Andrés Canedo / Bolivia
“Préstame tu mano, que te voy a leer la suerte”, Así, con mis 19 años, ya universitario pero de vacaciones en Tartagal, cerca de casa, se me presentó la gitana con sus vestidos largos y coloridos, y sobre todo con un rostro de una belleza extraña pero asombrosa. Nariz recta, labios más bien delgados, dientes perfectos, y unos ojos llenos de misterio que entre la avalancha de colores que se me presentaron en un segundo, yo concluí que eran verdes. Los pies, claro, iban desnudos. Me “leyó” la mano, me dijo algunas cosas comunes y esperables, como que yo iba a ser feliz y encontrar el amor. Luego me pidió dinero, le di algunas monedas, y me dijo, “hasta luego lindo”. Yo, reaccionando como un resorte, le dije que ella era muy bella, que sus ojos llevaban a soñar, y ella, girando y ya casi yéndose, me dijo, “Sí, pero no soy mujer para ti”. Ahí me quedé un momento en la vereda, pensando todavía en sus ojos, Y luego, claro, fui borrando su presencia por considerarla inútil e imposible. Esa resignación castradora que a veces nos asalta y por tiempos más o menos fugaces nos inhabilita de toda acción.
Unos días, después, mi hermano Antonio que había sido cura católico, que hablaba seis idiomas y que era un estudioso de mil cosas raras, se hizo leer la mano con otra gitana y agregó a lo que ella había dicho, un montón de detalles sobre la lectura de las palmas, que la gitana no sabía. La misma lo volvió a encontrar al día siguiente y le dijo que el jefe de su tribu, quería contratarlo para que les enseñara a sus hermanas, cómo leer con más exactitud las manos. De manera que Antonio, consiguió un trabajo de poco tiempo, enseñando a leer las manos en la carpa de los gitanos. Mi hermano, tan inhábil para ciertas tareas, resultaba indispensable para las menos sospechadas.
Con el correr del tiempo y con el rostro presente de mi gitana de aquél día en Tartagal, fui aprendiendo algunas cosas sobre este pueblo nómade, como por ejemplo, que su origen era en la India, pero que ellos decían Egipto, y que del nombre de ese país, se derivaron los términos “Gipsy” y Gitano. Supe también, que el baile flamenco y el cante jondo, que tanto me gustaban, tenían orígenes gitanos. Supe asimismo que eran un pueblo perseguido y despreciado, que había sufrido múltiples persecuciones y genocidios, entre ellos los realizados por los nazis. Luego con la lectura de García Lorca, aprendí más cosas que los mostró luchando contra el destino, la represión y las convenciones sociales. “—Huye luna, luna, luna./ Si vinieran los gitanos, / harían con tu corazón /collares y anillos blancos”. “Por el olivar venían / bronce y sueño, los gitanos./ Las cabezas levantadas/ y los ojos entornados”. Además, Antoñito el Camborio, era gitano según el gran poeta.
Después de rodar por el mundo, uno se trae muchas cosas que no lo abandonan, que se vuelven como tesoro preciado, muy personal. Eso que uno se guarda para sí, y que, de pronto, alguna vez decide contar porque sí, porque inesperadamente nos enceguece su luz, que es más grande que las demás. Los ojos verdes de la gitana que me leyó la mano y que pretendí borrar, era una de ellas. Hace mucho que no veo a ninguna gitana, pero me encantaría toparme con ella, con la misma que conservando su fragancia y su juventud, me dijera de mi buena salud y bienestar, y que me insinuara que ella sí, podría ser mujer para mí.