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Fiestas patrias

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mexicanas…

Comienza la semana de la independencia de México. El domingo, en casa de Laura y Frank, festejaremos de nuevo, con la presencia de un sui géneris cura Hidalgo y mucho grito.

Fuimos con mi hija Aly y Álex. Cerveza Estrella de Jalisco, tacos de carne asada y chile de fuego. Luchadores pequeños, chaparros, con máscaras de diablos. Un metro cincuenta, un poco más. Barrigas. Pensé en Monsiváis. Pensé en Wilmer Urrelo.

Llueve. Dormí dos horas de siesta. A las 12 mostré el food truck a un posible comprador. Los sueños desaparecen fáciles como milanesas. Los engulle la bestialidad. Queda el sabor, el día que los denveritas comieron asado con chorrillana, choripán y sándwich de chola. Permanece en el mito.
Pink Floyd: Blue sky… Sigue lloviendo.

Llueve. Cocino el arroz blanco y al enfriarse se lo puede sacar en piezas. Se junta como el de los japoneses, no se desgrana. A veces blanco blanco, a veces con puntos de pimienta negra, de perejil. Con huevo disuelto estilo cantonés. El mito del sabor. El verde camión que corría por las calles con la morsa pintada. La de los Beatles, la de Lewis Carroll. Literatura en el chimichurri, como que se puede versificar sobre las papas fritas y resaltar el poema de un sushi enroscado en arco iris. Leo a Humberto Quino. Pink Floyd: Pretty woman. Sky, el cielo. Gris si estaba azul. El amor pasa del rosa al sangre, del coito a la mortaja. En Jorge Amado se cortan penes para la memoria; en Madagascar se comen sus muertos.

Cine: Bulgaria, Kazajistán, España, Rusia, Dinamarca hoy. Maurizio que me deja atarantado con Guerra fría, ese magnífico filme polaco sobre el poder, el amor, el arte, lo popular, la rebelión y la satisfacción. Kristina de vestido rojo; Cristina sin vestido. La magia y tristeza del porno en Bella Diamond, que dicen que es lituana, que es checa. Checa es Nicky. Sus piernas checas, su culo checo, sus tetas checas. Sus tatuajes. Mis manos que ilusoriamente la tocan en silueta pero solo los ojos viven. Ojos vivos, manos muertas.
Los pequeños luchadores mexicanos burdamente se derriban para alegría de la crueldad infantil. Lo bruto, lo doloroso, hacen reír. El público ríe en los cines cuando lloran los actores. En Bolivia ríe. La tragedia se trata de comedia, no se convierte en ella. Será que hay filosofía en eso, o nada más que temblor de gallina clueca. Monsiváis. Ya no lo leo porque lo recuerdo demasiado. Urrelo que camina con bastón por La Paz llevando bajo el brazo la obra más ambiciosa de toda la literatura boliviana.

Si he de morir que sea en tus brazos. No los tuyos, los de otra. En esos. En las piernas blancas y largas de mi acompañante casual en el bar. En las pierna negras y largas de las bellas etíopes. Le pregunté a mi amigo Marhawi si no tenía hermanas, tías, abuelas, que quería esposa etíope y se rió. Que él quería carne blanca, dijo, y no me hizo caso cuando afirmé que los ojos etíopes no los tienen las blancas. Tal vez las momias egipcias, o los retratos de las momias. Nubia, la mítica, la de Memnón y sus huestes marchando a enfrentar a Aquiles en la desesperación de Troya. Nubia. Dónde una nubia para mí. Las hijas de El Negus. La guerra civil española, un tanque en el frente de Aragón. José María Gironella.

Vacilo, divago, los espectros de mis lecturas parece que se confunden pero no, se complementan. El mundo es uno, diverso, claro, y gracias, pero uno, como los perros de todas las razas son perros. Así nosotros. Y las mujeres. Eva, Lilith, la vida y la matanza. La flor y la sangre. Quizá quiso decirlo Frida, pintarlo. Ella sabía quién era, hembra despampanante y dolida ante renacuajos. Que tenemos cola, seguro, y que la movemos de un lado a otro para avanzar con ojillos tenebrosos. Pero el agua, el charco, el río, laguna y mar son ella. Estrado donde el macho juega a gallo catalán y llora como Magdalena.

Talking Heads. Por una mujer casada. Lorca y el Charro Avitia. Dispongo de mis horas, soy dueño de mi tiempo luego de treinta años. Me he deshecho de la madre, de Venus, hasta de Minerva. Domingo. Paró la lluvia. Se detiene la vida. La casa de los padres cae en pedazos pero no hay que llorar. Hay una dinámica que permite sobrevivir. A no ser que seamos tortugas y nos enterremos para siempre.

Clarividentes antediluvianos.
Enfría el café. Pan con mermelada de bayas del círculo polar ártico. Me he callado esta semana, no hablo con mujeres. Debo pensar y elegir. Quiero ser Bayaceto pero no soy ni puedo. Que se me conceda una, entonces. Dos, en realidad, que la primera, asegurada, muy infiel pero la más fiel, se llama Parca y carece de ojos etíopes y de piernas sajonas. Semejo un descreído de la yeshiva, Kafka incómodo ante su judería y tan afecto también. Literatura. Lees demasiado, Claudio, y tu mundo es un paradigma irreal, un pique macho de colores y sabores, sublimado y digerido con la angustia de Celan, el olvido de Vallejo, y el optimismo de Evtuchenko. Cocina, pero cocinar, respondo, es escribir. No hay salida.

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