¿Frente único?

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La propuesta presidencial de convocar a una cumbre política y conformar un frente único para ganarle al MAS en las elecciones del 3 de mayo es limitativa para las alternativas políticas emergentes, la representación proporcional, el pluralismo ideológico y el debate de ideas, además que sugiere la reproducción de la hegemonía de una sola fuerza política en torno a una personalidad.

Las preferencias ideales de los ciudadanos muchas veces no coinciden con las opciones que aparecen en el menú de ofertas en las elecciones, por ello las fuerzas políticas se ven obligadas a desarrollar estrategias discursivas que acorten las distancias ideológicas entre votantes y candidatos para ganar la mayor cantidad de votos; como sucedió con una determinada agrupación política en las elecciones del 20 de octubre que, gracias al voto útil, alcanzó el segundo lugar a pesar que no representaba un proyecto político con luz alta porque carecía del relato de un nuevo horizonte de sociedad y gravitaba en torno a una personalidad.

Hay que tener claro que “cuando no existe un sistema estructurado de partidos, el determinante dominante del comportamiento electoral es algún tipo de devoción a un notable, y por eso podemos hablar, en resumen, de votación por personalidades” (Giovanni Sartori, 2018); por lo tanto, el reto político de los ciudadanos -para las elecciones generales del mes de mayo- es trascender la costumbre de empoderar a un caudillo mediante un parlamento servil y sin contrastes de ideas.

Después de los acontecimientos sociales y políticos del 2019, algunas cuestiones quedaron en el imaginario de los ciudadanos y deben ser objeto de atención para superar el caudillismo y enfocarse en la construcción de un Estado moderno acorde al siglo XXI con un sistema de partidos competitivo, a saber: independencia de poderes, gestión eficiente de las instituciones públicas, transparencia en la administración de recursos públicos, alternancia en el gobierno, cuidado del medio ambiente, entre otros.

Los candidatos, partidos y alianzas que entren en la carrera electoral están obligados a tomar en cuenta las antedichas cuestiones como materia prima para producir un nuevo lenguaje político claro y esperanzador que proponga una nueva visión moral, y así superar el típico programa de gobierno aburrido que nadie lee porque parece una lista de compras.

Si las organizaciones partidarias no toman en serio el desarrollo de una nueva visión moral como pivote de su proyección política, continúan con la mirada corta de conformar rudimentariamente un frente único en torno a una personalidad o caudillo, y repiten la estrategia discursiva: que no vuelva el MAS al gobierno -muy útil en su momento pero que hoy sólo refleja pobreza intelectual-, seguirán dando vueltas en círculos para simular que se están moviendo y lo más triste: crecerá el autoengaño de que algo está cambiando.

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