra fiel. Lo sé porque poseo de un trastorno mental, no me posee. Convivo con esa ruptura interior que me hace abismalmente consciente de mis vulnerabilidades. A veces me paraliza por completo, me detiene frente a la página en blanco; otras, con una fuerza subterránea, me impulsa a escribir. No escribo a pesar del miedo, sino para entenderlo, para intentar domesticar esa bestia silenciosa que me acecha. Sé que sin esa tensión —sin el riesgo de la revelación que impone el enfrentamiento— no hay verdadero arte. Ese temor se extiende hacia la soledad, pero aún más hacia su versión más cruel: la soledad acompañada, ese vacío que se disfraza de conexión en el mundo moderno.
Escribir es para mí un acto de valentía y de devoción hacia la palabra. En ella encuentro orden y significado. La literatura se convierte en refugio y en arma para enfrentar la fragilidad de la mente y del hálito de energía. Al nombrar el miedo, le quito su poder y lo transformo en el pulso vital de mi obra.
17. ¿Has sentido que alguna vez la escritura te salvó? ¿O te hundió más en ti mismo?
H.C.- La escritura me ha salvado muchas veces. Me rescató del precipicio, de la soledad más recóndita. Pero también me ha hundido, porque al escribir me miro demasiado dentro. En esa caída, aprendí a volar con palabras.
18. ¿Qué rituales acompañan tu escritura? ¿Hay objetos, horarios, silencios que necesitas?
H.C.- Ahora, de preferencia, escribo al amanecer, cuando el mundo aún no despierta y los pájaros apenas comienzan su canto. Antes lo hacía a cualquier hora, en el comedor, con mis hijos y perros rondando, con bulla y ladridos, con el mundo dando vueltas y aun así lograba concentrarme. Mi talismán es la certeza de que la palabra puede redimirnos.
Cerca de los setenta años, tengo por fin mi habitación de los milagros. Ese espacio de trabajo es mi santuario, el lugar donde la magia (o el oficio, que es casi lo mismo) ocurre. Me levanto de madrugada, antes de que el sol despierte a la ciudad. Es la hora en que el mundo existe solo para el escritor. Es en la quietud donde las palabras, que son caprichosas, deciden venir a mí. El primer borrador es lento, a veces doloroso. No hay artificio digital que lo reemplace. Es el momento epifánico donde solo el estruendo de una tormenta puede irrumpir para darme una pista que se negaba a aparecer. Tengo algunos amuletos que prefiero no revelar para no romper el conjuro; mi mesa debe estar poblada por la memoria: algún libro que estoy leyendo (novelas, poemarios, ensayos o libros monumentales como El infinito en un junco) y los cuadernos o papeles con mis apuntes. Escribir, en esa habitación, es ser un hechicero penitente que intenta conjurar las palabras y descifrar el misterio que está en mi interior, sabiendo que, aunque no lo logre, la felicidad está en el intento.
19. ¿Qué relación tienes con el cuerpo al escribir? ¿Es un aliado, un testigo, un campo de batalla?
H.C.- El cuerpo es un territorio donde también se escribe. Mis manos son raíces, mis ojos son constelaciones, mi respiración marca el ritmo del universo. A veces es aliado, otras es campo de batalla; pero siempre es la primera página donde empiezo a escribir.

20. ¿Cómo se vive la literatura en Bolivia? ¿Hay espacio para la imaginación o todo es urgencia?
H.C.- La literatura en Bolivia es un acto de resistencia. Hay urgencia, sí, pero también hay un profundo deseo de imaginar. Cada escritor boliviano es un sembrador de esperanza en medio del ruido y la indiferencia.
21. ¿Qué te ha enseñado la selva que no te enseñó la ciudad?
H.C.- La selva me enseñó a escuchar lo que la ciudad habla; en la urbe aprendí a pensar a través de los libros. En el bosque aprendí a esperar; en la ciudad, a actuar. La selva me mostró que todo está vivo, que hasta el silencio tiene nombre, y en la ciudad que los muertos hablan, mi literatura se nutre de ambos espacios: rurales y urbanos.
22. ¿Qué palabra te obsesiona últimamente? ¿Y qué palabra has dejado de usar?
H.C.- Me obsesiona la palabra ‘memoria’. En ella está todo: la raíz, el dolor, la esperanza. He dejado de usar ‘imposible’, porque aprendí que lo imposible solo necesita un poco más de tiempo: la palabra revolución ha dejado de tener su sentido original de cuando era joven y luchaba por cambiar el mundo sin que importe la vida, ahora han abusado tanto de ella que es una palabra vacía de significado.
23. ¿Qué papel juega la amistad en tu vida literaria? ¿Hay vínculos que han sido más fértiles que los libros?
