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Fragilidad de la memoria

La memoria es frágil, seleccionadora y falsificadora. En su engañar algo va dejando por ahí, interpretando siempre los hechos, como una leyenda que después de mucho tiempo se vuelve realidad.

El Chueco Céspedes andaba buscando la casa de su juventud, de la Plazuela Guzmán Quitón tomó la calle Hamiraya, alguien le debía haber indicado “…por ahí está”, pero no la encontró. Se dio la vuelta y percibió que alguien conocido lo estaba observando, se le acercó y con absoluta certeza le dijo: “¡Tú eres el hijo del Aquilino y de doña Raquel!”. Estupefacto, mi suegro se dio la vuelta y mirándome me lo presentó: “El Chueco Céspedes, el más acido de los escritores bolivianos”. Caminamos hasta la esquina con la Santivañez, o tal vez más al sud, la Jordán o la Calama, no recuerdo bien y, después de una breve pausa, mi suegro le indicó: “¡Ahí está, ahí aprendiste a ser travieso! No lejos de aquí también el pícaro del Juan de la Rosa se inició”. Pasear por Cochabamba, conociéndola, hay mucha literatura, a unos pasos de ahí también el Jesús Lara estuvo andando y escribiendo. El Chueco ya estaba achacado y tal vez ya sabía que su hora estaba por llegar. Su memoria sufría, la peor inclemencia para un escritor, y su mirada parecía no ir muy lejos como pocos años atrás. Lo acompañamos de ahí hasta la casa de un pariente, creo, se despidió del hijo de Don Aquilino y me apretó la mano, firme la suya, tremendamente tímida la mía.
El día después empecé a leer su obra. A los pocos meses nos dejó.

Al antiguo dirigente del PCB Jorge Kolle Cueto le gustaba el Nocino (antigua receta del licor de nuez del nogal, típica de algunas zonas del norte de Italia) que yo preparaba con las nueces de la casa. Al llegar a la casa le iba invitando unas copitas que lo relajaban y así empezaba a soltar también la lengua. Fluyan muchas historias. Llena de mucho misterio, era la historia del Che Guevara en esta tierra traicionera, muchas sombras y poquísimas luces, por eso la llamaron la “leyenda negra” del PCB de aquellos años. Años que no se han aun metabolizado del todo. Don Jorge Kolle, como los demás personajes que estoy recordando, era un hombre de una época que hoy podemos solamente leer en algunas novelas, descubrir hablando con seres que los frecuentaron, introduciéndonos en el estado de ánimo de aquel tiempo. Cosa no fácil, cosa no apta para todos. Cuando Don Jorge iniciaba a narrar, no paraba jamás. Y no era por el licor. Contaba y contaba. Eso me hizo pensar a las novelas de Tolstoj, de Dostoievski, un día hasta a Las mil y una noche; narraban porque el tiempo era otro. Don Jorge era comunista por herencia familiar, tal vez, o por rebelión a la familia, en fin, porque su época lo deseaba y debías escoger, como Hamlet, ser o no ser. Y punto. Don Jorge fue y hoy ya nadie se acuerda de él.

El “Panka Anaya” llamó la noche del 23 de diciembre del 1996, era ministro del Goni entonces y, cuando en Amayapampa y Capasirca los mineros ocuparon la mina, entró en crisis con el primer fallecido. Mi suegro respondió al teléfono y le aseguró que él iba a ir hasta la mina e iba intentar apaciguar el conflicto en acto. Acompañé a mi suegro hasta la rotonda de la Perú, a las cuatro de la madrugada -dilúculo con tormenta y lluvia de diciembre- donde un auto del ministerio lo recogió. He leído algunos textos sobre lo ocurrido en Amayapampa y Capasirca, textos litúrgicos. Goni fue un gringo infeliz y el “Panka Anaya” no siempre tuvo valentía. Muchas narraciones deberían hacerlas los directos involucrados. En 1997 el Panka Anaya trabajó como responsable de la “comisión especial” encargada de dar con los restos del guerrillero Ernesto Che Guevara en Bolivia, operación que culminó exitosamente. El Mito del Che pudo crecer aún más. A veces escucho un disco que me regalaron los Modena City Ramblers, grupo folk italiano que estuvo en Vallegrande aquel año, Tierra y Libertad es un gran bel disco y el Che Guevara es aún un viajero soñador de la Transamerika. A los veinte años todos somos poetas y revolucionarios.

Con René Rocabado se encontraban en el Café expreso de la Plaza 14 de septiembre, refugio de jubilados y de todos aquellos que tienen la solución para Bolivia. Fue uno de los mayores expertos en hidrocarburos del país, así lo reconocían moros y cristianos. Exiliado por muchos años en Suecia, volvió al país con el retorno de la llamada democracia. Miembro del PCB en Cochabamba y un pasado de ilustre asesor del general Barrientos, fue también periodista del periódico cochabambino El Mundo. Era siempre un placer platicar con él, era una fuente infinita de datos, noticias, estudios e investigaciones. Detestaba las “palabras vacías” del llamado Proceso de cambio: no existían según él el Sumaj Kawsay, la revolución democrática, la descolonización, se enfurecía cuando oía hablar de la “carretera ecológica” del TIPNIS y de la wiphala. Hace poco me enteré que había fallecido, desde que la peste inició a circular no lo vimos más.

Víctor Zannier tiene aún una historia que contarnos, y es una novela por si sola. Los periplos de los cuales fue protagonista es probable que fue llevándoselos en la tumba. Sentado en Café Cristal, rodeado por viejos amigos del diario que el mismo fundó, El Mundo, hablaba de su origen italiana a Jorge Suarez, a René Rocabado. Tramonti era un pueblo que fue partido en dos, Tramonti di sotto y Tramonti di sopra, en aquel entonces perteneciente a la provincia de Udine. Sus abuelos, tal vez monárquicos como su padre luego, emigraron a raíz de una brutal hambruna que golpeó la región de Friuli y llegaron, por circunstancias de la vida, en Bolivia. “Mi padre me bautizó recordando al rey Vittorio Emanuele, y yo de bronca me hice marxista…” les contaba a los amigos. Durante años el Café Cristal fue su cuartel general, ahí periodistas de varios lugares del mundo intentaron conocer la historia del Diario, del rolex de oro y de las manos del Che. Don Víctor Zannier era un narrador nato, a distancia de tiempo parece narrar sus periplos como otro narrador nato de su tierra de origen aquel Carlo Sgorlon que en su L’armata dei fiumi perduti narra la ocupación de su tierra, la Carnia, por parte de los cosacos. Buena sangre nunca miente dice un viejo refrán, desde Tramonti no podía que ser narrador de sus periplos, el buen Víctor Zannier.

En los bares, en las cantinas se hace la Historia, dijo algún historiador o algún profeta; las revoluciones son pensadas por libertinos y, tal vez, hechas por villanos. Mañana lo que queda que no sea siempre el limo de una nueva burocracia, la que vio Kafka después de la evaporación.

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