H.C.- La amistad ha sido mi refugio. Entre amigos escritores he hallado lealtad, lectura atenta y risas necesarias. Algunos vínculos han germinado más frutos que muchos libros: Son los afectos los que sostienen la palabra. Puedo nombrar a Carmen, mi esposa, a Brisa Estefanía, Luis Antonio y Carmen Lucía, mis hijos; así como a Gigia, Bolívar, Alan, José y muchos otros compañeros de vida, tanto reales como virtuales y, naturalmente, mi amigo imaginario que nunca me abandona.
24. ¿Qué sonidos, aromas o paisajes te devuelven a la infancia? ¿Y cómo los traduces en palabras?
H.C.- ¡Qué pregunta tan necesaria! Todos me interrogan por los premios o por la novela que estoy escribiendo, pero nadie había buceado en el origen material de mi lenguaje. Mi primer diccionario no fue un libro, sino un objeto de la selva: el tronco de un árbol de paquió, de copa frondosa. Cuando era niño, yo me sentaba a la sombra de uno de esos troncos, que se volvía mi refugio y mi biblioteca. Sus nudos y sus grietas definieron las primeras palabras de mi cosmos literario:
Raíz: el origen que se anuda a la tierra, lo que me impide olvidarme del río Yacuma y de mi gente, aunque viva lejos. La resina es el deseo. Esa sustancia pegajosa y vital que se extrae con dolor, pero que se convierte en la materia para crear algo nuevo. Es la pasión que me compromete a escribir. El silencio no es la ausencia de sonido, sino la presencia. Es el ruido que hacen las cosas cuando callamos. Ese tronco fue mi primer guía porque luego aprendí que de su corteza se hacía el papel en el que escribía. Me enseñó que la literatura no se trata de inventar, sino de extraer la sustancia vital que ya existe en la realidad real.

25. ¿Qué pregunta nunca te han hecho y te gustaría responder ahora?
H.C.- Nunca me han preguntado si tengo miedo de olvidar mis propias palabras. Y sí, temo el olvido. Escribo: para dejar constancia de lo que un día fui capaz de sentir. Y el mayor temor era quedarme ciego; cuando perdí la visión del ojo derecho me aterró y le escribí un homenaje por todo lo que me hizo ver y también imaginar; ahora me ayuda a mirar dentro de mí. Sé que, en cualquier momento, perderé el otro ojo y ya no me asusta, lo asumí; si me quedo ciego, hallaré la forma de escribir.
26. ¿Qué sueñas ahora, Homero? ¿Qué historia aún no te ha sido revelada?
H.C.- Mi sueño de los últimos años era escribir la novela de la goma, ese tiempo donde la ambición y la selva se enfrentaron cuerpo a cuerpo. Soñaba con los hombres y mujeres que el caucho devoró. Se convirtió en pesadilla hasta que la desendemonié y ahora la estoy escribiendo.
Hace algunos años escribí este texto: A veces, extranjero en mi propio cuerpo, tengo sueños en los que ingreso al vientre de un animal y naufrago en su sangre caliente; mientras la recorro, como Odiseo en su nave, creo escuchar la voz agua de la anciana indígena, una sirena, lanzando invocaciones al viento, para que los árboles y el cielo escuchen su ruego; las palabras me suenan familiares y, sin embargo, no puedo recordarlas cuando despierto; el huésped, que soy yo mismo, saliera al día desde su corazón y solamente escuchara el latido de su piel acariciando mis ojos. La veo en mis huesos; ella está allí, en la profunda melancolía de mi dolor primigenio. Esas palabras son un mantra cuando las necesito y acuden a mí en el sueño nocturno.
La historia que nunca nos será revelada a los escritores es la palabra final. Me explico. Los escritores somos cuidadores de palabras. Buscamos el glosario preciso, el adjetivo justo, el ritmo que rompa el silencio. Creemos que, al juntar palabras, al construir laberintos de prosa o castillos de verso, estamos desentrañando el universo. Vivimos en la ilusión de que, si logramos dar con la fórmula, si alineamos las sílabas de la manera correcta, finalmente desvelaremos el secreto del mundo. Pero existe una palabra —o quizás, una frase, una clave, un haiku— que contiene la verdad absoluta: el sentido de la vida, el significado de la muerte o el origen real de la creación. Es la palabra que nos haría comprenderlo todo de golpe. Esa palabra es la que se nos niega. Nos es negada por la vida misma, por el enigma de la existencia. Si esa palabra nos fuera revelada, el acto de escribir carecería de sentido. La literatura dejaría de ser la búsqueda, el viaje, el caballo desbocado en la oscuridad.
El destino del escritor es navegar eternamente en las aguas del lenguaje, sabiendo que la ballena blanca, el tesoro prometido, es inalcanzable. Nuestra labor es seguir registrando, seguir fantaseando, precisamente porque esa palabra final se queda, para siempre, en el umbral, garantizando que el oficio, la apasionada travesía de descubrir, nunca termine.